General / MARZO 29 DE 2015 / 5 años antes

El civismo en retirada

El civismo en retirada

Ninguna norma puede lograr que la facultad de participar en una decisión que me concierne esté exenta de mi aceptación emocional.

El civismo  permite integrar  las exigencias de la justicia con la de pertenencia comunitaria, con la noción de su disfrute.

El final del civismo 

Hace rato venimos oyendo que “se acabó el civismo” en las ciudades. Ante esta afirmación es probable que alguien salga a señalar como culpables a la clase política, a la educación, a los medios de comunicación o a los hogares, dado lo fácil que es adjudicar los problemas a un solo protagonista y olvidar que la ausencia del civismo es posiblemente un síntoma del estado en el que puede estar una democracia. 

La primera reflexión ante la decadencia del civismo —cualquiera que sea la forma en que se entienda este— es el recuerdo nostálgico de aquellas comunidades que alguna vez hicieron obras públicas con la energía imaginativa de quienes, con desprendimiento, tomaron el mando para realizar actos que se convirtieron en soluciones colectivas.  

Ejemplos de esa clase de actividades incluyen los convites de las iglesias para comprar un nuevo sagrario, las empanadas para construir un aula escolar, las reuniones de vecinos para vender objetos antiguos u otras acciones que emprendían con entusiasmo las “personas cívicas” en muchos lugares del país.

No sé si el interés de los analistas políticos por la noción de civismo sea tan  grande en Colombia como en otros países. Pero la cuestión ha sido muy importante en otras partes del mundo porque este concepto tiene la ventaja de articular dos tradiciones intelectuales bastante bien demarcadas: la tradición “liberal” que acentúa los derechos individuales, y la tradición “comunitaria” que subraya los valores colectivos. El civismo  permite integrar  las exigencias de la justicia con la de pertenencia comunitaria es decir, la idea de los derechos individuales con la noción de su disfrute dentro de una comunidad particular. 


Participación y ciudadanía 

En el concepto de ciudadanía se hallan implícitas las raíces de la igualdad, mientras que el concepto de clase suele utilizarse para descubrir las raíces de la desigualdad, temas sobre los cuales se ha estado debatiendo intensamente en Colombia en los últimos tiempos.  

La ciudadanía, como dice Thomas Marshall, es la “plena pertenencia a una comunidad” y evoca no solo la identidad y el compromiso de las colectividades, sino también la tolerancia para trabajar con personas diferentes. 

Participar en la defensa de un bien público y autolimitarse en el ejercicio de los derechos (hacer cola en un banco, participar en los debates públicos, disponer correctamente de las basuras, esperar para cruzar la calle, detenerse en los semáforos, pagar cumplidamente los impuestos, votar o respetar las opiniones ajenas) son en esencia la clase de igualdades ciudadanas que se pretenden conservar detrás del bien llamado civismo. 

No obstante, despojado de sus mejores propiedades, el civismo se ha desviado de su camino: la gente suele pensar más en los derechos que en las responsabilidades o deberes. Es más: las personas piensan muy poco en sus deberes. Por lo tanto, la sociedad tiende a volverse más pasiva e indiferente, lo cual disminuye sus posibilidades de incidir sobre los asuntos de la comunidad. 

Cuando los ciudadanos son pasivos o dejan de lado sus inmensas posibilidades de participación caen en manos de la burocracia oficial, la cual hace las cosas a su manera o las hace por encima de las necesidades públicas. Además, estas burocracias intentan dominar a los ciudadanos exigiendo conductas sumisas a cambio de tener en cuenta sus peticiones: “le doy este beneficio a tu gremio si invitas a tus miembros a votar por mí”.

En otras palabras, se puede aceptar la condición legal de ser ciudadano porque así lo dice la Constitución, pero si no la ejerzo y la acepto apáticamente, no se producirán efectos en la sociedad donde vivo. 

Por el contrario, si a la ciudadanía se la ve como una actividad deseable y dinámica se puede llegar a la participación en la comunidad y a intervenir en la cosa pública y política que nos pertenece a todos. Vale decir que la ciudadanía es un factor proactivo que precede la entrada a los terrenos de la cosa pública. 

Pero la fabulosa idea de la participación también ha sido desfigurada notablemente. La palabra aparece muchas veces en el texto de los artículos de la Constitución colombiana, pero su aplicación aún no ha sido entendida. 

Un caso de la vida real me permite ilustrar esta situación. Para apaciguar cierta huelga universitaria, los directivos aceptaron “elecciones internas participativas” para nominar la terna de decanos a una facultad. Cuando los estudiantes presentaron la terna, el rector encontró que el favorito de los alumnos era un profesor disidente que solía poner en jaque las decisiones del consejo superior. Por eso lo descartaron y nombraron a dedo a un directivo que no les suscitaba dudas. A raíz de esto surgió una protesta, hubo muchos heridos en las calles y los estudiantes se declararon frustrados y burlados en sus intenciones de volver a participar. 


Civismo y voluntariado

Pero la participación no es una norma ni un estatuto: la participación es un sentimiento. La participación se puede decretar, pero de ahí a conseguirla hay un trecho muy grande: “me siento participando o no lo siento”, eso es todo. 

Ninguna norma puede lograr que la facultad de participar en una decisión que me concierne esté exenta de mi aceptación emocional. Igual ocurre con lo cívico, que también es un sentimiento. Si me siento cívico actúo en consecuencia, y como el civismo pasivo no sirve para nada, el hecho de hacerlo activamente me permite apreciarlo en su verdadera magnitud. 

Para muchos autores la democracia no depende solo de la justicia y la tolerancia, sino de las actitudes de los ciudadanos. Y es en este marco de actitudes y reacciones donde la participación ciudadana se desenvuelve como una actividad deseable. 

Los derechos políticos permiten contribuir al ejercicio del poder público y los derechos civiles tienen que ver con la libertad individual, de expresión, de conciencia y de propiedad. Los derechos sociales, en cambio, tienen que ver con la educación pública y los servicios de salud y pensión, es decir, con el mínimo derecho a la seguridad y al bienestar económico. 

Por eso la caridad y el voluntariado no alcanzan a ser civismo, dado que carecen de una amplia participación. El voluntariado es, como su nombre lo indica, una decisión particular de algunas personas en torno a un problema privado que desean resolver. 

El voluntariado se mueve más en la esfera de las generosidades particulares, pero el civismo toca la esfera pública y por lo tanto va más allá de los intereses privados porque tiene ingredientes de compromiso general y puede involucrar a muchas personas en torno a la defensa de una libertad o de un derecho. 

Dadas estas características, a menudo el civismo se tiñe de valoraciones ideológicas; por ejemplo, cuando el concepto es visto por enfoques de derecha o de izquierda, o cuando estamos frente a los partidarios del mercado (que subrayan la cuestión de las obligaciones) o a los socialdemócratas (que hablan de “ciudadanía comunitaria”). 

A veces entran al debate de la ciudadanía otras interpretaciones más singulares: la educación pública, la asistencia sanitaria, los seguros de desempleo y las pensiones de vejez, entre otros, que fueron derechos que surgieron con el tiempo, lo que dio pie a que los escritores de derecha los acusaran de ser derechos protectores que crean dependencia y sumisión. 

El civismo depende mucho del sistema educativo y este es un punto muy importante pues las escuelas deben enseñar a sus alumnos el “razonamiento crítico y la perspectiva moral que definen la razonabilidad pública”. Precisamente, por la ausencia de estos dos pensamientos se ha empobrecido la vida política en Colombia, pues la gente no tiene acceso a una verdadera participación, que debería iniciarse en las escuelas. 

Ante la baja calidad del sistema político, ante la crítica enérgica que se escucha en torno a la conducta de los protagonistas políticos, muchas personas rechazan su contacto y tienden a refugiarse en la vida privada donde encuentran más satisfacciones, por lo menos en las expresiones de lealtad y afecto. Parte del absentismo en las urnas nace de esta actitud. 

La agonía del civismo comienza cuando el sistema político termina por cooptar, mediante dádivas, los grandes objetivos que demanda una sociedad. Cuando la política se vuelve privada y utilitarista (conseguir un empleo o un contrato) acaban sus proyecciones. En este escenario, el consumo público de la política se limita a las elecciones periódicas, cuyo único estímulo es el tipo o el grado de la mermelada que allí se ofrezca. 


Por Jaime Lopera
Escritor, periodista, miembro de la Academia de Historia del Quindío. Esta versión apareció originalmente en el blog “Razón Pública” del quindiano Hernando Gomez Buendía.



COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

copy
© todos los derechos reservados
Powered by: Rhiss.net