Cultura / DICIEMBRE 19 DE 2021 / 5 meses antes

Las guerras de Joseph Zárate

Autor : Hugo Hernán Aparicio Reyes

Las guerras de Joseph Zárate

Basta la relación de títulos académicos, premios y galardones, otorgados a la obra y al autor, inserta en la solapa del tomo, para inducir su lectura. Guerras del Interior, de Joseph Zárate, peruano, limeño, andariego periodista, editor, estudioso, comprometido con causas medioambientales, animalistas y adláteres, de feliz recibo entre movimientos e instituciones afines al dictado conservacionista, ofrece una visión crítica acerca de 3 actividades humanas, vertebrales en la economía orbital, al tiempo de su país de origen: la explotación maderera en la selva tropical, la minería del oro en las montañas andinas, la extracción y transporte de petróleo. Con claro sesgo ideológico, aunque esforzándose por mostrar equilibrio en valoraciones y juicios, sustentados en el abrumador acopio bibliográfico adjunto, en testimonios de terceros y vivencias in situ, Zárate emplea relatos de personas, familias, comunidades, vinculadas, bien en calidad de víctimas, bien como beneficiarios, para tejer agudas crónicas, premiadas, entre otras instituciones, por la Fundación Gabriel García Márquez. Sirve recordarlo, entre los criterios del jurado, además de valor periodístico, de rigor ético y académico, cuenta en forma definitiva la calidad literaria de los textos. Nada que objetar; más bien celebrar el trabajo en reseña bajo tales parámetros.  

Ahora bien, el lector en proceso de formación y afirmación de criterio respecto al asunto medioambiental, en boga en décadas recientes -apropiado por la izquierda transnacional obviando el proceder de regímenes de igual filiación nada acordes con el discurso-, hallará en estas páginas un buen aporte a sus propósitos. No obstante, algo contamos también los díscolos, los escépticos, quienes adoptamos la duda sistemática en la búsqueda de la verdad.  

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Y los interrogantes brotan. ¿En Guerras del Interior se tratan casos más policiales, judiciales, particulares, que conflictos sociales, intencionalmente adoptados como emblemáticos en medio de la actual confrontación ideológico-política y de poderes? ¿Un triple homicidio de líderes indígenas, aun asumiendo conexión directa con la defensa territorial de su etnia, convierte por fuerza la explotación forestal debidamente licenciada en actividad delictiva? ¿Es plausible para Joseph la negativa de una persona a entregar, a cualquier título, un predio con dudosos antecedentes de propiedad, dando al traste con un proyecto minero de gran escala tramitado con rigor legal y técnico que beneficiaría a un número significativo de familias, que nutriría las arcas públicas, bajo argumentos subjetivos de sus opositores? En el caso del ducto de conducción de petróleo en lejanas provincias, ¿cuál es el reproche y quiénes los responsables del derrame de crudo? ¿Obra mal la compañía al contratar mano de obra local para el manejo de emergencias? ¿En el fondo, no se trata acaso de satanizar la actividad extractiva per se?  

En los 3 casos, las citadas han sido y continúan siéndolo, actividades, además de lícitas, reconocidas generadoras de labor humana, de lucro empresarial legítimo, de progreso real para individuos, familias, regiones, país. No todo obedece, creemos, a perfidia, a codicia rastrera, a maldad congénita de ricos versus desfavorecidos, al deseo expreso de causar daños irreparables al ecosistema o a las comunidades. Llegará quizás el instante histórico de ruptura de la humanidad con el oro, con los combustibles fósiles; más difícil, no imposible, será prescindir de la madera, materia prima, entre otros productos, de buenos libros. Hasta tanto, estas y otras actividades productivas seguirán siendo fuentes de sustento y avance para el mundo y sus habitantes. 

Bajo miradas como la de Zárate, el caso colombiano resultaría más que inexplicable; del todo absurdo. Ejemplo: en el bajo Putumayo, sur del país, una de las pocas labores lícitas generadoras de labor remunerada es la reparación del oleoducto tras continuos atentados dinamiteros de la guerrilla izquierdista. Los estragos ocasionados por tal delito, en términos económicos y medioambientales, supera en mucho los causados por accidentes de buques petroleros en los mares del mundo; nuestra izquierda política, no obstante, calla, elude el tema; ciega y muda frente a hechos semejantes.  

Otro ejemplo de alto contenido simbólico: en Armenia, Quindío, región colombiana declarada por Unesco patrimonio de la humanidad por su “paisaje cultural cafetero”, se tiene el hacha como objeto central de una escultura alusiva a la gesta colonizadora. Todavía hoy se celebra el dominio del monte, de la selva, a golpes de machete y hacha, a manos de esforzados “titanes”, en favor del monocultivo cafetero, a salvo ya de juicios históricos por tala sistemática de foresta autóctona, uso de pesticidas y agroquímicos, o contaminación de fuentes hídricas en el proceso del grano. ¿A despecho del organismo de la ONU para la cultura, lo políticamente correcto pasaría por condenar ahora lo consumado décadas atrás, en parte todavía de uso corriente? ¿Prohibir el cultivo del café y reforestar áreas degradadas?  

Nadie en uso de razón puede desconocer el positivo influjo del ambientalismo equilibrado, no pasional, en el mundo de hoy y su proyección futura. Por gracia, el género humano continúa demostrando cordura, creatividad, al afrontar desafíos y amenazas. Reflexiones como las planteadas por Joseph Zárate, contribuyen al ineludible y constructivo debate en torno a posturas nacionales y globales en el tema medioambiental. Bastante se ha avanzado, pero el camino a recorrer es largo y erizado de dificultades. La primera de las guerras a librar es en nuestro interior. En qué medida estamos dispuestos a escuchar, intentar comprender y eventualmente ceder ante posiciones divergentes. 
 



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