Historia / DICIEMBRE 06 DE 2020 / 4 meses antes

La Trilogía del teatro necesario, para recordar la historia

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

La Trilogía del teatro necesario, para recordar la historia

Reflexión. Llanto. Protesta personal. Son 3 estados del ser ante la sensibilidad renacida, con motivo del nuevo encuentro con la presentación artística. El Teatro Azul de Armenia abrió nuevamente sus puertas al público y nos recibió con la llamada Trilogía del teatro necesario. 3 obras para la crítica social, para pensar como humanos y para no contener el llanto ante la ignominia social.

Pero, sobre todo, son 3 obras de teatro para recordar la historia de la humanidad, de Colombia y la región. Porque en las tablas se vive artísticamente la trama que no queremos reconocer, y ella se nos muestra con crudeza para arrancarnos del mutismo de nuestra indolencia. Como dice una de ellas en su guion actuado, para convertirnos desde nuestro puesto de espectadores, al de protagonistas de nuestra realidad.

La trayectoria de Teatro Azul en Armenia no ha quedado inferior a la responsabilidad ciudadana de ver cómo transcurre el mundo. Han sabido interpretar sus actores y actrices la problemática social y también han sabido contar la historia. Esta forma de conocer lo que ocurre en el medio social, a través de la dramaturgia, es lo que ellos han llamado el teatro necesario. Es la mejor forma de llegar a un público, especialmente escolar, que ha podido conocer el desarrollo de los acontecimientos gracias a esas experiencias y puestas en escenas histriónicas. No ha sido fácil transmitir la fidelidad histórica como nos ha sido relatada, que es la del opresor, la del invasor, o la del protocolo oficial que se cuenta con falsedad y con marcada tendencia al desconocimiento del otro. La obra de Teatro Azul, que comenzó ese sentido de conocer críticamente los hechos del pasado, marcó un hito en la historial teatral de Colombia. Su título Libelos y memorias, ingresó al Teatro Azul de Armenia en la página de las artes que se compaginan con la historia del oprimido.

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La pandemia nos encerró más de un semestre, y también nos introdujo en el absurdo y fatigante panorama de no querer saber del otro, viéndolo y sintiéndolo como nuestro enemigo. Pareciera que ese encierro nos haya presentado una manera diferente de ver el mundo de la angustia, del miedo y del temor. Veíamos sombras a nuestro alrededor y sentíamos que quien caminara por las calles desiertas de la imposición pandémica, era el virus en persona que nos atacaba. Por primera vez en nuestra existencia, una pandemia nos volvió actores del monólogo del encierro global. Algunos escribieron sus memorias, otros soñaron más de la cuenta en el horizonte de la reconciliación con otros seres, y la mayoría hicimos de nuestro encierro el proceso de catarsis de la irrealidad. Fue en este trance, en el que los seres humanos encerrados nos volvimos actores de la existencia global. Por primera vez supimos que, simultáneamente en muchos lugares del mundo, estábamos en la escena de la lucha contra un antagonista invisible que nos arrinconó, la Covid-19, que definitivamente nos sometió.

Cuando volvemos al mundo de la presencia teatral, gracias al retorno de las escenas inteligentes que nos ofrece el teatro necesario, la trilogía que nos trae el Teatro Azul otra vez nos ha devuelto el curso de la historia. En la primera de las obras, titulada En el escenario, la problemática social originada por el conflicto, nos pone en la obligación de entender a Colombia conectada con otros lugares del mundo, a través de la injusticia y las violencias. La historia de cada persona, de cada colombiano, de cada quindiano, que en el fondo de su alma sabe que uno de sus seres queridos, o él mismo, tiene o tuvo un muerto en su historial por causa de la violencia. Y es que el teatro se basó magistralmente, en una creación universal, para trasladar el drama de Antígona, la tragedia de Sófocles, a las tablas. Los personajes de la universalidad son traducidos al diálogo de las actrices de la obra, alrededor de la muerte de sus 2 hermanos, Polinices y Eteocles, que se mataron mutuamente. Igual que ocurre en Colombia, cuando entre campesinos, indígenas, o mestizos caemos en la trampa de la confrontación sin sentido.

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Interesante manera de un grupo teatral de Armenia, en las montañas azules del Quindío, de traernos a la realidad de la globalidad, sentados frente al escenario de la brutalidad que representa el conflicto. Mientras tanto, la saga de la Trilogía del teatro necesario nos lleva a la segunda obra. Se llama Hominum, perdón por ser. Y vuelve la creatividad y versatilidad teatral a situarnos en el hilo de la historia. Es el recorrido del perdón, el que resume toda la historia de la humanidad, recreando con imágenes las sociedades primitivas de la supervivencia, pero también del sacrificio humano para acceder a la gracia de los dioses. O la irracionalidad de la sociedad de consumo, del poder de la economía, que las actrices cuentan en diálogos que rayan en la irracionalidad y que terminan en la incomprensión, generada por la no escucha del otro. No solo no lo vemos, ni queremos ver, sino que no lo escuchamos ni queremos entender. El sustento histórico representado en esa obra nos arranca las lágrimas de la maldad humana. La de los niños y gemelos que el monstruo nazi Josef Mengele causó con sus experimentos en los campos de concentración. La del genocidio de Ruanda, el país del verde montañoso, como el Quindío, y que en 100 días vio cómo se aniquilaba a su población. Y la realidad nuestra, la de Colombia, con la matanza de hombres y mujeres indefensas por la violencia guerrillera y paramilitar. 3 pasajes dolorosos de la historia de la violencia, que solo se restaña con el perdón, el verdadero bálsamo, que a través de la representación histriónica, esta obra quiere ofrecer como aprendizaje social.

El encierro pandémico nos alejó algunos meses, como un sedante inyectado en nuestras venas, de una horrible realidad. La de la migración transnacional. Y sobre todo, la dolorosa de nuestra patria y la de los vecinos venezolanos. Sabíamos que esos seres estaban viviendo, como nosotros, otro capítulo añadido al desastre de sus historias familiares. El virus maldito también los aisló a ellos y sus dramas se acentuaron en silencio. Vimos, 2 meses después del aislamiento impuesto, que los migrantes vecinos querían volver a su país, por lo menos para morir en pobreza y dignidad. El colectivo teatral Teatro Azul había realizado en 2019 un excelente trabajo de pesquisa antropológica sobre la realidad de los migrantes, la que ese año había presentado con crudeza, mientras el virus covidiano se maquinaba en silencio, preparando el golpe certero.

Es la tercera obra de la Trilogía del teatro necesario, la que nos trae el recuerdo histórico de la migración transnacional. La representación teatral y las imágenes dolorosas nos traen a colación una serie de vejámenes de la injusticia social, que Teatro Azul de Armenia quiso titular con un nombre sugestivo: Entre líneas. Es el punto de partida, o los puntos de llegada, o las líneas, entre puntos, que nos unen o nos separan. Todo ello dirigido a la peor experiencia de nuestras vidas: huir de los sitios donde nos tratan mal, evitar caer de nuevo en la “boca del tiburón”, expresión de un poema de la escritora Warsan Shire, que fue incluido en la obra. El cine documento de Entre líneas nos muestra lo indecible. Las jornadas de los habitantes de los países africanos por huir de su país. El tren de la muerte de los centroamericanos que desean alcanzar el ‘sueño americano’. Las alambradas los muros, las fronteras de la esperanza no alcanzada, pero duramente reprimida. El mar Mediterráneo que se traga los sueños no alcanzados.

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Esta obra teatral nos lleva a la historia no contada, la de todos los seres que ven sacrificadas sus esperanzas. Y también la historia de nuestros compatriotas colombianos, en quienes se repite por siempre el trauma desconocido, que no quiere acabar, el del desplazamiento forzado.

La historia en el teatro. Una oportunidad que tenemos los cuyabros, a través de la actuación, contada con sentido de realidad, la que la misma humanidad ha elaborado, para luego ser recordada por el arte. Mejores momentos no habría podido traernos a todos el reencuentro. Gracias, Teatro Azul.


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