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Historia / JULIO 15 DE 2022 / 1 año antes

Bahareque, llamas y olvido. Centenario del primer incendio de Manizales

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Bahareque, llamas y olvido.  Centenario del primer incendio de Manizales

Ruinas del primer incendio de Manizales.Julio 19 de 1922. Archivo Fotográfico Centro de Historia de Manizales.

La historia del bahareque, el material constructivo del Eje Cafetero, hoy es un aspecto clave del Atributo llamado Patrimonio Arquitectónico, en la inclusión del Paisaje Cultural Cafetero de Colombia en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. Lo es por sus características singulares de durabilidad, resistencia sísmica, armonía, belleza y por sus historias de unión y constancia familiar. Además de su tipología, que ha convertido a las casas - algunas de tres o cuatro pisos - en un referente único. De allí la excepcionalidad del PCCC, sigla con la cual se conoce a este Patrimonio de la Humanidad de Colombia, con territorialidad en el Eje Cafetero y parte de Antioquia, Valle del Cauca y Tolima

Pero el bahareque tiene sus enemigos. Son ellos los siguientes. El descuido en la reparación de las estructuras de tales casas centenarias, especialmente del  espacio intermedio entre el tejado de barro y el cielo-raso, que llamamos popularmente el zarzo. Los incendios, porque la madera ha demostrado resistencia a los temblores pero es materia inflamable a las llamas, lo que provocó que manzanas enteras desaparecieran en el curso de un siglo de existencia de estos conjuntos. La humedad, porque cuando se dejan a la intemperie sus paredes y el interior de estas casas, ellas se debilitan y ceden con el tiempo. La falta de apropiación y estima ciudadana hacia las casas, consideradas ellas como ranchos viejos. Unidas estas dos últimas razones, se convierte ello en el factor más destructivo, pues se combinan desidia, desprecio y olvido. El caso más patético ocurrió en Calarcá en la época posterior al terremoto de 1999. Las casas de su centro histórico —consideradas por Colcultura como Patrimonio de la Nación—  solo sufrieron corrimiento de su tejas de barro con el sismo. No obstante muchos propietarios, no solo evitaron realizar la recolocación de las cubiertas, sino que ampliaron las brechas en el techo para que el agua lluvia cayera permanentemente en el interior de las habitaciones. Por supuesto esta mala acción produjo el daño irreversible meses después. La Oficina de Planeación Municipal debió autorizar las demoliciones por el riesgo de colapso, invocando siempre al peligro que podían correr los peatones. Con lo que no contaban los dueños es que en esos predios solo podía levantarse  una construcción en nuevos materiales, pero similar a la tipología, fachada y a la altura de dos pisos de las viviendas antiguas. Algunos prefirieron —como ocurre actualmente— dejar los lotes abandonados, donde crece la yerba y se abona el desprecio a la conservación patrimonial. 

El incendio, entonces, aunque a veces causado por manos criminales, es el riesgo principal que conlleva a la desaparición de las casas de bahareque. Su ocurrencia, como en todos los desastres públicos, se pierde en el registro histórico. Solo lo recordamos cuando ellos fueron vistos y sufridos por cada uno de nosotros en algún momento de nuestra vida. O cuando un templo  o monumento histórico es consumido por las llamas. En el primer evento, en mi cámara de recuerdos, quedó el incendio de inicios de la década de los años setenta en Santa Rosa de Cabal, en la madrugada, cuando ardió parcialmente una manzana del parque principal. Yo residía con mi familia en la cuadra del frente y sentíamos el calor intenso. Ante el riesgo de extensión del fuego, debimos abandonar la casa y llorar en el parque, con otros confundidos habitantes, viendo cómo se consumía la historia arquitectónica. Por fortuna, nuestro sector se salvó. El otro recuerdo fue el más doloroso, en la madrugada del 20 de febrero de 1995. Gran parte de una manzana del parque de Filandia desapareció. Con el incendio se fueron los recuerdos de la novela Café con aroma de mujer, que se había grabado en dos de sus sitios de encuentro, el bar Ganadero y la fuente de soda Claudia

En cuanto al dolor comunitario por el  incendio de los templos religiosos, en el Quindío, el que más lágrimas arrancó  fue la conflagración del 12 de febrero de 2008, cuando se quemó la joya histórica que constituía el templo de Nuestra Señora de las Mercedes. 

El tiempo pasa con su marca inexorable y se borra de la memoria la sucesión de los incendios de los conjuntos de bahareque. Ni siquiera queda en el medio virtual su ocurrencia. Pesquisando las noticias de la prensa física de hace décadas (uno de mis pasatiempos favoritos), encontré el recorte de papel que traía a la memoria uno de los insucesos. También ocurrió en Circasia y lo registró el periódico El Tiempo del 12 de agosto de 1989, en su sección “Hace 50 años”, recordando lo sucedido el 12 de agosto de 1939 :

“En la población caldense de Circasia un incendio destruyó importante zona del centro urbano. Las pérdidas se calculan en más de setenta mil pesos. Los bomberos de Armenia y Pereira, llamados por las autoridades de Circasia, dominaron el fuego después de cinco horas de abnegada tarea”. 

Simple coincidencia en el hallazgo de este recorte de prensa, que ha permitido conocer sólo uno de cientos de casos de incendios de casas y conjuntos arquitectónicos de bahareque. Se podría decir que cada uno de los 51 municipios que conforman las áreas principal y de amortiguamiento del PCCC ha contado con varias tragedias de este tipo, pero que se sumieron, sin embargo, en el olvido colectivo. 

El 19 de julio de 2022 se cumple el  centenario del primer incendio de Manizales. Es una recordación especial, tal vez la de mayor despliegue histórico en esta región. Porque  además ha quedado registrada en crónicas escritas. Y porque un investigador diligente de la capital de Caldas ha producido un documental en vídeo que recuerda no solo esa tragedia. Pues, dividido en tres partes, el vídeo nos enseña lo atinente a los dos incendios restantes, ocurridos ellos el 3 de julio de 1925 y el 20 de marzo de 1926. En este último se consumió la antigua catedral de madera. Se trata de un testimonio visual de gran valía titulado El centro histórico de Manizales, su origen y razón de ser, de Pedro Felipe Hoyos Korbel. 

Traigo a referencia, por su relevancia, los dos siguientes apartes de un documento escrito sobre el  primer incendio de la capital de Caldas. Se encuentra en el fascículo  titulado La edad de oro de Manizales, que hace parte a su vez de la publicación titulada La catedral te necesita, serie emitida por el diario La Patria en papel brillante y en presentación visual cómoda:

“...A pesar de las construcciones de bahareque casi no había incendios en Manizales;esto se debía a que las señoras eran muy cuidadosas en las cocinas y porque el combustible utilizado era, principalmente, carbón vegetal que no levanta llama, y cuando ocurría alguna desgracia en una casa de familia se controlaba el fuego con facilidad...”

“...El domingo 16 de julio de 1922 unos 1600 niños, de establecimientos de educación de todo el departamento, llegaron a la ciudad; traían banderas, uniforme especial, más un sombrero con una cinta donde se destacaba el nombre de su pueblo; habían llegado en excursión académica para conocer la capital y participar en la programación del 20 de julio. Sin embargo todos los estudiantes quedaron consternados con el incendio que les tocó presenciar en la víspera. El 19 de julio, a las tres de la mañana, las campanas de las iglesias, anunciaron un pavoroso incendio. El hecho sucedió en un depósito de velas de parafina que había en el primer piso de la casa del comerciante Joaquín Gómez...”

En esa época no había cuerpo de bomberos y, por esta razón, el fuego consumió una manzana completa y la calle de enfrente. 

Cien años de una de las incontables tragedias del bahareque, un componente patrimonial que no hemos aprendido a valorar en el Eje Cafetero.

Ver también: Tres facetas de un turismo diferente en el municipio de Montenegro

 


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