Ciencia y Tecnologí­a / ENERO 10 DE 2021 / 1 mes antes

Democracia en tiempos de pandemia

Autor : Diego Arias Serna

Democracia en tiempos de pandemia

“Tendremos que acostumbrarnos a vivir y gobernar un mundo en el que hay muchas cosas que desconocemos, en el que las decisiones son arriesgadas y la información incompleta”, Daniel Innerarity.

“Esta crisis tiene lugar en un momento de desorganización de la vida, crisis climática, descomposición social acelerada, descrédito de los gobiernos y sistemas políticos, fragilidad financiera, dinámicas que se refuerzan entre sí creando una extrema vulnerabilidad, hasta el punto de que nos encontramos en una situación de crisis estructural permanente en la que toda estabilidad no es más que una apariencia o intervalo de una creciente inestabilidad”. 

El párrafo anterior hace parte del texto ‘Pandemocracia: Una filosofía de la crisis del coronavirus’, escrito por Daniel Innerarity, con 2 ediciones publicadas en mayo y junio de 2020 por Galaxia Gutenberg, S. L. El autor es profesor de filosofía política, investigador de Ikerbasque -Fundación Vasca para la Ciencia- en la universidad del País Vasco, España, director del Instituto de Gobernanza Democrática y profesor del Instituto Europeo de Florencia, Italia. Además, ha sido invitado por universidades europeas y de Estados Unidos. 

Aunque el libro, en parte, es una radiografía de la forma cómo se ha manejado la pandemia en Europa, puede ser un espejo de la manera cómo se ha maniobrado el problema en Colombia. Aporta elementos que contribuyen a entender los aspectos científicos relacionados con el coronavirus. Fiel a su título, proporciona elementos interesantes relacionados con la democracia, justo ahora cuando EE.UU. considerado el país modelo a vender de esa forma de la gobernabilidad, está en crisis, aunque sea Joe Biden quien llegue a la Casa Blanca.   

Resulta imposible hacer una presentación de muchas de las ideas planteadas por el autor, así que fijaré la atención solo en algunas de ellas, resaltando lo que considero más relevantes, como, por ejemplo, el nombre de la sección que llamó: ‘Democracia en tiempos de pandemia’, como titulé este artículo. Así mismo, el primer párrafo de este texto corresponde a un aparte de la sección llamada: La complejidad de la pandemia.  

Pensar en términos de complejidad sistémica 

Al principio, Innerarity afirma: “Conocer y designar adecuadamente la naturaleza de la crisis es una condición necesaria para que tomemos las mejores decisiones. Pensemos que detrás de muchas discusiones equivocadas había más ignorancia que falta de resolución: designar la crisis como una guerra, calificar al virus de extranjero, confundirse con la función que les corresponde a los expertos en una crisis, por no mencionar faltas de atención colectiva a la realidad cuando se trata de dimensiones latentes y que solo son visibles a largo plazo”. 

Luego agrega: “Una de mis preocupaciones desde hace varios años es que debemos pensar en términos de complejidad sistémica y transformar nuestras instituciones para gobernar los sistemas complejos y sus dinámicas, especialmente cuando nos enfrentamos frente a riesgos encadenados, es decir, cuando múltiples cosas pueden salir mal juntas. A estas alturas es evidente que la crisis no ha sido abordada con esta perspectiva en todas sus fases”. 

Señala el autor que, al comienzo de la crisis, muchos actores políticos y analistas la consideraron algo parecido a una gripe estacional localizada en una región de un país lejano y no advertían que lo único que debíamos temer es a la sobrerreacción del pánico. Se manejaban unas cantidades de contagios y fallecimientos que sugerían algo de limitadas dimensiones, sin caer en la cuenta de que los números apenas permiten calcular los riesgos en los sistemas complejos.  

Aclara que esos números deben ser entendidos en el contexto de un sistema general que incluya la consideración del modo en que una epidemia actúa sobre una infraestructura sanitaria, así como la reverberación de esos impactos. Si no se piensa en términos sistémicos y si los datos se toman aisladamente, las tasas de contacto y mortalidad podían considerarse como no alarmantes. Vistas las cosas desde una perspectiva sistémica, incluso unas cifras pequeñas anuncian un posible desastre. 

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Se confundió la gripe estacional con el coronavirus 

Dice Innerarity: “Es cierto que la gripe estacional mata anualmente a muchísimas personas, pero la comparación no era esa. El problema era lo que podía significar añadir una pandemia de coronavirus a una gripe estacional en su momento más álgido y hasta qué punto eso podía colapsar el sistema sanitario”. Resalta que nuestros sistemas sanitarios tienen una capacidad limitada: no pueden tratar a la vez más que a un número determinado de personas y sus unidades especializadas -como las UCI- actúan como cuellos de botella cuando hay una avalancha de enfermos.   

Según el autor, “la expresión ‘aplanar la curva’ es un ejemplo de pensamiento sistémico. El confinamiento y la distancia que decretan las autoridades no se debe al riego que cada uno de nosotros podemos correr individualmente, sino que sirve para que no se produzca un contagio masivo que colapse los hospitales. Para identificar este tipo de medidas y para entenderlas es necesario pensar sistémicamente”. 

También opina que la crisis del coronavirus es uno de esos acontecimientos que no se pueden comprender ni gestionar sin un pensamiento complejo, pero hay otros muchos que nos están exigiendo una nueva manera de pensar la realidad. Realizar este tipo de aprendizaje colectivo es fundamental ya que nuestro mundo se caracteriza porque además de cambios graduales o previsibles, cada vez hay más a lo cual se viene llamando cambios discontinuos, repentinos, no anticipados y que modifican las sociedades de un modo catastrófico.  

Precisa en su texto que “pensamos en términos de riesgo individual y se trata de riesgo colectivo; tendemos a pensar causalmente y no probabilísticamente; de un modo lineal cuando los acontecimientos de este estilo discurren de una manera no lineal. Esta crisis no es el fin del mundo, sino el fin de un mundo. Lo que se acaba (…) es el mundo de las certezas, el de los seres invulnerables y el de la autosuficiencia. (…) Cada vez es más irreal el supuesto de que vivimos en un mundo calculable, previsible y obediente a nuestras órdenes”. 

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¿Se salvará la democracia? 

Desde el punto de vista del citado profesor e investigador, “la democracia, que ha sobrevivido a los cambios de formato y a los cambios de problemas, se encuentra ahora en una encrucijada para la que no existe precedente. La supervivencia de la democracia está condicionada a que sea capaz de actuar en los actuales entornos de complejidad, compatibilizando las expectativas de eficacia y los requerimientos de legitimidad”. Para él, una democracia, incluso en momentos de alarma, necesita contradicción y exige justificaciones.  

Advierte que el pluralismo no es solo una exigencia normativa sino también un principio de racionalidad: una democracia les debe a los críticos tanto como a los gobernantes. Una sociedad democrática no soportaría ni siquiera la sospecha de que los derechos no van a volver. Esto explica –y en cierta manera disculpa- las reticencias de los gobiernos a adoptar medidas drásticas al inicio de las crisis, pues la ciudadanía se resiste a aceptar unas limitaciones de sus libertades cuando no es evidente la gravedad de la situación.  

Sobre el papel de la ciencia, manifiesta que “en los momentos de crisis se espera mucho de la ciencia, se recurre a ella como tabla de salvación. Esto dice mucho acerca del valor que otorgamos al conocimiento -aunque sea en momentos críticos y no sea así en los presupuestos ordinarios-. Ahora bien, pasado este momento de pánico, haríamos bien en preguntarnos por las promesas científicas y sus límites. Hay una dimensión de la ciencia que responde a las demandas urgentes de la sociedad, que exige resultados inmediatos, pero la mayor parte del trabajo científico se malogra si actuara bajo esa presión”.  

No duda en ratificar que “la ciencia es habitualmente una actividad que requiere tiempo, que fracasa continuamente y requiere paciencia. Si la pandemia encuentra soluciones será por la ciencia y no por la brujería. Lo único que nos puede salvar hoy es el conocimiento compartido y la cooperación. Aumentar nuestro conocimiento es tan necesario como gestionar ese desconocimiento que, pese a todo, no va a disminuir con el incremento del saber”. Se debe agregar lo manifestado en las redes sociales donde pululan la mentira y las noticias falsas. 


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