Historia / DICIEMBRE 12 DE 2021 / 1 año antes

La Tebaida, un remanso cultural

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

La Tebaida,  un remanso cultural

Siempre que visito el municipio quindiano de La Tebaida me invade un sentimiento de reposo y tranquilidad, que se expande hasta la contemplación, en referencia a uno de los más bellos paisajes de sus contornos, el valle de Maravélez.

Hace algunos años propuse, en uno de mis escritos, un nuevo apelativo para esta  población, el ‘Oasis Cultural del Quindío’. Y ahora, en la misma tónica acudo a otra denominación, ‘El Remanso Cultural’.

La palabra remanso también significa detenerse en el camino, en este caso, en ‘El Edén Tropical del Quindío’, para observar  con detenimiento los detalles de su zona urbana y disfrutar su ámbito rural, “con todo el sabor del trópico”, como se llamó  también a La Tebaida en la década de los años 90 del siglo XX.

Regresé a La Tebaida luego del obligado receso de la pandemia, como lo estamos haciendo todos los quindianos, a través de esa modalidad de “puebliar”, en un departamento pequeño que nos abre de nuevo sus puertas para el disfrute. 

El primer sitio de mi visita fue, obviamente, el parque principal, a una cuadra del paradero donde nos dejan las busetas de transporte intermunicipal que viajan desde  Armenia, tristeza total. Esa fue la sensación al ver, otra vez, la marca de un progreso irracional que se impone al final de las administraciones municipales, cada vez que termina su mandato de 4 años.

El parque del Tiempo, como se nombró a este sitio de encuentro ciudadano en los años posteriores a su fundación, ya perdió su encanto. De las 40 bancas de cemento y granito, que se disponían en su estructura geométrica, solo quedaron unas cuantas que, tal vez, los arquitectos encargados de la inadecuada refacción dejaron olvidadas en el sector frontal al Centro Administrativo Municipal.

Curiosamente, y tal cual ha ocurrido en otras intervenciones urbanas, esa concentración de asientos añejos es todavía la más concurrida por los adultos mayores. Frente a las apretujadas bancas ya no está la venta de avena tradicional y, cerca de allí, la escultura de una ardilla nos recuerda que dichos animalitos, junto con las iguanas, retozaban entre los árboles y en medio de los mercachifles y los ocasionales visitantes de lo que fue uno de los más bellos parques del Quindio.

Absurdo, como solo ocurre en esta región, que se destruya para imitar, con nueva disposición arquitectónica, lo construido por nuestros ancestros.

Seguí mi periplo y lo avistado fue un poco más alentador. El antiguo teatro Paraná, totalmente refaccionado y, lo más importante, con dinamismo cultural, pues constantemente se realizan allí actividades histriónicas y eventos culturales.

En su vestíbulo, la exposición de fotografía antigua de uno de los más apreciados gestores culturales, Heriberto Vargas. Enseguida, la casa de la cultura, donde funcionan en su interior varios espacios que enaltecen el espíritu de los tebaidenses, entre ellos la biblioteca pública y el recinto donde opera la emisora comunitaria.

En el primero está el mural que representa el rostro del doctor Jesús Arango Cano. Nos recuerda ello que otros escritores y artistas como él, también son extrañados. No podrán olvidar los habitantes de La Tebaida a la novelista Samaria Márquez, al artista Hugo Zapata, a Luz Marina Botero, Mélida Marín, Darío Aristizábal y otros cultores nacidos allí. 

Pero otro mural, en un muro del patio interior, nos coloca en el contexto más importante de La Tebaida el arqueológico. La representación pictórica del petroglifo “La Piedra del Indio”, sepultado en 2010 por una borrasca del río Espejo, nos recuerda el denominado arte rupestre, profuso en grabados de material lítico en esa jurisdicción, y testimonio de los pueblos prehispánicos.

Tampoco entiende uno cómo, en el proceso de inclusión de Paisaje Cultural Cafetero en la Lista de Patrimonio Mundial, se haya excluido a La Tebaida, porque, además del yacimiento del río Espejo, otros petroglifos están en su jurisdicción, además de varios rescates arqueológicos realizados en las últimas décadas, como el hallazgo fortuito de una punta de piedra de 9.000 años de antigüedad cuando, en 1970, se hacía remoción de tierras en el terreno que hoy ocupa el aeropuerto El Edén.

Menos mal, un Museo, el de  la Quindianidad, frente a la plazoleta del Bicentenario, alberga 2 excelentes muestras: una arqueológica, en relación a los pueblos prehispánicos del Período Tardío; y otra, etnográfica que nos recuerda la existencia de pueblos Embera Chamí en su territorio.

Cuando arrimé al tercer parque, llamado también la Plaza Nueva o Luis Arango Cardona, en recuerdo del fundador, me invadió de nuevo la desesperanza. También es otro parque pésimamente intervenido, donde incluso su polémico Monumento a la Guaquería ha sido deteriorado. 

De no ser por el encuentro fugaz con un personaje de la cotidianidad, la experiencia habría sido amarga, porque también constaté que se había intervenido el conjunto de guadua llamado el Corredor Gastronómico. Conocí a don Jorge Jiménez, quien hace 25 años frecuenta ese parque, y recorre las calles de La Tebaida con su carrito de dulces ambulante. Es una elaboración artística rodante, adornada de cientos de tornillos, una creación del arte popular.

No podía dejar el sector urbano sin apreciar de nuevo la única cuadra de conservación arquitectónica de casas de una planta, con fachada art deco, situada en la carrera 7 entre calles 12 y 13. Otro alivio a la vista del casual observador, pues es un conjunto ensoñador con colores que evocan el sentido de remanso cultural.

Al día siguiente, una sorpresa me esperaba en la visita al sector rural de La Tebaida, el reconocimiento de la estancia en un alojamiento campestre, el Hotel Granja Eco Hotel. 

Allí, sus dueños han querido atender a los huéspedes con el tono especial de la tradición. Un recipiente de totuma, la pequeña cuyabra, es entregado a cada uno para vertir en él la bogadera de limonada fresca.

Lo más interesante vendría después. Es el recorrido en un pequeño carruaje que rueda sobre 6 kilómetros de la vía férrea, cuyos rieles todavía marcan esa historia del transporte del siglo XX. Toda una aventura y una andanada de recuerdos, que permiten la visualización del entorno, de los últimos árboles corpulentos y de la espléndida explanada del Maravelez.

Una parada en el camino representa adentrarnos en un sendero, que caminamos entre frondosa vegetación y donde, alzando nuestra mirada hacia las copas de los árboles, nos permite ver a los monos nocturnos que descansan entre sus ramas, otro momento para  el silencioso avistamiento. 

Al regreso, en las hermosas instalaciones del hotel, un almuerzo montañero nos espera, sentados en las sillas de los comedores al aire libre, que nos recuerda la rutina tradicional de los trabajadores del Quindío cafetero.

Todo configura una ruta que podríamos llamar la del Tren Nostálgico. Junto con la de los petroglifos, convierten a La Tebaida en otro destino para el turismo cultural.

Recomendado: Dos referencias escritas de la carretera de entrada a los recuerdos de mi niñez


Temas Relacionados: La Tebaida Historia

COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

copy
© todos los derechos reservados
Powered by: Rhiss.net