General / JUNIO 19 DE 2014 / 6 años antes

La última clase, libro que reúne las memorias del profesor Eliécer Castaño Marín

La última clase, libro que reúne las memorias del profesor Eliécer Castaño Marín

La última clase, historia de un maestro; es el título del libro editado por la universidad del Quindío que reúne las memorias educativas del fundador, profesor y exrector del colegio Carlomagno, y que será presentado hoy a partir de las 6:30 p.m. en el auditorio de Ciencias Humanas y Ciencias Básicas del alma máter.

El texto es el testimonio del creador de una de las instituciones educativas privadas más emblemáticas del departamento y tiene el objetivo fortalecer la memoria colectiva de los educadores y las familias quindianas. 

La obra, que como consecuencia de algunas dificultades de salud del autobiógrafo, fue dictada para su escritura simultánea al maestro Raúl Tobón Tamayo, quien actuó como amanuense del relato, resalta aspectos no solo de la vida del profesor, sino también de la institución a la que entregó su vida.

Un colegio como el Carlomagno, que tras su cierre definitivo pasó a constituir parte del patrimonio intangible de los quindianos, es puesto en valor a través de estas páginas como una institución que contribuyó a resolver, muy a su manera, algunas de las más grandes demandas educativas y éticas de una sociedad que encontró allí alternativas válidas para atender los problemas humanos y familiares que han amenazado y aún afectan a la juventud, en algunos casos con mayor contundencia en los estratos socioeconómicos aparentemente menos vulnerables de nuestra comunidad.

 

Eliécer, un aspirante a franciscano que hizo apostolado

El deseo de ser maestro nació con él. Emprendió su primer viaje hacia la formación docente y religiosa en la ‘santa’ complicidad del gran fotógrafo y polémico ambientalista, el hermano Andrés Hurtado, y su amigo Dídier Lizcano. En medio de esta aventura monástica hizo su segundo año de bachillerato en Villamarista, Postulantado de los hermanos maristas en Popayán, pero fue retirado cuando sus maestros definieron que lo que no tenía de clérigo lo tenía de sobra como maestro laico. Aunque debe decirse que sus primeras clases las impartió a doña Tinita, una familiar cercana que a los 80 años recibía sus clases cuando él apenas tenía ocho y ya jugaba a ser maestro.

Los egresados del Carlomagno, cuyos primeros inscritos dejaron escritos sus nombres en una servilleta que actuó como primer acta de matrícula, lo recuerdan cariñosamente como ‘Eli’ y evocan anécdotas como aquella que surgió ante la pregunta de uno de sus estudiantes que quería saber de qué le serviría leer y releer a los clásicos como Shakespeare y Cervantes, cuando él se dedicaría a cuidar los cerdos de la finca de su padre, a lo que Eliécer respondió diciendo que, justamente, esas lecturas aparentemente aburridas serían aquello que lo diferenciaría de los porcinos.

O como lo que sucedió con la visita oficial de la secretaría de Educación para otorgar la licencia de funcionamiento al colegio, recién había abierto sus puertas en el parque Sucre de la capital quindiana hace más de cuatro décadas, que frente a la imperdonable ausencia de un esqueleto en la clase de anatomía, Eliécer mandó a traer subrepticiamente uno del colegio vecino, con tan mala suerte que el mencionado funcionario estatal, para aquel entonces Guillermo Martínez, no se retiró de la puerta de entrada, motivo por el cual fueron necesarios todos los artilugios y distractores en los que se empeñó el novel rector para finalmente introducir y hospedar al óseo visitante que jamás volvería a las huestes escolares de las que fue sustraído, luego de hacer su parte en la obtención del permiso para el incipiente colegio.

El Carlomagno fue definitivamente un colegio atípico, basado en la confianza, el diálogo, la tolerancia y la camaradería de jóvenes y profesores pertenecientes a más de veinte generaciones, quienes durante 44 años de incansables labores, reunidos por la bondad de ‘Eli’, hoy agradecen haber podido vivir, no sin tropiezos y dificultades, los mejores días de sus vidas, porque la filosofía de este colegio comprendió y asumió que la expulsión por causas disciplinarias, en muchos casos no solo es el síntoma de una educación que aceptó su impotencia para formar mejores seres humanos, sino una forma de exclusión y segregación social y moral. Algo que Eliécer y el Carlomagno estaban precisados a no aceptar.

Eliécer se confiesa mal administrador pero es sin duda el mejor de los maestros, sus palabras dejan sin aliento a quien lo escucha, en su infinita simplicidad salpicada de amor, humor y bondad. ´Eli´, como el profe que se subía en los pupitres del film La Sociedad de los Poetas Muertos, sigue cultivando un eterno jardín frente a las huellas de su colegio en ruinas, ese que una vez fue su propio paraíso y el de sus estudiantes. A veces en las mañanas el sonido de los gritos y la algarabía de los muchachos aún se escuchan entre los árboles que extrañan las aulas del colegio Carlomagno.

 

Por Alejandro Herrera Uribe, docente de la universidad del Quindío



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