Historia / JULIO 01 DE 2022 / 1 mes antes

Humor y saber popular en el Quindío y el recuerdo de Gustavo Ríos Hernández

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Humor y saber popular en el Quindío y el recuerdo de Gustavo Ríos Hernández

Por estos meses del año 2022 se cumplen dos aniversarios luctuosos, los 20 años de la trágica desaparición del docente y escritor de Montenegro Orlando Cardona Osorio. Y los 10 de la ausencia del viejo amigo Gustavo Ríos Hernández. Ambos caminaron los senderos de sus existencias escribiendo con humor y regalándonos a todos sus coplas y ocurrencias fabulosas. Cardona pereció en un absurdo accidente casero en agosto de 2002 y Ríos nos abandonó a finales de junio de 2012. Gracias a ellos y a otros cronistas, el Quindío le ha sonreído a las dificultades y a las angustias de la cotidianidad. Este es un departamento que se conoce por el coloquial fenómeno humorístico, expresado en sus crónicas, chascarrillos, anécdotas y otros escritos graciosos, de los cuales es urgente hacer una compilación. Son muy antiguos este género y tratamiento literarios, amenos ellos, y ofrecidos a un público ávido de los momentos que reduzcan, en lo posible, las tristezas y sentimientos negativos. 

Se han destacado, entre varios, escritores como Euclides Jaramillo Arango y Alfonso Valencia Zapata. El primero nos dejó varios libros y tal vez el más especial se titula Un extraño diccionario, de Editorial Bedout, 1980. Mientras Valencia Zapata nos legó simpáticas crónicas y anécdotas en la prensa local y regional del Quindío. Roberto Jaramillo Ceballos también escribió en esos periódicos, algunos de duración efímera, y se destacó con una sección llamada “Salpicón”, en la cual versificaba las noticias con sátira y humor, tal cual lo realizó otro escritor nacional, Roberto Londoño Villegas, más conocido como Luis Donoso. 

También, a través de la caricatura, se alegró el ambiente pueblerino y eso fue lo que logró Arturo Muriel Guinand en Filandia. Actualmente otros caricaturistas alumbran el panorama de los periódicos regionales y nacionales, tal cual ocurre con Feroz y Vladdo, entre otros. No obstante, el Quindío carece en este momento de la vigencia de una escritura que nos alegre con su ingenio, pues en las décadas pasadas fue un departamento prolífico en humor raizal. Así lo escribe otro de los famosos quindianos, Horacio Gómez Aristizábal, que en su edad madura les ha dado gloria a las letras colombianas. En uno de sus artículos, titulado El folclor humorístico del Quindío, publicado en el libro Quindío un departamento antorcha, y en coautoría de Alberto Bermúdez, esto escribe: 

“...El humor del pueblo es inocente, cáustico, alegre y triste, regocijado y fúnebre: lo hay por exceso y por defecto; nada existe en la vida que no provoque risa, ni lo pequeño es despreciable, ni hay cosa más seria que lo humorístico. El humor cumple un gran papel en la vida”. 

Tal cual lo describe el fragmento anterior, así se refleja en la vasta producción escrita de Orlando Cardona Osorio, contenida en sus secciones de prensa tituladas “Humorlandia” y “Museohumor” y publicadas en los semanarios y diarios de Armenia de la década de los años 80. Mientras Gustavo Ríos Hernández lo plasmó en sus singulares hojas sueltas fotocopiadas y en sus publicaciones artesanales y libros simpáticos que alcanzó a editar con mucho sacrificio, pero que pregonaba con orgullo. Sobre él escribí un artículo en LA CRÓNICA DEL QUINDÍO, en la edición del domingo 26 de junio de 2017 y cuando se cumplieron 5 años de su fallecimiento. Hago allí una descripción emotiva sobre el “escritor sin escritorio”, como conocimos todos en la vida citadina de Armenia a este bello juglar, que nos deleitaba con sus expresiones y remembranzas de ascensorista en el hospital San Juan de Dios. 

Pero a Ríos Hernández se le podrían rescatar muchas más ocurrencias, que salían prodigiosamente de sus repentinas intervenciones y que de pronto quedaron en crónicas de otros medios periodísticos. Como las siguientes, que se publicaron en el desaparecido diario El Espacio, de Bogotá, en el ejemplar del martes 25 de octubre de 1988, cuando el periodista Eduardo Yáñez Canal lo entrevistó. Solo unas cuantas de sus graciosas respuestas sobre su pasado dan cuenta de este singular personaje, que se quedó en el alma de quienes tuvimos la fortuna de conocerlo y escucharlo: 

“.... Nací en Armenia en la calle 15 con las carreras 14 y 15. Pero no en la calle, sino en una casa situada en ese sector”. 

“…Fui mal estudiante. Y eso que estuve a tiritos de ser hijo de un general, pero mi mamá peleó con ese novio y se casó con un oficial de albañilería. En síntesis, no quedé tan descalificado”. 

“…Yo trabajé en una finca / que se llama El Chocho / que el dueño se llama Chucho / que tiene un hijo que es mocho /que le gusta tomar mucho / y que es muy bueno pa’l sancocho / y también pa’echar serrucho / apenas suenan las ocho / se va pa’ su cuartucho / y como es un tipo muy ducho / primero se come un bizcocho / y después se fuma un pucho / el tipo es de color morocho / y claro que ya está cucho / y a usted le agradezco mucho”. 

Coplequin, apodo con el cual se le conoció también a Ríos Hernández, fue un buen exponente de la producción humorística de antaño, cuando el repentismo era la corriente más frecuente, y en una época que se agraciaba con los epigramas y las coplas. El epigrama es un aspecto literario antecesor del apunte. Es un juego de palabras que nace del impulso para producir una situación jocosa. A principios del siglo XX se utilizó mucho y hoy algunos adultos mayores lo emplean todavía en sus charlas cotidianas. Se puede decir que don Gustavo fungió como un epigramista destacado. Siempre reflejó una versatilidad en sus charlas y solo ternura inspiraba su presencia. En varias oportunidades me acompañó en las cátedras universitarias, cuando llegaba a mis estudiantes con una representación dramática singular, en el papel del bobo popular, cuya imagen quedó en el recuerdo para siempre. Ofrecía una expresión cambiante cuando -al otro extremo de la faceta humorística- y con visos de seriedad, recitaba con solemnidad su poema titulado “La muerte de un escritor”. La siguiente es la primera estrofa: 

“Cuando el corazón de un escritor deja de palpitar, un cerebro ha dejado de pensar, y una pluma se ha dejado de empuñar”. 

Sin métrica, con rima acomodada, con rapidez inusitada y con gracia desbordada, don Gustavo Ríos Hernández, el “escritor sin escritorio “, ya hace parte de la historia humorística del Quindío. 

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