General / DICIEMBRE 06 DE 2015 / 5 años antes

El fútbol y el cine, casi las únicas diversiones del pasado en Armenia

El fútbol y el cine, casi las únicas  diversiones del pasado en Armenia

El Yanuba, el Izcandé y el Bolívar, fueron teatros representativos de la ciudad.

Entre las actividades sociales para el esparcimiento que había en Armenia, la de más acogida, por no decir que la única fuera del fútbol, era el cine. Bien puede decirse que los teatros Atenas y Apolo, aunque los alcanzamos a conocer y recordar, pertenecieron más a la década de los cuarenta; esos les tocaron muy poco a los que hoy hacemos fiestas para conmemorar los 50 años de haber terminado el bachillerato. 

Las salas de cine que nos fueron familiares son el Yanuba, Bolívar e Izcandé; los teatros Colombia, Tigreros (también llamado el Pulgueros), Parroquial y el efímero Radio Cine (de la Voz del Comercio) eran los preferidos por los estratos más populares. En el Parroquial, cuando los fondos no alcanzaban para pagar la boleta, el portero permitía la entrada a más bajo precio; pero quien pagaba menos tenía que sentarse en el suelo –más tarde instalaron bancas, que no butacas–, detrás del telón. Por esta razón, los que allí nos sentábamos nos volvimos diestros en eso de leer los subtítulos al revés. 

En el teatro Colombia, especializado en películas mejicanas, y a veces en el teatro Bolívar, gracias a la ceguera de las taquilleras y a la complacencia de los porteros podíamos entrar a ver películas que la censura clasificaba para mayores de 21. Es que en eso de la clasificación moral de las películas existía una lógica tan incoherente y absurda como la de los avaluadores del Igac en Armenia. Hoy no existe ninguno de esos teatros.

 

El cinemascope
Por allá en el año 1954 fuimos testigos de la llegada del Cinemascope al teatro Yanuba; aquí tuvimos la oportunidad de ver la primera película rodada en este formato: “El manto sagrado” con Richard Burton, Víctor Mature y Jean Simmons. Pero películas como esa eran más bien rarezas; el cine más emocionante era el de los matinales que presentaban los domingos en los teatros Yanuba y Bolívar, que casi siempre eran películas de Tarzán o de vaqueros, con el popular “guapo”, así se tratara del Zorro, John Wayne, Hopalong Cassidy u otros. 

En Armenia existieron unas funciones dominicales llamadas ‘sociales dobles’, porque presentaban una doble ración de películas; los sociales se daban en todos los teatros de la ciudad, incluido el teatro Parroquial. En las interrupciones o cortes de la película muy esporádicos que llegaban a presentarse, no faltaban los silbidos, el alboroto y las insinuaciones chistosas de cualquier asistente que gritaba, ‘operador suelte la taquillera’, ‘operador no le recorte a la película’, o algo por el estilo; esto era general en todos los teatros. El ‘social pepita’, que se daba los sábados, no fue popular y duró poco. 

 

Deportes Quindío y los equipos aficionados 
En el año 1951 llegó una nueva diversión a la ciudad: el equipo Atlético Quindío. El fútbol en Armenia no nos causó a los muchachos de entonces las tristezas que les trae hoy el Deportes Quindío a sus seguidores. Este era un equipo de regular categoría en Argentina, que vino de gira por Colombia, se llamaba Rosario Wanders, y cuando pasó por la ciudad, una junta, conformada por don Julián Velásquez, Nepomuceno Jaramillo, Vicente Giraldo y otros, les propuso que se quedaran y les ofrecieron todas las garantías para ello: inscripción en la liga de fútbol profesional, un contrato de trabajo, consecución de un permiso de residencia, facilidades de alojamiento.

El hecho de tener un equipo que representara la ciudad en el torneo nacional obligó a la construcción de un estadio, el cual se hizo a las volandas, en unas cañadas en las afueras de la ciudad y se le dio el nombre Estadio San José.Si bien este no era el mejor equipo del campeonato de fútbol rentado del país, sí estaba entre los cinco primeros; fue dos veces subcampeón y remató en el año 1956 cuando trajo para la ciudad de Armenia la copa. Hasta aquí nos duró la dicha, porque de ahí en adelante solo hemos estado en la lucha por los últimos puestos de la tabla de clasificación; y hasta se acabaron los ‘gorriones’, esa cuasi-gradería del estadio, adonde entraban los muchachos sin recursos económicos. 

 

Pinga Pérez
Tan cercano al Deportes Quindío, como el estadio San José, era su hincha más fiel, el número uno, el que saltaba de alegría con los triunfos y lloraba como un niño sus derrotas: “Pinga Pérez”. Todos conocimos a este personaje que tenía un cierto retraso mental y una dificultad manifiesta en su dicción; cada vez que jugaba el equipo en casa, terminaba Pinga Pérez ronco de gritar y borracho, porque muchos le daban un aguardiente a cambio de un viva a cualquier ser.

Este singular apodo tuvo su origen cuando en los tiempos en que el expresidente Ospina Pérez era un personaje de actualidad, los patos ponían a nuestro amigo a gritar viva o abajo, no sé, al presidente. Por su dicción defectuosa, no decía Ospina Pérez, sino Pinga Pérez. Entre todos los hinchas del Quindío fue Cecilia la más fiel y la más famosa del género femenino, aunque no fue muy conocida en los primeros años del equipo. 

 

Juegos departamentales
En nuestro primer año de adolescencia fuimos espectadores de las justas de los terceros juegos olímpicos del departamento de Caldas, que se cumplieron en Armenia en el año 1956. Entre los atletas más destacados estaban “pernil” Vallejo, lanzador de bala y disco, y los boxeadores, todos negros, de Buenaventura. 

En Armenia, el único deporte que se practicó en esos once o doce años de nuestra época de colegio fue el fútbol; la liga local era apenas naciente y los clubes eran muy pocos; entre estos se destacaban los ‘Pibes de Urruti’; los que no pertenecíamos a ningún equipo jugábamos en la calle y en los dos o tres terraplenes habilitados como canchas, valga mencionar la de los Hermanos Maristas, en el barrio Las Américas, y el Campín y la de Bavaria, en el sector del parque Fundadores. El basquetbol se practicó en los colegios y los campeonatos siempre fueron entre estos.

Por lo demás, aquí no se conocieron deportes como beisbol, voleibol, lucha, atletismo, aun el ciclismo no fue algo que mereciera aplausos, sin por esto menospreciar el trabajo de Carlos A. Gómez y Luis E. Olarte, pedalistas que apenas lograron mención en el ámbito nacional.

Y la natación no pasó de ser la que se practicó en la quebrada Hojas Anchas, en el río Quindío y el los Kingos, cerca de la estación Caicedonia, porque las piscinas eran pocas, o quizás solo había la del Club Campestre, y el acceso a ella era, como es obvio, restringido, de ahí que pocos nadaran siquiera con alguna técnica y estilo. Sin embargo, en ríos y en piscinas, con estilo o sin él, había que lucir un vestido de baño Catalina o Jantzen; tener uno de estos era motivo que despertaba en los demás un cierto sentimiento de admiración o de envidia. 

A Armenia llegó de no sé dónde, o quizás fue creación de algún ingenioso de la ciudad, una nueva disciplina deportiva: el golf de jardín. En El Bosque y en varios lotes desocupados, que quedaron de los incendios ocurridos unos años atrás, en la Plaza de Bolívar y donde estaba el teatro Apolo, hicieron unas mini canchas de golf con sus 18 hoyos y diferentes obstáculos y grados de dificultad. Esta fue una diversión que tuvo buena acogida durante unos meses entre los estudiantes de bachillerato; pero rápido pasó la fiebre y el golf de jardín desapareció del panorama deportivo de la ciudad.

 

 

Josué Carrillo
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