Historia / MAYO 01 DE 2021 / 8 meses antes

José Gregorio Hernández, de santo popular a beato oficial

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

José Gregorio Hernández,  de santo popular a beato oficial

El 30 de abril de 2021 será una fecha recordada por gran parte de la feligresía católica latinoamericana. Es la ceremonia de beatificación del “médico de los pobres”, el venezolano José Gregorio Hernández Cisneros.

El fenómeno de las curaciones milagrosas, propiciadas  por este galeno después de su muerte en 1919, se ha vivido con fuerza en la cotidianidad de las clases populares de países como Venezuela, Colombia y Ecuador, especialmente. Es curioso que, después de 50 años de negación de su vigencia en el medio cotidiano de las poblaciones más desfavorecidas, ahora sea la iglesia católica la abanderada en su beatificación, que es el paso más cercano a la canonización. Y es que fueron, en un momento histórico, los sacerdotes y obispos católicos quienes desconocieron el desarrollo de este culto popular durante muchos años.

El “médico de los pobres” nació de cuna humilde en la provincia venezolana y fue un destacado científico y docente, conocido además por su filantropía y su espíritu devocional. Después de su deceso, comenzó a gestarse el proceso de sus intervenciones quirúrgicas milagrosas, a través de personas que intervienen como médiums y que son consideradas como los  “médicos invisibles” o “enfermeras espirituales”. Lo cierto es que, en Venezuela, otros cultos populares se desarrollan junto con el del Hermano José Gregorio, destacándose todos ellos en el marco de las mediaciones para las curaciones milagrosas. Los tres más conocidos se han constituido en el llamado Centro espiritista de las tres potencias, del cual hacen parte la figura mítica y simbólica de una deidad indígena llamada María Lionza, el  Negro Felipe y el cacique Guaicaipuro.

Aunque desde la década de los 40 fue presentada su causa para la entronización santificada, solo en 1972 fue nombrado Siervo de Dios, el primer paso en ese proceso que se surte ante una instancia del Vaticano llamada la Congregación de la Causa de los Santos. En 1986 el papa Juan Pablo II lo elevó a la condición de Venerable y la causa continuó con el rechazo del reconocimiento de dos milagros en 1987 y 2009. Finalmente, su primer milagro fue reconocido en abril de 2020 y en junio de ese año el papa Francisco aprobó el decreto, en el cual señala el 30 de abril de 2021 como la fecha de su beatificación. Será el cuarto beato venezolano, después de tres religiosas que tienen esa condición.

Es curioso este proceso de reconocimiento eclesiástico. De santo popular, ungido por las poblaciones más pobres, pasa a ser elevado como beato por el Vaticano. Una rebaja significativa en su denominación, que poco importa a los adeptos a su culto. Es, incluso, más conocido que el santo oficial de la iglesia católica, San Gregorio I  Magno, quien fue papa entre los años 590 y 604, la fecha de su muerte. Se le conoció además como uno de los doctores de la iglesia católica, después de San Ambrosio de Milán, San Agustín y San Jerónimo.

Desde principios de los años 70 del siglo XX, el culto popular a José Gregorio Hernández tomó fuerza inusitada. Durante toda esta década, en Armenia, Pereira, Cartago y otras poblaciones colombianas, la invocación de las energías espiritistas de José Gregorio eran la constante en la cotidianidad devota de sus habitantes. Era tal su fuerza que hasta en el seno de mi propia familia, en 1975, el deseo de presenciar la curación de mi madre, enferma de cáncer, nos invadió de ilusiones. En su lecho de enferma, ella había recibido la visita de una mujer que se ofreció, en su condición de médium de José Gregorio, a intervenir por su salud. Mi padre había agotado esfuerzos y tratamientos para detener la agresividad de la enfermedad. Ella, una mujer piadosa, rogó por esta nueva posibilidad y mi padre respetó su deseo. Lo curioso es que uno de los principales protagonistas era precisamente él, un médico popular y humanitario, como lo había sido José Gregorio Hernández. Con mucha vergüenza, por aquello de la ética profesional, pero también en medio de su desespero, mi padre aceptó acudir a un consultorio del hermano José Gregorio en el barrio Granada de Armenia. Allí encontró a otra mujer que  actuaba con mediadora, o médium espiritual mayor, quien le ratificó lo que siempre él había comprobado, mi madre padecía una leucemia incurable, que finalmente la llevó a la tumba en marzo de 1976.

A uno de mis hermanos, él le pronunció una frase desesperanzadora, horas después de asistir a la sesión de tratamiento y curación en ese consultorio “gregoriano”, uno de tantos que ya eran  comunes en las ciudades de Colombia. “Uno tan viejo y tener que pasar por estas cosas”, fueron las palabras de aquel médico pragmático, certero en sus diagnósticos y hasta en las fechas del deceso de sus pacientes, quien tenía además fama de curador sorprendente y de partero excepcional. Difícil trance aquel, ante el mayor reto de su existencia, que era curar a su esposa querida. La vida le entregaba a cambio el trago más amargo, pues habían sido muchos sus desvelos para encontrar la curación, incluyendo un viaje a Estados Unidos donde la ciencia médica se ufanaba de sus avances en oncología. Después de la muerte de mi madre nunca más se mencionó esta historia dolorosa, que solo se dio a conocer después de la muerte del viejo en 1990. 

Cuando faltó mi madre estudiaba yo la  carrera de antropología en Bogotá. El deseo de indagar más sobre esas supuestas curaciones del hermano José Gregorio me llevaron a realizar el trabajo de grado sobre aquellos temas de antropología médica y religiosa en la ciudad de Pereira. Desde 1978, hasta 1982, el fenómeno de la operacionalidad de sectas, iglesias, denominaciones y cultos fue de mi especial interés.

En Pereira, junto con el culto de Regina XI, el del hermano José Gregorio Hernández era de mucha aceptación. Constaté que ambos eran empresas de acendrado carácter personal y carismático. Aunque ambos habían aparecido en la palestra ciudadana en 1972, ya para finales de la década  ese  grupo humano, adepto al culto de Regina XI, alienado y adoctrinado por “Mamá Regina”, era ya una minoría social, cuya extracción popular no le había permitido acceder a los plenos efectos de la creciente racionalización de los modernos sistemas económicos. Así se convirtieron tanto este, como el culto de José Gregorio, en empresas de avivatos que se lucraban a costas del pueblo necesitado y aquejumbrado por dolencias físicas y espirituales y con un grado de fanatismo exagerado.

Pereira y Cartago, a comienzos de 1972, fueron importantes centros de operaciones del culto a José Gregorio Hernández, pues se realizaban las famosas operaciones quirúrgicas de los “médicos invisibles” y la cantidad de casas dedicadas a las consultas populares eran una muestra fehaciente de la hipótesis planteada  en el trabajo de grado. Me refiero al funcionalismo de dichos centros, que se constituyeron en solución urgente y sirvieron como canal de escape a los múltiples problemas de los segmentos poblacionales más necesitados, contando incluso con la tolerancia de las autoridades eclesiásticas, pues trataban de entender el fenómeno conexo de la fe milagrera de los habitantes. Para la década de los años 90, el culto popular y las operaciones mediúmnicas de los espíritus de José Gregorio ya habían entrado en desprestigio, por la extralimitación en las técnicas y procedimientos curativos de los “médicos invisibles”, que produjeron algunos líos judiciales.

Hoy la advocación religiosa al culto de José Gregorio Hernández se mantiene más que todo a nivel personalizado. Aunque en muchos lugares de Colombia,  las tradicionales ceremonias, matizadas por los hombres y mujeres vestidos con sotanas blancas y entrando en  acciones y paroxismos  propios de  los médiums espirituales persisten por su anunciada eficacia. Configuran la parafernalia de la funcionalidad mágico religiosa, compartida además por cantidad de brujos urbanos y mercachifles de la adivinación, la lectura de las cartas y el tabaco. 

 La beatificación del “médico de los pobres” ya es una realidad y se podría esperar, por lo tanto, un renacimiento de aquellas prácticas, en las que la existencia de un “templo espiritual”, la venta de medicamentos, la agitación de los asistentes ante la manifestación de los trances mediúmnicos y los conjuros y pases terapéuticos dominen el panorama otra vez, con relación al culto de José Gregorio, ahora con aquiescencia eclesial. Esto es lo que conforma, además, una renovada condición, tal cual lo señala  la investigadora Setha M. Low, en un artículo sobre ese fenómeno social: “...Es posible identificar lo que se conoce en antropología médica como ‘cultos curativos’”. La imagen heroica de un doctor, la imagen política de un reformador social y la imagen divina de un santo”. (The medicalization of healing cults in Latín América”).


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