Historia / AGOSTO 22 DE 2021 / 3 meses antes

La Torre de Babel

Autor : Óscar Iván Sabogal Vallejo

La Torre de Babel

En la carrera 16 con calle octava, pleno centro de Bogotá, en una antigua casa esquinera de paredes color beige y 24 balcones en madera, al mejor estilo republicano, hay una catedral que puede detener el paso de cualquier transeúnte apasionado por la lectura.

Fue una mansión de finales del siglo XIX donde vivía gente rica e ilustre del país. Allí nació Nicolás Gómez Dávila, el autor de los “Escolios a un texto implícito”, considerado, de lejos, el conservador más culto que ha tenido Colombia, del que alguna vez dijo Ernesto Volkening que “fuera de  Gómez Dávila no veo nadie aquí que sepa la hora que marca el reloj del mundo”, poseedor, además, de una lucidez tan excepcional como su resignación ante este mundo necio contra el que solo le quedó el refugio reparador  de la lectura.

Un estrecho pasillo flanqueado por libros es la velada puerta de entrada a ese universo sedentario donde se pone en juego la imaginación, que no es precisamente una biblioteca particular sino la librería de segunda más grande del país: La Torre de Babel.

Son 800 metros cuadrados, 4 pisos y 30 años dedicados a administrar una gran riqueza literaria que reposa en anaqueles que van de techo a piso y de pared a pared en módulos  formando largos laberintos rematados por espejos que los duplican hasta el infinito. Es este el mágico lugar donde oficia Félix Burgos viejo librero, fundador y dueño  de más de 250.000 títulos que hacen parte de su voluminoso inventario.

Para acceder a esta, una amplia escalera despliega sus peldaños en cuyos extremos se amontonan pequeñas pilas de libros, que hacen fila, sin afán, ascendiendo o descendiendo escalón tras escalón hasta el segundo nivel donde una joven empleada con un mechón de pelo fosforescente los va registrando y clasificando para ser finalmente ubicados en el lugar que les corresponde en esa vasta topografía bibliográfica. 

Félix, su dueño, costeño del sol grande de María la Baja, de mediana estatura y aire afable, que cambió la soledad de un internado de Chinácota y sus fríos corredores por la compañía acogedora de los libros, un día, cansado, trocó el oficio de agente vendedor de ficciones de la editorial Oveja Negra por el de librero en un espacio inmenso que destinó a bodega de textos de saldo que vende al detal o al por mayor. 

El nombre de la librería que parecería sacado del universo (… que otros llaman gran biblioteca, según Borges) en realidad surgió de la devoción  de su dueño por la mano maestra de Jan Brueghel, el viejo, quien en Torre de Babel, un óleo sobre madera, plasmó la bíblica alegoría de la pretensión  vana, pero recurrente, de los hombres de alcanzar el cielo. ¿No será ese también el secreto propósito de toda  biblioteca?

Adentrarse  en ese  bosque de papel y tinta en medio de cierta penumbra solemne interrumpida por chorros de luz que se filtran por las ventanas, produce la sensación que a un niño una dulcería, asombro, felicidad de advertir la presencia apretujada de una multitud de hombres y mujeres congregados, escritores de todas las latitudes y condiciones, de todos los tiempos, famosos o anónimos metidos en esos libros, autores de obras y pensamientos cumbres de la humanidad como las de Shakespeare o Cervantes o de sencillas y sentidas poesías telúricas cómo Hojas de Hierba o la simple constatación de los amores pasionales en Cumbres Borrascosas, que ahora permanecen silenciosos, callados, ordenados, firmes en los estantes esperando que alguien los convoque con el roce de las manos, los rescate de su silencioso letargo para ponerlos a conversar, a destilar información, erudición, sabiduría o simple entretenimiento.

Me conmovió saber que allí en esos metros cuadrados de esa esquina de ensueño,  está trazada, con hilos invisibles, como la de muchos, la ruta elemental que he ido recorriendo en el transcurso de mi vida en el encuentro con los libros. Desde los sueños juveniles recreados en el segundo piso del colegio San Solano, donde encontré un oasis, que llamaban biblioteca, entre el ruido y la furia de la pecaminosa carrera 18 de Armenia, a la que llevaba a descansar mi timidez y donde sin proponérmelo me embarqué en el globo fabuloso de la lectura de la mano de Julio Verne, de Roberto Luis Stevenson en la Isla del Tesoro, siguiendo las orillas del caudaloso rio Misisipi en las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn o las llanuras azules del océano Índico en las novelas de aventuras de Emilio Salgari con Sandokan y los piratas de la Malasia y del que no he tenido tiempo ni ganas de bajarme.

Después, siguiendo el hilo, fueron desfilando los clásicos de otras literaturas, como la francesa con su destreza en la descripción de las pasiones, desde Los Miserables de Víctor Hugo a  las peripecias de la insatisfecha Emma Bovary de Gustavo Flaubert, Rojo y Negro de Stendhal  o La Piel de Zapa  de Balzac, la rusa como las epopeyas de Tolstoi o Dostoievski un especialista en la anatomía de la culpa, Gógol, Máximo Gorki y el doctor Zhivago de Boris Pasternak , y la gringa, por supuesto, con Edgar Allan Poe, Whitman, Moby Dick de Herman Melville, Faulkner, hasta la delicadeza de Flannery O´Connor y el mismo Hemingway, 2 cuentistas excepcionales y, para que negarlo, también Candy y las orgías sáficas de Dos Noches de Placer de Musset, que acabaron definitivamente con mi inocencia.  

Hilos como laberintos, recorridos, meandros como los de un río por tantos libros que tienen tanto que decir, los latinoamericanos, por ejemplo, como Rulfo, con el ejemplar de Pedro Páramo que voló por el aire de las manos de Mutis a las de García Márquez, con la frase famosa ¡lea para que aprenda a escribir! o Juan Carlos Onetti, Vargas Llosa, Octavio Paz, Cortázar, Borges, Eduardo Galeano y el sombrío Ernesto Sábato, para no hablar de los libros de texto de la facultad de derecho como El Alma de la Toga o De los Delitos y las Penas de César Beccaría y no meternos en honduras jurídicas. 

Estanislao Zuleta y el iconoclasta Vargas Vila, para mencionar algunos de los nuestros, García Márquez, fotógrafo de nuestras realidades o William Ospina, Héctor Abad y Juan Gabriel Vásquez; los poetas no podían faltar, incluyendo al humilde Baudilio Montoya, el alquimista, que con el genio de su poesía transmutó en oro todo el plomo que se disparó en la Violencia del Quindío a mediados del siglo pasado. También los libros que no leí, ni voy a leer, sobre la intrincada matemática, el cálculo o la trigonometría, verdaderos arcanos, misterios difíciles que nunca pude descifrar. Libros de todas las latitudes y todos los tiempos, inquilinos de esos estantes y de tantas bibliotecas anónimas donde se congrega sin grandilocuencias el gran foro de la sabiduría universal, en los que, imagino, se pueden oír esos murmullos silenciosos que seguramente se escucharán en las bibliotecas cuando cierran.

 No podía faltar en ese reino de papel los libros antiguos, las curiosidades bibliográficas como “América Pintoresca” editado por Montaner y Simón, una visión del trópico para la Europa culta con grabados y relatos de viajeros, un ejemplar de la primera edición de, nada menos, que El  Amante de Lady Chatterley, en inglés, que hoy puede valer en Nueva York 8.000 dólares, o un incunable como El Cortesano del Conde italiano Baltazar de Castillón, manual de urbanidad para caballeros, editado en 1531 en  Florencia, cuando los libros aún estaban en pañales. 

Este periplo por esos corredores repletos me recordaron librerías que conocí como Buchhloz, en  la avenida Jiménez con carrera octava, en Bogotá, la José Martí en La Habana o Mundi Libri de Quito o las grandes reuniones de libros en las bibliotecas de la antigüedad, que imagino como la biblioteca de Pérgamo, donde se ideó un sucedáneo del papiro egipcio a partir de pieles de reses, la biblioteca imperial de Constantinopla destruida en la conquista de Bizancio por el imperio otomano y la icónica de Alejandría con más de 400.000 libros que colapsó por el ímpetu devorador de incendios y terremotos.

Recorrer la amplia geografía de la librería demandaría mucho tiempo, en unas horas de visita apenas logré acercarme a pequeñas parcelas familiares. Cuando salí de la Torre de Babel, tuve la convicción de haber asistido a un festival permanente de luces y sombras del ingenio humano donde uno se encuentra con maravillas tan diversas de esa magia portátil que constituyen  libros como el Nombre de la Rosa de Humberto Eco, El Hombre sin Atributos de Musil, La Metamorfosis de Kafka, El Cantar de los Cantares, una Temporada en el Infierno de Rimbaud, Absalón Absalón de William Faulkner, o los clásicos que siempre tienen algo que decirle a cada época y a cada cultura: el Quijote, la Odisea, la Divina Comedia, Hamlet, las Mil y una Noches, el Ulises de Joyce, obras como la Montaña Mágica, Lolita de Novokov, las Uvas de la Ira, a Sangre Fría y los libros que todavía gobiernan el mundo: la Biblia para los cristianos, el Corán de los musulmanes y la Torá para los judíos.

Cuando me despedía del librero, obnubilado por tantos libros, pregunté al desgaire, por un sencillo manual de historia que, recordaba, fue escrito por un profesor mexicano muy útil como auxiliar a la hora de contextualizar hechos y fechas, que perdí hace muchos años. Maquinalmente Félix se dio la vuelta y sacó, como a un conejo de una chistera, de un estante próximo el libro: Esbozo de Historia Universal de Juan Brom, editorial Grijalbo 1973, Universidad de Michoacán, México.

Bibliotecas, librerías, notarías donde reposan los testimonios que van quedando de la frágil memoria de los seres humanos, balsas salvavidas, catedrales de la mente, hospitales del alma, parques temáticos de la imaginación, en el fondo compilación de hilos conductores que van denotando nuestro recorrido por el ancho mundo de la palabra impresa.



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