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Historia / MAYO 12 DE 2024 / 1 mes antes

Las cartas de mi madre enamorada

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Las cartas de mi madre enamorada

Solita,mi madre . Foto de 1947

En mi entorno familiar, un legado documental nos ha sido heredado desde hace 70 años. Siempre que llega el día de la madre, año tras año, abro con delicadeza ese tesoro sentimental, el cartapacio que contiene las cartas de dos enamorados, que se escribieron desde la época de su noviazgo, en 1940, y hasta 1947. Están relativamente bien conservadas, aunque el tiempo se encargó de remover la tinta en algunas hojas y sus líneas parecen confundirse con las alimañas del papel, producto del implacable paso del tiempo.

Me he resistido a entender por qué existió un amor tan puro entre dos seres que tenían tantas diferencias de edad, de condición social y de expectativas de la vida. El secreto de su romance y de la persistencia de su relación está en ese conjunto de cartas que se cruzaron, y que he conservado con celo, sin leerlas en detalle, desde que yo era adolescente. Porque, en cada trasteo de mi familia, ese legajo de amorosos testimonios era lo primero que yo separaba, para que no se perdiera en el desplazamiento de los muebles y enseres. Incluso, tal tesoro me acompañó a tierras lejanas, como la selva y el mar, cuando trabajé en Leticia y Santa Marta en cargos relacionados con mi campo profesional. Pues entendía que, viajando con los recuerdos, me acompañaba la memoria de dos seres especiales. También, en el suceso fatídico del terremoto de Armenia, el 25 de enero de 1999, ese maletín de cuero y terciopelo de color azul - donde se guardan la preciadas cartas - fue lo primero que rescaté del maltrecho apartamento donde residía, pues sus paredes se resquebrajaron, amenazando ruina.

En realidad me he resistido a leer de corrido y de forma secuencial y cronológica la histórica y significativa correspondencia, porque temo que sus historias reales, ya al descubierto, desvelen la tristeza de los amoríos, los que nos contaron desde que éramos niños. Y, además, empiecen a lacerar la memoria de los acontecimientos, que tampoco he querido asimilar. Sé que los protagonistas - mi padre Carlos Emilio y mi madre Soledad - encarnan la relación tortuosa de tantos hogares colombianos, donde existieron, existen y persisten todavía los dos polos del romance: el cariño y el odio, con sus aristas rugosas que agobian el alma. 

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Carlosé (el nombre cariñoso con el que se conoció a mi padre) nació en Filandia el 16 de diciembre de 1917.Y mi madre Soledad (Solita, como la llamaba Carlosé) llegó a este mundo a la media noche del viernes 19 de abril de 1927, en plena Semana Santa. En la casita humilde de sus padres fue atendido el parto de Barbarita (la abuela materna) por una comadrona de Filandia, pues era esa la costumbre en aquellas épocas. Como ya rayaba el 20 de abril, en los documentos de identidad aparece mi madre registrada con esa fecha de nacimiento. Era el sábado santo y más importante fue para sus padres que tal fecha correspondiera al de la procesión de La Soledad, que se realizaba con solemnidad en horas de la noche. Y de ahí, la razón de su nombre de bautizo, obedeciendo a la costumbre de colocar los nombres de los hijos, de acuerdo con el santoral católico.

A partir de este año 2024 - tal vez por el compromiso moral de aclarar los acontecimientos de una unión que osciló entre la tristeza y la alegría - comencé a leer con calma y emoción las primeras cartas. Hasta ahora me había limitado a verlas en grupo o a hojearlas en forma discontinua. Siempre fue así, porque al repasar la ocasional frase de alguna de ellas, salía a la luz el dolor de sus trazos, escritos con angustia por Solita, utilizando lápiz en la mayoría de ellas. O se reflejaban, con preocupación y congoja, las líneas de las cartas escritas por Carlosé.

Entiendo que, en adelante, se abrirán nuevamente los corazones de dos enamorados para revelarnos sus cuitas, sus venturas y sus desdichas. Sabré que el rigor convulsionado que ellos vivieron nos deparará sorpresas, con el desvelamiento de aquellos sucesos. Algunos amigos - al conocer mi decisión de dar apertura al pasado escrito de mis progenitores - me aconsejan escribir la novela de su existencia. Aunque ella ya ha sido relatada con cierta singularidad en el medio familiar y se cuenta como si se tratara de la versión rosa de un amor prohibido. Porque desde que Carlosé vio a la niña que lo embelesó se hizo el propósito de convertirla en su consorte. Tenía él 16 años y ella sólo 7, pero eso no fue impedimento para entender que un romance limpio de niños comenzaba a perfilarse. Solo que allí comenzó su caudal de dificultades. Eran primos hermanos y no se veía bien que el joven, que se aprestaba a terminar sus estudios de secundaria, se trazara ya un destino sentimental a tan temprana edad.

La casa de los abuelos paternos existe todavía. Se llama “Granada”, es amplia, con corredores de tabla y barandal de macana que mira al paisaje soleado del atardecer. Mientras que, en el otro extremo, la fachada de cemento, construida en los años 30, se dirige con su esbeltez al horizonte frío de la cordillera, matizada por el blanquecino y soberbio casquete del nevado del Tolima, que se ve en días despejados. Allí nació Carlosé, siendo el antepenúltimo de 14 hermanos.

La casita de los padres de Solita, a 100 metros de distancia de “Granada”, estaba a la vera del camino que lleva al casco urbano de Filandia. Por allí pasaba el joven Carlosé, todos los días, en camino hacia el pueblo, para estudiar en la escuela de varones y en compañía de sus hermanos. Algunas veces se detenía a saludar a su tío Carlos Ramírez, el hermano de su madre Merceditas. Contemplaba con dulzura a Solita, pues era para él, y para todos, la prima más hermosa y angelical.

 Al regreso, simplemente pasaba en silencio, mientras en su mente seguía tejiéndose el sentimiento amoroso.

La casita de Carlos y Bárbara, humilde y pequeña, persistió en su estructura física, en apariencia campesina, hasta los años 90. Estaba situada frente al Mirador Colina Iluminada de Filandia y solo se conserva, en aquella superficie de la época de los años 30, una descomunal piedra que - nos contaba mi padre - era el sentadero que estaba en su fachada. Entre la casita sencilla y la grande y espaciosa, que es hoy todavía “Granada”, se encuentra el cementerio de Filandia. Y por esa razón el joven Carlosé pasaba en silencio, el que infundía el respeto al descanso eterno de los mayores ya fallecidos. Pues allí ya reposaban los restos mortales de Mariano Ramírez, el abuelo de Carlosé y Solita. 

Los años siguientes fueron testigos de un amor en silencio de Carlosé y del desarrollo inocente de Solita, quien jugaba y retozaba en el patio delantero, mientras a su “amado” le latía el corazón cuando pasaba al frente de la casita. Llegó el año 1937, y con 19 años, Carlosé viajó a Manizales para terminar sus estudios de secundaria en el Instituto Universitario. Solita seguía en el pueblo, y ya contaba con 12 abriles, y la formación que había recibido de dos años de primaria en la escuela de niñas. Sus padres, con mucho sacrificio, se la habían proporcionado, para que aprendiera a leer y escribir. Y llegó el momento más crucial para Carlosé en 1940, pues debía trasladarse a Bogotá para iniciar sus estudios de Medicina en la Universidad Nacional. Fue cuando, en sus vacaciones de mitad de año, cuando ya Solita contaba con 13 años, él le manifestó su amor. Intuyó su familia que ello ocurriría y comenzó la oposición a ese noviazgo, especialmente de parte de sus hermanas mayores. Pero Carlosé quiso sellar ese sentimiento con la escritura de sus primeras cartas, dirigidas desde la capital a la bella doncella, despertando en la niña, ya emocionada, la semilla del amor. Las escribía en perfecta y bella caligrafía en papel grueso, en una sola hoja, cargada de noble sentimiento. Desde ese momento se trazó el propósito de formarla en conocimientos y valores, tal cual lo hace el profesor con su alumna preferida.

Ella, en medio de su timidez, se atrevió a contestar las cartas que pudieron llegar al correo de Filandia, porque ocurría que a manos de la familia del amado llegaron algunas y Solita nunca supo de ellas porque simplemente las extraviaban. Se mezclaron, entonces, en ambos, gestos y manifestaciones de reclamo. Porque Carlosé le protestaba por la no respuesta de sus misivas, mientras que Solita insistía en la verdad. Pues sus cartas habían sido destruidas para que no llegaran a la destinataria hermosa.

Solita, a duras penas escribía las respuestas a las cartas, las cuales estaban matizadas en unas líneas con deficiente ortografía y puntuación, pero rebosantes de lozanía y ternura.

La transcripción de dos de ellas me llena de emoción, me provoca mayores latidos en mi corazón exaltado, porque ellas son el mejor regalo que nos hacemos mutuamente entre los hijos de la madre ausente y la mujer enamorada de su esposo, nuestro padre querido. 

La primera carta ya muestra en Solita un alma de poeta, tal cual lo refleja en su parte final:

Mi recordado Carlitos

Dedico estos momentos para escribir estas cuatro líneas, las cuales muestran todo lo que sufro por ti, pero me encuentro resignada porque me has cumplido tus promesas y por lo tanto confío en ti y así quiero que, con la misma fe y la misma confianza con que te espero, también quiero que confíes en mí y que no dudes un momento. Porque si tú eres de palabra, yo también quiero serlo y solo Dios, con la muerte, puede hacer que te olvide.

Carlitos, te cuento que tu papá ha seguido muy enfermo y también me encuentro muy apenada por lo que me dices de la carta. Pero no me culpes, que bien sabes que soy inexperta y que tienes que tener mucha paciencia conmigo. Pero te agradezco tu paciencia y buena voluntad que has tenido para enseñármelo todo y espero de ti que así sigas. Y que no te canses nunca, porque es más fácil tú cansarte de aconsejarme que yo de seguirlos, pues cuando vuelvas verás todo lo que he cambiado. Para terminar he querido dedicarte estos versitos:

No estás ante mis ojos
y por doquier te miro,
conmigo va tu sombra,
donde quiera que voy
escucho tu pisada,
recojo tus suspiros
y velas a mi lado
cuando dormida estoy.

Carlitos, te suplico no le muestres mis carta a nadie, pues bien sabes que están muy mal redactadas y para mí es muy vergonzoso. Contigo lo hago porque el amor me compromete.

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Tu Sola que no te olvida.
Filandia, agosto 23 de 1940.
El mes siguiente, resolviendo el reclamo de Carlosé por una carta no recibida, pero contestando otra, Solita escribió una misiva bella e inspirada:

Inolvidable Carlitos

Doy contestación a tu digna carta, la cual leí con placer al saber que venía de las manos del hombre a quien adoro. Me dices en ella que no has recibido contestación de la última que te mandé y me dices que si es que ya no te tengo voluntad o te he perdido el cariño. No es así como me dices. Seguro que se perdió el correo o reclámala que allá tiene que estar. Sí, Carlosé, hoy me he sentido la mujer más feliz para dirigirme a un ser amado que se encuentra ausente y que con su carta ha hecho vibrar hasta lo más íntimo de mi ser y renacer en mi corazón recuerdos que jamás se borrarán de mí.

Carlitos, espera con ansia la presente que te dirige la mujer que más te ama, que tanto te recuerda y que escribe estas líneas que brotan del fondo de su alma, hasta montes y riscos y aún hasta altas praderas que me privan del placer de ver al hombre a quien adoro. Qué triste es la ausencia, hay veces que solazándome con tus recuerdos pienso que mi vida se agota poco a poco, porque mis suspiros y mis lágrimas, en fin, mi vida toda te pertenece. Carlitos, yo soy una flor arrancada prematuramente de su tallo del gran libro de la vida. Sólo conozco la primera página, las demás están en blanco.

Hasta la luz de mi existencia se apagó en mi corazón, para mí el alba y el mañana son ilusiones que crean el deseo y quimeras que ni duran un instante. Solo tu recuerdo me alimenta en mis horas de nostalgia, para yo saber que te hallas tan lejos de mí. Pero te aseguro que ni en el campo ni en el desierto se puede encontrar el ángel de mi felicidad. Cuando sueño contigo te ves desaparecer como el humo espumado de las alturas, como el grano de arena del fondo del mar. Tú has sido el único que ha podido hacer germinar en mi corazón un amor tan puro, que me quitará la vida si me llegas a faltar. 

Suspendo aquí la amada mensajera que felizmente llegará a tus manos. Pido diariamente al cielo por tu dicha, donde quiera que te encuentres. Mientras yo, cual mísero insecto, recorro el camino de mi vida llevando tu recuerdo. Tu amada que tanto recuerda y delira por verte.

Tuya, Sola y sola

Carlosé, no van sino borrones.
Filandia, 29 de septiembre de 1940.
En marzo de 1941, contra todos los ataques de la familia de Carlosé, se casaron al escondido. Al otro día del matrimonio él partió por barco a Chile para terminar sus estudios de Medicina.

Siguieron las cartas entre Santiago, Filandia y otras poblaciones del Valle del Cauca a donde debieron trasladarse los padres de Solita con ella. Hasta que Carlosé regresó por ella en 1947. Cuando nació María Consuelo, mi hermana mayor, en 1948, regresaron a Santiago. Allí nacieron dos hermanas más, María Liliana y Maritza. Regresaron a Filandia en 1951.

Solita murió joven, en 1976. Y mi padre falleció en 1990.Pero quedan sus cartas como testimonio del gran amor. Lo gozamos en familia los 13 hijos de esa unión.


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