Historia / OCTUBRE 18 DE 2020 / 1 semana antes

La minga, su significación histórica y su testimonio arqueológico

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

La minga, su significación histórica y su testimonio arqueológico

Minga es una palabra milenaria y significativa, que envuelve por estos días las conciencias de los ciudadanos en este país, y que obliga a la consulta histórica para comprender su incidencia en las poblaciones indígenas.

Proviene del término quechua Minka y es, desde hace centurias, el motor de las realizaciones humanas en estas tierras de la cordillera de los Andes que se extiende desde Chile hasta Colombia. Pasó desapercibido ese término, hasta 2008, cuando los indígenas del Cauca se manifestaron en reclamo comunitario, para hacernos ver eso que representa la solidaridad, el arraigo por el territorio que comparten, el compañerismo y la esperanza de sus aspiraciones en materia de justicia y equidad.

El mayor logro de la minga es la cohesión entre los miembros de los pueblos nativos, para alcanzar objetivos de beneficio y para cristalizar obras grandiosas, especialmente en caminos, cultivos e infraestructura. Por esta razón, también quiere decir faena, y está conectada semiológicamente con el trabajo compartido y comunitario para el bien común. “Es el encuentro donde circula la palabra, se piensa y se construye el Buen Vivir”.

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Sus alcances son evidentes en el rendimiento y la producción alimentaria de los campos de cultivo. En la minga histórica, por lo mismo, la unión de los mingueros en la jornada correspondiente, o en la celebración, se ve recompensada con los alimentos y la chicha que se ofrecen a los participantes. Es la minga, por naturaleza, la unión de voluntades vinculada históricamente a lo agrícola en las sociedades andinas. Pero también la encontramos asociada a otras formas de esfuerzo comunal. Ellas son el ayllu, que viene desde los incas, y la chagra, que es la forma de aprovechamiento de una porción de terreno, donde se cultiva y se cosecha para una población cercana.

El ayllu es una forma de comunidad social extensa de las comunidades andinas, como los quechuas, con características de ascendencia familiar o de clan, y que funcionaba desde antes de la llegada de los españoles. Se caracterizaban por ser unidades autosustentables, para garantizar al grupo el trabajo agrícola y lo que hoy llamamos la “soberanía alimentaria”.

En el plano de la chagra, ésta la encontramos también en la región amazónica, como un sistema muy antiguo que refleja conciencia de cuidado ambiental.

La chagra es la mejor respuesta, en la selva amazónica, a la siembra de los productos de pan coger y plantas rituales, manejando un conocimiento milenario, llamado la agricultura rotatoria. Consiste en abrir pequeños claros en la selva, talar un número limitado de árboles, quemar sus troncos y aprovechar sus cenizas para fertilizar el terreno. Lo más importante de este sistema es el descanso al que se somete cada pequeña chagra, durante 5 años, para utilizar otro claro cercano. Tales acciones han propiciado el manejo controlado, para no causar un daño más al ya agotado ecosistema amazónico, y que es opuesto al espantoso derrumbe de grandes extensiones por parte de los colonos, quienes potrerizan y convierten en estepas de pastizales a la única selva extensa del planeta.Ademas, empujado todo ello por los incendios provocados, para transformar en desierto lo que alguna vez fue pulmón arborizado.

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La chagra es todavía el resultado mancomunado de un espíritu minguero, como fueron tambien, en el pasado de la selva amazónica, los que la arqueología ha llamado los antrosoles o “terras pretas”. Estos eran sistemas de mejoramiento de sus chagras, conocidos también como “tierras negras de indio”. Se lograron con el trabajo colectivo para transportar material orgánico dejado por las crecientes de los ríos que nacen en la montaña, en sus orillas. Recogida esa tierra en canastos, transportando y depositando el material en los espacios de cultivo al interior de la selva, ello representó un esfuerzo descomunal, que solo fue posible por la acción de la minga, para enriquecer sus tierras escasas en humus y convertir los espacios en productividad alimenticia. Hace poco se descubrió tal evidencia arqueológica en la selva de Guaviare, lo que comprobó, como en otros lugares de la Amazonía, que era ocupada por grandes poblaciones en el 800 antes de Cristo.

En otros lugares de Colombia, la arqueología ha encontrado evidencias del trabajo comunitario para la realización de obras de infraestructura de beneficio común en la época prehispánica.Las 2 más grandiosas fueron los canales de los indígenas del pueblo zenú, un portentoso logro de ingeniería hidráulica, para contener las inundaciones en las llanuras caribeñas, provocadas por el desbordamiento de las aguas crecidas de los ríos San Jorge y Sinú. Los canales, además, proporcionaron pesca abundante y, entre ellos, las franjas de terreno eran cultivadas. El otro caso de trabajo comunitario prehispánico es la extensa red de caminos y murallas de piedra, alrededor de las viviendas, en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. Los Tayrona, sus constructores, contuvieron la erosión y, por los caminos, intercambiaron productos del mar y de las alturas. Hoy, sus descendientes, los pueblos Kogi e Ijka, limpian esos caminos de piedra por donde trasegaron los ancestros y que conducen a los sitios sagrados.

Como las chagras y las terras pretas, estos caminos y muros de piedra no se habrían logrado sin el espíritu y acciones colectivas de la minga.

El sentido de la minga en las poblaciones contemporáneas se mantiene para la conservación de esos valores que la sustentan. La reciprocidad, el trabajo colaborativo, la unión, el compañerismo, el desarrollo endógeno. Pero es también la minga algo que se vulnera, cuando se impone el individualismo y cuando el factor económico prevalece sobre la retribución que caracteriza al esfuerzo colectivo. Un ejemplo de esto se ha visto en algunas comunidades indígenas amazónicas, que son convocadas por algún contratista de la burocracia oficial, para limpiar sus caminos, construir las pistas de aterrizaje en sitios recónditos o mejorar las obras de disfrute común, acudiendo al espíritu minguero. Lo que se convierte en un engaño, pues se invoca el trabajo minguero como un beneficio directo que, a juicio del corrupto beneficiario del contrato, no necesita el reconocimiento económico, con la disculpa que son obras para el disfrute comunal. Es finalmente ese contratista quien cobra el jugoso monto del presupuesto del Estado y solo limosnas o entregas en especie reciben los líderes de aquellos caseríos.

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La arqueología también ha descubierto las construcciones ceremoniales líticas en sitios de Colombia, como corresponde al complejo de San Agustín o a las popularmente llamadas “tumbas de cancel” en el Eje Cafetero. Se cree que, para el desplazamiento de las pesadas lajas de piedra, se debió acudir a la minga. Como igual ocurrió con las labores agrícolas y apícolas en la región Quimbaya, tal cual lo describen los cronistas del siglo XVI. Y hasta las construcciones monumentales de Mesoamérica en las regiones maya y azteca, o la intrincada red de senderos de Suramérica, llamados el Camino del Inca, son la evidencia de aquel determinante que la Minga histórica marcó en las poblaciones antiguas del continente americano.


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