Historia / NOVIEMBRE 22 DE 2020 / 4 días antes

Gallinazos, desprecio y zoociedad en la historia del Quindío

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Gallinazos, desprecio y zoociedad en la historia del Quindío

Tan diferente es la condición del gallinazo en otras ciudades, como en Lima, Perú, donde es símbolo de limpieza.

En el curso de la tercera semana de noviembre de 2020, 2 noticias llamaron la atención. La primera, en un canal de televisión del Caribe, imbuida de puro ‘realismo  mágico’. Corresponde a la detención de Lorenzo, un loro de Barranquilla, que ha sido implicado como  cómplice en un delito, acusado de alertar a otros delincuentes con su grito “corre, corre, corre que te coge el gato”. La segunda se generó en el municipio de Calarcá, y apareció bajo un título sugestivo en el periódico LA CRÓNICA DEL QUINDIO del jueves 19 de noviembre. ‘Particulares rescataron gallinazo atrapado en un árbol’. Sucedió cuando el animal fue encontrado colgando de un ala en un árbol muy alto y permaneció allí muchas horas expuesto, hasta ser salvado por personas ajenas a los organismos de rescate.

Ambas noticias tienen un común denominador. En los estudios antropológicos y de comportamiento animal, ello lo conocemos como ‘zoociedad’. Trasladado al plano de la cotidianidad, es la relación de afecto, compañía, significación simbólica y desprecio hacia los animales domésticos o silvestres. El loro de la noticia se encuentra comúnmente como mascota humanizada y, en esa condición, el inofensivo animal aprende y emite palabras y frases de las personas de su entorno. Son expresiones orales de todas las pelambres, regulares, sonoras y groseras, para complacer el humor de sus dueños. Mientras tanto, igual suerte no tiene el gallinazo, ave carroñera, que es despreciada en nuestro medio. Es mencionada  con el calificativo de ave inmunda en el Antiguo Testamento y de mal agüero en nuestro medio regional. Sobre el gallinazo y otros animales rastreros se han creado versiones de pésimo augurio, entre ellas las de anunciar la muerte y la desgracia.

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La aversión hacia los gallinazos se presenta todavía como fiel reflejo del simbolismo atribuido a los animales, en la zoociedad de los pueblos que participaron en la gesta colonizadora del Quindío y otras regiones del occidente colombiano. En Antioquia del pasado y, luego, en el agreste  ambiente de fundación de pueblos en las regiones colonizadas, por ejemplo, “tigres y felinos eran impopulares entre los campesinos por atacar en los caminos a las mulas de los arrieros, mientras que las chuchas y zorras preferían husmear entre los gallineros”. Esta referencia del artículo de la revista Credencial Historia de enero de 1988, titulado ‘La zoociedad  antioqueña en los siglos XVIII y XIX’, no menciona la relación simbólica de los hombres con los gallinazos, pero se refiere a otros animales domésticos o útiles, como la vaca, el cordero, el perro, entre otros.

Es importante, entonces, transcribir un curioso acuerdo del concejo de Armenia de hace un siglo, “por el cual se dispone la destrucción de los gallinazos en el territorio de este distrito”:

“Acuerdo 18 de 1920. Considerando: que por insinuación del señor director departamental de Higiene, a los concejos del departamento, sobre la conveniencia de extirpar los gallinazos por ser estos animales altamente perniciosos como propagadores de enfermedades contagiosas, renguera, etc., que este animal por los lugares inmundos que frecuenta es portador de suciedades a nuestras habitaciones o plazas públicas, donde pisotean las mesas y caminan donde estas se colocan, dejando en aquellas los gérmenes infecciosos arriba apuntados, que dicho animal pasa parte de su tiempo sobre los tejados de las habitaciones donde deja los microbios de que es portador, que las aguas lluvias se encargan de llevar a los habitantes que de ellas se sirven para sus cotidianas necesidades, acuerda: Procédase a la extirpación de los gallinazos dentro del territorio del municipio. Autorizase al señor alcalde para adoptar las medidas conducentes a la práctica del presente acuerdo”.

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Se ignora si estas medidas fueron puestas en práctica en Armenia y el resto de municipios de Caldas, lo que pudo haber causado el mayor gallinicidio de la historia del siglo XX en esta región. Lo que sí se ha podido comprobar es la persistencia de las prácticas aisladas de eliminar estas aves o de no aplicar las medidas que apuntan a su protección.

El caso reciente más indignante sucedió en la población antioqueña de Rionegro, en mayo de 2020, cuando un joven disparó a un gallinazo que estaba en  el  tejado frente a su vivienda y publicó el video en las redes sociales.

Tan diferente es la condición del gallinazo en otras ciudades, como en Lima, Perú, donde es símbolo de limpieza, como tan patético es el fastidio que despierta su presencia por acciones extremas. Tal cual lo demuestran el texto del concejo de Armenia y otros casos de locura cotidiana, generados por noticias como la que se conoció en el caserío ecuatoriano de Santa Elena en julio de 2020, cuando hallaron el cuerpo de un bebé que era devorado por gallinazos. En este caso de tan truculenta condición, nunca se pensó en la labor de limpieza de mortecina y de otros residuos basurales, que llevan a cabo naturalmente estos especimenes carroñeros. O tampoco se reprobó la impiedad de la madre que arrojó los restos de un ser humano en la basura.

Por fortuna, otros gratos relatos y zoohistorias de zoociedad suceden a diario, frente a los gallinazos y otros animales. Aunque en la época de la violencia partidista se llamaba ‘chulos’ a los muertos de aquella tragedia, o ‘pájaros’ a los agresores de uno de los bandos en conflicto, es contrastante un término que deviene del gallinazo y de su comportamiento. Es la palabra ‘gallinacear’, o sea piropear o enamorar. Una curiosa reseña que encontré en internet, en relación con las cosas que no se saben sobre los gallinazos, se refiere figuradamente al cortejo de las hembras, al volar alrededor de ellas hasta darle regalos como semillas u objetos coloridos.

Por el uso limitado del espacio en este artículo, no es posible hacer referencia a esas positivas historias de gallinazos. Como la del colombiano que los protege, así como a las chuchas o zarigüellas. La de una artista, Ana María Velásquez, quien dignifica el papel del gallinazo en el ecosistema, con sus pequeñas esculturas figurativas del animal. O la del municipio colombiano donde la mascota más querida es un gallinazo que permanece en su parque principal.

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Por mi parte, yo disfruto observando, todos los atardeceres, cómo 2 árboles del pequeño bosque de la urbanización donde resido en Circasia se convierten en los dormitorios de estos limpios seres de la naturaleza animal.

El acuerdo más cercano al propósito del expedido por Armenia sobre la eliminación de gallinazos en 1920, es el de Circasia, generado el 10 de julio de ese año. No menciona a los singulares animales, pero se refiere explícitamente al aseo en las calles, porque en uno de sus considerandos establece  “que en la actualidad, la población se encuentra en un estado de abandono y desaseo lamentable”. Se deduce, entonces, que la medida de la exterminación de gallinazos en el Quindío de hace un siglo estuvo vinculada al desorden ciudadano que imperaba en vías públicas por el arrojo de desechos que atraían a las aves de rapiña. El acuerdo de Circasia, el número 15 de 1920, así también lo señala: “... Es completamente prohibido arrojar basuras, residuos de cualquier materia y cerezas de café a las vías públicas. Los que infringieren está disposición pagarán una multa de 50 centavos a un peso oro por cada vez que lo hicieren, a juicio del jefe de Policía”. Irónicamente, 100 años después, con tanto caos y basura en las calles, este panorama pareciera mantenerse y los gallinazos también podrían ser culpados de tal desorden.


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