Cultura / MAYO 10 DE 2020 / 1 mes antes

Aquellos bares cafés del Quindío, aquellos factores de identidad

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Aquellos bares cafés del Quindío, aquellos factores de identidad

La COVID-19 está arrasando con las manifestaciones sociales y culturales que convocaban la tradición de los pueblos del Quindío. No solamente aquellas expresiones artísticas, teatrales y lúdicas desaparecen de la palestra ciudadana, sino que obliga a

Lo que era cotidiano para muchos, ahora solo hace parte del recuerdo.

La COVID-19 está arrasando con las manifestaciones sociales y culturales que convocaban la tradición de los pueblos del Quindío. No solamente aquellas expresiones artísticas, teatrales y lúdicas desaparecen de la palestra ciudadana, sino que obliga al aislamiento de sus protagonistas de la cultura popular, aquellos que le dan sustento a ese patrimonio de la humanidad que se conoce como Paisaje Cultural Cafetero.

Me refiero a los adultos mayores, a quienes se les ha limitado en el único canal de comunicación que tenían para encontrarse, remembrar y solazarse con sus recuerdos. Los parques principales, las plazas de ferias, las plazas de mercado y los cafés ya son escenarios desiertos, por una sinrazón que llegó en forma de pandemia y cortó de tajo todos los contactos de socialización pueblerina.

Qué será, en Montenegro, del árbol del totumo, sin las pláticas de los viejos. O de las verbenas más populares al frente de su Casa Cadavid, los sábados, cuando se bailaba sin cesar.

Qué será de las concentraciones de intercambio, trueque de cachivaches, juegos de ocasión y degustación de golosinas, propias de los parques secundarios, como el del sector del CAM en Armenia.

Qué será de los escribientes de máquina del centro de Armenia, del paseo popular por su calle de cielos abiertos. Qué será del bullicio de los comederos en las plazas de mercado.

Y qué será de los cafés, esos mágicos centros de la charla y el murmullo y que se conservan algunos, en el Quindío, con la mística de sus administradores y de la solícita atención de las mujeres amables que llevan el pocillo humeante de café hasta la mesa. Qué será de su música variada, mientras nuestras gargantas se refrescan con una cerveza o un aguardiente.

Ese destino, mejor, ese recuerdo, llegó muy pronto. Nunca pensamos que la experiencia significativa de sentarnos en las sillas, alrededor de la mesa añeja, llegaría tan pronto a su final.

Un día antes del inicio de la cuarentena, saboreé por última vez el café de 700 pesos en la Academia de Billares de Armenia. Ensimismado, mientras escuchaba el sonido de los tacos golpeando las bolas de juego, la música de fondo de la canción Cataclismo me indicaba que venía lo peor. Su letra lo presagiaba. “Desesperado presintiendo tu partida. Me imagino que te has ido para ver la reacción. Que sufriremos cuando estemos separados. Y tú pienses en mis besos. Y yo añoré tu calor”.

2 meses después, esa canción de María Elena Sandoval, que escucho ya confinado en mi casa, me devuelve de momento al ambiente original de los cafés y a esas melodías que eran solicitadas a diario. Y ya no pensamos en besos, ni en calor humano, porque esa proximidad también se nos ha prohibido.

Antes del mediodía fui a otro café de la nostalgia de Armenia, El Pescador. El sabroso segundo tinto que tomé en silencio y el último vistazo de sus antigüedades en la pared , así como de las hermosas sillas de vaqueta con motivos campesinos, me produjeron nostalgia, tal vez por constituirse ello en el último momento de sentimiento popular, en el último café con puertas forjadas que le queda a Armenia.

Al mediodía viajé a mi casa, en Circasia. En la tarde, el ritual debía completarse en el café de Arcadio, en una de las esquinas del parque principal. Allí, también, en silencio, el tercer sorbo de café, acompañado de la parva que allí se expende, me ayudó a continuar en la reflexión. Era el último día de su disfrute. Pregunté por Nicasio, el viejo lustrabotas, que permanece en aquel lugar. Nicasio y el café de Arcadio son uno solo.

Los cafés actuales del Quindío hoy lloran en soledad. Sus puertas cerraron desde ese día trágico del comienzo del cataclismo global. Nunca se proyectó tal heredad para la humanidad y resulta que ello también tocó a los espacios más queridos, pero que ahora son unas cuitas más.

En Córdoba, también en la esquina de la plaza, está el café Aquilino. Una singularidad de este son sus baldosas antiguas, que hacen juegos geométricos. En sus mesas redondas se ha marcado su logo comercial, lo que hace de este lugar un placentero y novedoso punto de la modernidad que no olvida lo antañoso y sentimental.

En Montenegro, en los bajos de la antigua Casa Cadavid, también en la esquina más recordada, su café, con puertas de hierro forjadas tiene algo único. Los hermosos diseños de su piso grabado hace 90 años, cuando se construyó la casa.

En Pijao, su plaza principal conserva varios cafés. Lo inolvidable de ellos es el ambiente de la música de los años 70, que todavía suena en su interior. En la mayoría, el pintadito espumoso, o medialuz, se degusta con emoción. Uno de ellos, el bar Social, es símbolo del turismo. Allí, un elemento espectacular establece la diferencia, es la greca centenaria, que se sale de lo común en su forma de construcción.

El nombre Danubio fue escogido por muchos cafés del Eje Cafetero para su denominación. Tal vez, porque en ellos sonaron los acordes de valses y porque, en alguno, las sesiones de baile imperaron. El café Danubio de Salento es, entre varios, el más llamativo.  Imposible olvidar su salón inmenso, su música y su barra para la libación. En ella siempre encontrábamos los parroquianos en actitud embriagadora, pero pacífica. Imposible olvidar, también, sus cadenas y condados de las puertas centenarias de madera.

En Quimbaya, en una de las esquinas de la antigua plaza de mercado, el café Monserrate es todavía historia. Se le conoce como el café de los Buitrago y, admirablemente, funciona en una antigua casa de bahareque, que contrasta con la ya desaparecida arquitectura tradicional de su vecindad.

2 elementos, uno arquitectónico, y otro de dotación, son la constante de los cafés del Quindío. Sus grecas, unas más especiales que otras, cómo la Josefina de El Pescador o la de la factura atípica del bar Social. Lustrosas, doradas y fantásticas son y serán factor de identidad.

Casi 2 meses después de la obligada cuarentena, he vuelto al café de Arcadio en Circasia. Con sus puertas cerradas, como nunca lo había imaginado, admiré el detalle de estas con hierro forjado. Solo que, mirando a través de ellas, se ve lacónico ese espacio, en medio de la penumbra de su interior. Ese es el otro detalle, de ornamentación y diseño de unas estructuras metálicas que están y han estado desde años atrás, en las varias entradas de los cafés del Quindío. Otro factor de identidad. De aquellos cafés, con aquellos recuerdos.

 



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