Historia / FEBRERO 14 DE 2021 / 11 meses antes

El recuerdo de un inolvidable médico de la selva

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

El recuerdo de un inolvidable médico de la selva

Gutavo Mosquera Sánchez

Evoco el recuerdo de un amigo, en un relato de los años 90, porque ahora él emprendió el viaje sin retorno y decidió partir por el río selvático de la inmensidad. Le dedico las siguientes líneas, que serán para la posteridad. 

En la selva profunda, donde el verde es intenso y donde serpentean los afluentes como anacondas, un chamán o payé inicia el rito de purificación en las aguas del caño más cercano a la entrada de su maloca. Esa madrugada, en la gran casa religiosa, ha terminado la fiesta que celebraba la cosecha, un dabucurí de frutas, con danzas y toma de yagé. Con el primer rayo del sol de este amanecer, el nuevo día marca una fecha muy especial. Después de aquel festejo que duró 3 días y 2 noches, los hombres recitaron la historia ancestral sentados en sus banquitos chamánicos. Ahora ellos, con sus esposas, decidieron renovar las fuerzas para acompañar al viejo oficiante en esas aguas, las mismas en las que todos habían llegado al mundo y donde les fue marcada su frente y cuerpecito con la pintura roja y ritual de  carayurú, para protección de su destino. Se concentraron en esa ceremonia, porque más tarde llegaría alguien muy especial, con una tarea que reconciliará los espíritus y reencontrará a todas las poblaciones del río de leyenda, donde viven en sus orillas varios pueblos indígenas.

Estamos en un caserío llamado Sónaña, en el sur del Vaupés, departamento que en su himno evoca el siringal, el tucán, el curare y el raudal. Es una de las regiones más extensas de la Colombia profunda. Desde el mediodía, ya todos los habitantes de la pintoresca población se han reunido alrededor de la bien cuidada pista de aterrizaje, esperando el arribo del personaje. El mismo que años antes ya había dejado su huella en la atención médica de las comunidades de este gran territorio selvático, que parece un tapete verde inconmensurable. Gustavo Mosquera Sánchez llegó un día lejano, en un avión comercial, al aeropuerto de Mitú. Recién graduado en medicina de la Universidad de Caldas,  venía, como todos los profesionales de las ramas de la salud, a cumplir su labor en el hospital San Antonio de la capital  vaupesina. Rebosante de bríos  y con el anhelo del servicio comunitario, no pretendía ser un médico más en esta región. Estaba destinada su misión a revolucionar el pensamiento y la función del galeno, así como la acción participativa de los pueblos nativos. Algo nuevo en la antigua comisaría, que había sido testigo de la aciaga época de caucherías y donde  se miraba de soslayo a la medicina indígena, al médico tradicional y al sistema de curación del payé y de su ayudante, el kumú.

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Los integrantes de aquella ensoñadora población recibieron al atardecer al visitante, quien llegó en avioneta acompañado de otros miembros del equipo médico. Lo esperaban más tarde en 2 singulares salones comunales, cubiertos de hojas trenzadas de  palma de caraná, contrucciones que, vistas desde el aire, armonizan con la monumentalidad de las malocas. Esta comunidad de indígenas taiwanos está ubicada cerca de la cabecera de un río de importancia mítica, el Pirá Paraná. En la reunión  escucharon el planteamiento del grupo visitante, con la metodología de un diagnóstico comunitario y la pretensión de lo ya desarrollado en otros recorridos fluviales del Vaupés y que  había dejado una gran lección de humanidad. Mosquera y su equipo multidisciplinario habían entendido, con su experiencia, que en esas visitas era importante el trabajo conjunto entre el payé y el médico occidental para lograr el bienestar común.

Al día siguiente se emprendería  un nuevo recorrido fluvial, esta vez por el Pirá Paraná, hasta el sureño río Apaporis, donde el volumen de las aguas se amplía, como también se extiende la sabana extensa de la selva en esa recóndita región. O como se impone su salto monumental del Jirijirimo, la cascada sagrada de un territorio sagrado.

La sonrisa y amabilidad de Mosquera llenaron otra vez de confianza a los habitantes de Sónaña. Después de la reunión, él y sus acompañantes descansaron, compartieron, probaron  otra vez el casabe, nombre dado a la torta de yuca amarga, y lo acompañaron de pescado ahumado o ‘muquiado’ con picante o quiñapira. Y, sobre todo, escucharon a los viejos dentro de la maloca, donde la noche anterior habían sonado, en ambiente ceremonial, los bastones de balso pintados y las flautas de carrizo. Esa música es interpretada por los hombres, ataviados con el plumaje que guardan cuidadosamente en las petacas de cestería. Se veían todavía los grandes recipientes para la chicha y las mujeres corrían para la traída de las hojas de coca desde la chagra, las que se tuestan para la preparación del mambe, revuelto con ceniza de hojas de yarumo. 

Esa noche, Gustavo —como ocurrió con los antepasados en las reuniones al interior de la maloca— se llenó de la sabiduría ancestral para iniciar, al día siguiente, otra ambiciosa tarea de atención primaria en salud y de encuentro intercultural, modelo de atención que por primera vez se adelantaba en territorio amazónico. Se conoció aquello, desde la institucionalidad, como el Plan Departamental de Etnoeducacion en Salud, dentro del cual la participación del payé era tan importante como la del médico occidental en el desarrollo de sus tratamientos.

No era la primera vez que aquellos colectivos del Servicio de Salud del Vaupés —liderados por el médico Gustavo, su esposa la enfermera María Eugenia Jaramillo y Juan Vicente Guevara, el antropólogo— realizaban las correrías fluviales desde las cabeceras hasta las desembocaduras. Pero ésta, la del río Pirá Paraná, era la más importante, la que llevó a todos a conocer la importancia de las prácticas de medicina tradicional en aquella porción del territorio. Años después, Colombia recibiría la noticia  en el sentido que esos conocimientos, con sus comunidades, habían sido incluidos en la Lista Representativa de Patrimonio Mundial de Unesco con la denominación de  los Chamanes Jaguares de Yuruparí. Se entendería, entonces, en 2011, que  el trabajo de encuentros interculturales en salud había sido fructífero.

El pasado 11 de febrero, Gustavo Mosquera decidió hacer su último viaje sin regreso.Un cáncer consumió su humanidad. Hoy todos lo llorarán, no solo en el Pirá Paraná. Las zonas de los ríos Tiquié, Papurí, Papunagua, Cuduyarí, Querarí y otros caños y ríos donde fue conocido este inolvidable médico de la selva, también lo recordarán. Extrañarán  sus manos prodigiosas de cirujano, cual payé avezado, y su condición de profesional comprometido.

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Mosquera era vitalidad. Era también alegría. Conoció el espíritu de la historia mítica de la madre canoa, que había repartido a sus hijos en la desembocadura de los ríos al comienzo del mundo. Y por eso entendió que no solo podía dejar su marca como un forastero más o como el caminante de trochas o el navegante de potrillos. Entendió que podía transmitir, como la canoa anaconda, tranquilidad para los habitantes, para sus pacientes, que también fueron sus contertulios y paisanos. Finalmente, en su casa de la avenida del Río en Mitú, llamada Carayurú, también lo encontraremos, porque Gustavo Mosquera escogió quedarse viviendo para siempre en una maloca de la eternidad.


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