Ciencia y Tecnologí­a / OCTUBRE 24 DE 2021 / 1 mes antes

Volcanes: ‘ruge’ la Tierra

Autor : Diego Arias Serna

Volcanes: ‘ruge’ la Tierra

“En este comienzo del siglo se estima que unos 500 millones de personas están expuestas a los riegos volcánicos”: Jean-Louis Cheminée.

El pasado martes completó un mes en erupción el volcán de La Palma, ubicada en ese ramillete de islas que forman la comunidad autónoma de Canarias. Los medios de comunicación han difundido imágenes de los ríos de lava que salen de las bocas que se han formado alrededor del cráter, y cómo han arrasado casas, edificios, campos de cultivos. Hasta una iglesia fue derruida. Según datos ofrecidos por el satélite Copérnico, al 21 de octubre se han afectado más de 866 hectáreas, unas 2.185 edificaciones y por encima de 7.000 personas evacuadas.

El volcán, entre dantesco y hermoso, enseña iconografías de las permanentes amenazas a las que está sometida la población, ahora en La Palma, pero luego en cualquier lugar del planeta, porque desde hace diez mil años han entrado en actividad unos 1.500 volcanes. Los científicos han podido fechar cerca de 7.900 erupciones entre el 8000 a. C. y el año 1993 de nuestra era, según datos que suministra el libro Volcanes, escrito por un selecto grupo de investigadores, y que guiará este artículo. 

 Asimismo, al final, se contará con el apoyo de las crónicas publicadas por el periódico El País de España del pasado 10 de octubre. Se iniciará con el capítulo del texto mencionado, escrito por Frédéric Lécuyer y que subtituló: ¿Por qué existen los volcanes? Empieza con un poco de historia: “Los antiguos personificaban los volcanes. Algunos pueblos todavía conservan vivas estas creencias ancestrales, y el deseo de comprender anima siempre al espíritu del hombre, a veces hasta la obsesión como en el caso del malogrado Empédocles”.

Recuerda que el “filósofo y hombre de ciencias de la antigüedad, Empédocles se instaló cerca de los cráteres del Etna para estudiar esos curiosos fenómenos. Incapaz de penetrar en el misterio del volcán y víctima de la desesperación, se arrojó a uno de sus cráteres. La leyenda añade que el volcán escupió una de sus sandalias, como un último puntapié a la humanidad. De este caldo de cultivo filosófico y científico nacería, varios siglos más tarde, la vulcanología”.

¿‘Lucha’ contra la tiranía española? 

Lécuyer también afirma que los vulcanólogos modernos disponen ya en el siglo XXI de nuevas armas: la geofísica, la geoquímica, y la geología, señalando que “puede que algún día lleguemos a comprender y a dominar la furia desatada de estos colosos”. Paralelo a los planteamientos científicos, se dan las leyendas alrededor de este fenómeno. Cada país o región es rico en mitos. Esto expresa Lécuyer: “América del Sur. Los Aztecas creían que los volcanes de México entraban en erupción para acabar con los conquistadores que profanaban sus templos”. 

Dice igualmente, que “en el año 1600, el volcán Huaynaputina descargó grandes cantidades de cenizas sobre la ciudad peruana de Arequipa. Para los colonos cristianos, se trataba ni más ni menos que del Apocalipsis, el signo de la ira de Dios. En cuanto a los indios, interpretaron la erupción como la lucha de sus volcanes contra la tiranía española”.

Anota más adelante, refiriéndose también a los peruanos: “Estaban preparados para morir, por eso les sorprendió que el cercano volcán Misti no entrase en erupción. ¿Por qué Misti no ayudaba a Huaynaputina a expulsar a los opresores? Finalmente, hallaron la respuesta: el volcán, bautizado monte de San Francisco por los conquistadores, había abrazado la fe cristiana”. 

Del mundo antiguo, Lécuyer narra que El Mediterráneo, cuna de la cultura occidental, fue (y sigue siendo) el escenario de numerosos temblores de tierra y erupciones volcánicas. Parece lógico, por lo tanto, que los primeros intentos por explicar el fenómeno tengan su origen en la antigüedad, no solo de griegos, sino, además, de civilizaciones anteriores, como los babilonios, los fenicios, o los hebreos. 

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El aporte de Platón y Aristóteles

Frédéric Lécuyer expone que “el punto de partida conocido de las diferentes hipótesis que han intentado explicar los caprichos de La Tierra parece situarse en el siglo VI a. C. Tales, más célebre por su faceta como matemático, pensaba que el planeta era un disco y que sus sobresaltos estaban producidos por las tempestades de un océano sobre el cual flotaría este disco. Anaximandro menciona una fuerza superior en la naturaleza que engendraría el frío y el calor. De la unión íntima entre estos dos elementos nacería el fuego de los volcanes”. 

Dentro de esa mirada histórica, referencia que “Platón (428 - 348 a. C.), viajero incansable, presenció una erupción del Etna y quedó impresionado, imaginando innumerables conductos que pondrían en comunicación diferentes regiones subterráneas. A gran profundidad discurría un río de fuego que alimentaría de lava los orificios volcánicos. Aristóteles (384 – 322 a. C.), por su parte, considera La Tierra como un organismo vivo, cuyos humores se expresan en superficie en forma de seísmos o de volcanes”. 

Dice que “en su tratado, Física, emplea por primera vez el término ‘cráter’” y explica las erupciones volcánicas por “la presencia de un viento que sopla del interior de La Tierra y que reduce el aire a pequeñas partículas que se prenden fuego por los impactos producidos al abrirse paso a través de estrechas aberturas”. Luego, en el año 62, Séneca (4 a. C. 65 d. C.) hace su aporte. Esto narra Lécuyer: “Resalta la importancia de los vapores y los gases durante las erupciones, siendo el primero en reconocerlas como el motor de las explosiones”.

Agrega además que “su segunda aportación es la de argüir que cada volcán está alimentado localmente por una especie de gigantesca bolsa de fuego subterránea, primera idea de lo que más tarde se conocerán como cámaras magmáticas”.

 Durante el medievo poco se avanzó en explicar el fenómeno porque imperó el credo religioso. Pasemos a la explicación actual.

Vulcanismo y tectónica de placas

Escribe Frédéric Lécuyer respecto a la estructura de La Tierra: “En el centro se encuentra el núcleo interno, sólido y sometido a altas temperaturas —más o menos 5.000 grados Celsius—. Está formado por una masa de hierro que contiene más o menos un 4 % de níquel. Envolviendo al núcleo está el núcleo externo, que es líquido. Su composición es bastante similar a la del núcleo interno, pero está enriquecida con azufre y oxígeno”.

Asimismo, manifiesta que “en los años 70, la teoría de la tectónica de placas cambió radicalmente el orden de las cosas. A partir de entonces, el vulcanismo pasó a integrarse casi a la perfección dentro de un modelo global. Las cadenas de montañas y la alineación de los edificios volcánicos encuentran por fin una explicación racional. Las placas, y especialmente sus límites, condicionan la ubicación de los volcanes; la formación de los magmas también parece ajustarse a esta teoría”. 

Y concluye: “Se piensa que los volcanes situados en medio de las placas están ligados a aportes profundos de materiales procedentes del límite del núcleo-manto. Son los puntos calientes, que forman las alineaciones de grandes volcanes, como el archipiélago de Hawái”. 

Sobre los peligros, Jean-Louis Cheminée revela: “En este comienzo del siglo, se estima que unos 500 millones de personas están expuestas a los riegos volcánicos, (…). Una amenaza que conviene tomarse muy en serio”.

Estamos hechos de sol, lava y salitre

Retomando lo que pasa con el volcán de La Palma, y siguiendo el artículo titulado “Conocemos el precio de vivir en el pasado”, escrito el 10 de octubre por Pablo Ordaz, para el periódico El País de España, él manifiesta: “Fran Leal, que es ingeniero agrónomo y concejal del ayuntamiento (municipio) de Los Llanos, lo explica sin rodeos: “La verdad es que nos fastidió mucho un programa de televisión en el que decía que cómo se nos ocurría construir encima de un volcán. Pues bien, aquí nadie nace engañado”.

A propósito, trae a colación: “Mi bisabuelo construyó en el volcán, mi abuelo perdió todo en el volcán, mi padre volvió a construir en el volcán y nosotros acabamos de perder todo en el volcán. Y me preguntan: ¿por qué? Muy fácil. Porque vivimos encima de un volcán. Nosotros decimos que estamos hechos de sol, lava y salitre, y es así de generación en generación. 

Sabemos que vivimos en el paraíso y también conocemos el precio que hay que pagar a veces. Cuando el volcán se apague, buscaré un terreno y empezaré de nuevo”. ¿Acaso los isleños de La Palma, no están viviendo el mito de Sísifo de la mitología griega?       


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