General / SEPTIEMBRE 23 DE 2012 / 10 años antes

Literatura: instrumento para pensar al hombre

Literatura: instrumento  para pensar al hombre

Julián Malatesta, docente, escritor y poeta.

Además de docente con extendida experiencia, el poeta Julián Malatesta ha sabido combinar la crítica literaria con la creación de una obra que inicia con Hojas de trébol (1985) y va, por el momento, hasta Los buenos demonios (2011), poemario de marcado acento experimental.
Malatesta dirige la colección Las Ofrendas cuyo catálogo difunde la producción de los cultores del verso del centro-occidente colombiano. Además, es director de la Escuela de estudios literarios de la universidad del Valle.


Háblanos de la forma de enfrentar el amor en sus versos.

Quizá uno de los temas más difíciles de abordar en la poesía sea el del amor, no es fácil evadir el lugar común y cierta melosidad que azucara hasta la irritación el poema. Yo intento enfrentarme a él describiendo su acontecimiento, situándolo en condiciones históricas y sociales; visualizo al amor en la adversidad, rastreo su esquiva magia en la refriega de la guerra, le organizo celadas en la picaresca del azar, advierto su huida y su pesadumbre en las vicisitudes de la vida cotidiana, sé que la rutina lo agobia y entonces anhelo pulsarle su respiración ahí donde parece que se ahoga la ilusión. En fin, creo que el sujeto amoroso no se halla desprendido de las oscuridades y resplandores de su época, no asiste al deleite del amor como desalojado de su periplo terrestre; ejerce el amor en la trivialidad, en el engaño, en el hastío, en la zozobra y en la fiesta.


En su opinión, ¿debe o no la poesía entrar en contacto directo, incluso político, con el día a día?
De modo especial en el poema Memorias de clase, anhelo develar las peripecias de un profesor de poesía que hace leer a sus alumnas a un grupo de poetas con afinidades y discordias. El pobre maestro no sabe qué fibras agita entre sus asistentes y sobre todo desconoce qué fechorías realizan los venerables en las mentes de sus muchachas.

Quienes dictamos clase no tenemos control sobre lo que ha de ocurrir con las lecturas y con nuestras aseveraciones, somos agentes de la producción de vacío que no sabemos cómo llenan los alumnos. Pero lo que sí hacemos es ofrecer la literatura como instrumento para pensar al hombre en su contingencia; no nos planteamos la vida social y política para comprender las formas del arte o para propiciar la acción creadora.

Tengo la convicción de que la realidad no es el material expresivo fundamental. La poesía se hace con poesía y es tal vez con ella que interrogamos los asuntos de la vida cotidiana y social que nos toca.


La crítica literaria ha evitado asumir al escritor y su obra como un universo articulado a su comunidad. ¿De alguna forma eso ha vuelto inofensiva a la literatura?
En el libro sobre la poética en el Valle del Cauca en el Siglo XX observo de qué se ocuparon los poetas y cómo de algún modo refrendaron posturas que los pusieron de espaldas no sólo a los cambios estéticos en el mundo del arte sino que cerraron sus ojos también frente a la modificación y transformación de su entorno geográfico, cultural y social, del cual quisieron voluntariamente dar cuenta.

Eso por lo menos en la primera mitad de la centuria. Después viene la rebeldía nadaísta, la influencia de los poetas registrados en la revista Mito, las lecturas tardías pero fecundas de las Vanguardias de principios de siglo, el proyecto existencialista, la rebelión juvenil del mayo del 68, el rock, la generación beat norteamericana y los atroces acontecimientos de nuestro país, su desangre infame, el crecimiento desordenado, opulento y miserable de nuestras ciudades, lo que da lugar a que se produzca una manifestación poética más vital, más sugerente sobre la complejidad de ese paisaje que como diría Heidegger es el hábitat natural del hombre.

A mi juicio, la crítica en nuestro país es de urgencia, laudatoria, lisonjera y melosa, cuando no es promovida por el rencor y el afán de destruir a un contrario. Con muy honrosas excepciones, como Baldomero Sanín Cano, Hernando Téllez, Gutiérrez Girardot, R.H. Moreno Durán y quizá otros que olvido, pero que no constituyen una mayoría.

La crítica literaria nuestra es precaria e insulsa. Hay otra labor crítica que se realiza desde la academia, la más de las veces fría, destructora de la dimensión emocional de la obra, donde sus pequeños hallazgos son oscurecidos por un pedante lenguaje técnico que en nada contribuye a la obra misma. La labor del crítico ha de ser creadora, de algún modo, de la obra que estudia, debe descubrir en ella vitalidades quizá no visiblemente manifiestas y en ese sentido, enriquecedoras.


¿Pueden las editoriales universitarias suplir la falta de espacios donde los jóvenes poetas se muestren? ¿Cuál es la apuesta de la colección de libros Las Ofrendas, de la universidad del Valle?
Nosotros pensamos que hay una manipulación de los circuitos culturales por donde circulan los productos de la creación. Los creadores invierten un porcentaje altísimo en un quehacer extra literario, se les va más tiempo en las relaciones públicas, en el inagotable merodeo por instituciones, eventos y reducidos ámbitos de la industria cultural, anhelando una publicación.

Este tiempo es superfluo y agresivo, las puertas se abren para unos pocos y los otros con obras de considerable valor estético son arrojados al margen de ese río de prebendas, adulaciones y descaradas zalemas.

En mi parecer es obligación de la academia intentar un diálogo más comprometido y menos oneroso con nuestros intelectuales y creadores, se debe propiciar el reconocimiento de un canon que sin menospreciar la calidad de la obras, haga reconocible el trabajo de muchos poetas invisibilizados, cuyas obras bien merecen ser sometidas a una valoración crítica. Ese es el propósito de Las Ofrendas, crear ese ámbito más amplio, lograr, y esto es fundamental, que la voz de las mujeres se exprese, halle un lugar donde ser escuchada, pese a nuestro espíritu segregador y excluyente.


Por Ángel Castaño



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