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Historia / DICIEMBRE 16 DE 2022 / 1 año antes

El idílico poema con el que Flor Montalvo cuenta la historia de la Casa Museo de Circasia

Autor : Roberto Restrepo Ramírez / Especial para LA CRÓNICA

El idílico poema con el que Flor Montalvo cuenta la historia de la Casa Museo de Circasia

Casa Museo Cipriano Echeverri.Foto año 2009.

La composición cuenta la evolución de una casa ligada a otros aspectos históricos del municipio.

La Casa Museo Cipriano Echeverri de Circasia es uno de los monumentos arquitectónicos de la época de la colonización que todavía despierta gratos sentimientos, gracias a su tipología, que trae la remembranza de la vivienda cafetera. Allí hoy se guardan colecciones museísticas importantes para reconstruir la historia local. Lleva el nombre de uno de los artistas populares de Circasia más ignorados, de quien no se tiene un acopio de información sobre la trayectoria de su obra pictórica. De él solo se conocen reseñas anecdóticas, que tratan de desfigurar lo que pudo representar este pintor miniaturista y muralista para la historia del municipio. En el libro de uno de los escritores locales, esta sucinta información se escribe sobre el artista:

“....Las obras plasmadas por Cipriano Echeverri (Q.E.P.D.),en lienzos y murales nos dan la idea de la fecunda imaginación y enorme habilidad creadora. Sobresalen los paisajes que aún decoran las paredes de numerosos locales públicos y casas de habitación” (Libro “Circasia, corazón palpitante del Quindío”, Hilmer Giraldo Giraldo, Editorial Quigráficas, Armenia,1984).

Confrontando la anterior reseña pude comprobar, no obstante, que su producción artística ha ido desapareciendo paulatinamente, hasta el punto de no encontrar al interior de la Casa Museo una sola de sus obras.

Una “descripción amorosa de la casa” es el detalle textual que un autor famoso hiciera sobre las construcciones de la colonización (Libro “Arquitectura de la colonización antioqueña”, tomo Quindío, Néstor Tobón Botero, Universidad Nacional, Banco Central Hipotecario, Bogotá,1985). Para abordar nuestro caso particular se nos presenta, mejor, una descripción de tipo poético, concordante con esta casa de bahareque, que tiene un calado fino en su puerta del comedor y posee corredores con piso de tabla, dispuestos alrededor de su bella estructura. La autora es Flor Montalvo Albarracín, una gran mujer, autora de un significativo poemario, titulado “Poesías de la abuela”, editado y producido en España, en el año 2009. Encontré la bella descripción literaria en una revista de 2010, un intento bibliográfico de entonces, que varias mujeres de Circasia quisieron transmitir a sus coterráneos, traducido en una publicación que llevaría el espíritu convertido en poesía (Revista “Pindaro, Magazín No. 6, Año 2, Editorial Kinesis, Armenia, 2010). Su subdirectora era doña Flor que, en ese momento, a sus 80 años de edad, quiso entregarle a los circasianos la historia de la “Casa Museo”, como así titula simplemente aquella poesía, cuyos versos iniciales comparto con los lectores:
 

“...Era una hermosa casa, saliendo ya del pueblo, una mansión tan llena de misterio, quedaba justamente camino al cementerio.

En mi niñez, recuerdo, tenía árboles frutales, sembrada de cafetos, naranjos y guayabales que alegraban el canto de los turpiales.

Aquella vieja casa fue cambiando de dueño, con extensión muy grande, aquel hermoso predio quedaba en la vía, bajando al cementerio.

Tuvo una nueva dueña, la llenó de flores de novios, begonias, rosas de colores, doña Aurita se sentía orgullosa del hermoso jardín lleno de mariposas.

En los corredores, los pájaros hermosos alegraban las mañanas, se escuchaba el croar de las ranas, en los potreros se oía el bramar de los becerros y también el ladrar de los perros...”


Es una composición idílica, donde varias veces resalta la palabra “hermosa”. Un calificativo para la casa que marcó su niñez y en cuyo interior se exhiben las muestras patrimoniales del Museo “Cipriano Echeverri”. Una casa ligada a otros aspectos históricos de Circasia. Por ello me entrevisté telefónicamente con la poeta. Admirable su ánimo, con sus 92 años cumplidos, y a pesar de las dificultades de salud que por estos días padece. Nos contó a la también escritora Noemí Pinto Arias y a mí otros aspectos importantes.
 


Flor Montalvo Albarracín


El terreno donde se encuentra la casa también se conocía como “La Pilastra” y de hecho la evidencia de una columna de cemento antigua se conserva. Don Darío Henao era el propietario de la vivienda solariega, construida a principios del siglo XX. Era uno de los descendientes de Isidoro Henao, fundador de Circasia. Sus hijas se llamaban Herminia, Susana y Silinia. Herminia vivía en el marco de la plaza y fue Silinia la heredera de la apacible propiedad, cuya extensión inmensa iba hasta los propios predios donde hoy se encuentran el Cementerio y el Colegio Libre. A la tercera hermana, Susana, se le permitió construir en el sector izquierdo de la casa paterna. Finalmente, Silinia vendió a Miguel Valencia, quien se la cedió a su hija Aurita, la mujer nombrada en el poema de doña Flor, y quien la habitó con su esposo, Antonio Nicols y sus hijos, óscar y María Elena.

Al morir Aurita, la casa entristeció. Otros versos del poema de doña Flor relatan la anécdota más singular, la de otro habitante de la casa, la lora Carola:
 

“...Si reían, reía, si cantaban, cantaba, si la gente tosía, ella los remedaba y si se hacían que lloraba, ella también lloraba”.


En su agradable abordaje poético, doña Flor nos recuerda el pasaje más curioso, relacionado con el ave, que calló en su algarabía, a la muerte de la matrona.Pero pasó lo extraordinario: “... Quedó la casa triste, las flores palidecen, los pájaros no cantan, ya todo se estremece, la lora parlanchina también enmudeció, todo quedó en silencio cuando ella murió.

Pero todo en la vida tiene mucho misterio, cuando a ella la bajaban camino al cementerio, y al frente de su casa detuvieron el féretro, la lora que hasta entonces no había vuelto a hablar hizo llorar a todos pues se puso a llorar, se acabaron las rosas, quedó la casa sola, volvió a quedarse muda la lorita Carola”.

Años después, por intermedio de buenos ciudadanos, a la casa le evitaron una inminente demolición y fue adquirida por el municipio.

Una historia simpática de doña Flor, que también es un poema de sus vivencias. Por eso, hoy, viviendo al frente de ella, así terminó su inspiración: “Le hicieron muchos cambios, yo, desde aquí veo, ya la han convertido en la Casa Museo”.

Y ella, la poeta, seguirá en la vitalidad, recordando la casa de sus recuerdos, la que hoy también guardará los recuerdos de otros, de todos los circasianos.


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