Historia / FEBRERO 21 DE 2021 / 11 meses antes

Muerte social y suicidio, escenarios de la desesperanza

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Muerte social y suicidio,  escenarios de la desesperanza

En Pereira, el último día del mes de enero de 2021, sucedió una tragedia de características singulares. El suicidio de un parroquiano de 52 años en el viaducto César Gaviria Trujillo. Su ocurrencia fue descrita con detalles. “Murió frente a una multitud. El hombre vivía en Charco Negro y se despidió de sus seres queridos. Planeó todo bien para que nadie pudiera evitar su muerte”, periódico Q’Hubo, 1 de febrero de 2021.

Seis años atrás, en el diario La Crónica del Quindio de Armenia, otro titular nos llenó de dolor. Su anuncio decía: “Murió en Filandia el artesano de los canastos bellos”. Se refería al deceso de un viejo cestero del municipio, Marino López, dedicado a la elaboración de objetos artesanales para el beneficio del café y de los más hermosos roperos y hueveros de bejuco chusco. 

También en La Crónica del Quindio, del 11 de enero de 2006, otro titular había conmovido el corazón de los lectores. En la última página del periódico escrito se anunciaba lacónicamente que una mujer de 27 años, “por no perder a sus hijos se suicidó”. Fue encontrada ahorcada en una habitación de su casa donde vivía con sus tres hijos de 6, 5 y 3 años, pues debía asistir a un requerimiento instaurado por el padre de los menores quien pedía su custodia. La noticia, en su tercer párrafo, describió: “A mí me quitan mis hijos y yo me suicido”, les dijo angustiadamente a sus parientes ante las amenazas que le hacía su ex esposo de que él “se quedaría con los 3 niños de la pareja”.

El caso más desgarrador, por tratarse del sucidio de un menor de edad, es también el más doloroso. Se publicó en el periódico de Pereira, el 16 de febrero de 2021. Es la reseña más corta, sin mayores detalles, en comparación con la que anuncia el suicidio de un adulto, y entendible por la tristeza que esa noticia genera. En el populoso sector del Parque Industrial fue encontrada muerta en el baño de su residencia una niña de 14 años. El artículo termina con los términos más angustiantes para su familia y la sociedad: “La menor cursaba séptimo grado de bachillerato, era una buena niña, amable, amiguera y buena hija”.

Tres suicidios y un sensible fallecimiento, podrían figurar como eventos de la cotidianidad amarga. Pero a ellos los unió un preámbulo reiterado de nuestras realidades, se conoce como la muerte social. 

El etnógrafo francés, Louis Vincent Thomas, en su libro Antropología de la muerte -Fondo de Cultura Económica, 1983- explica las varias facetas de su condición. Hay muerte social cuando “toda persona deja de pertenecer a un grupo dado”, léase exclusión. Cuando hay destierro. También se refiere a la muerte social del viejo, considerando al adulto mayor que se jubila o al que se interna en un asilo, que aquí en el Eje Cafetero llamamos “centro de bienestar del anciano” o simplemente el ancianato. 

Pero la actitud más común es la que él llama “la abolición del recuerdo”. Entre nosotros ocurre cuando ya fallecido, su familia “se extingue o cuando por haber perdido el recuerdo del muerto ya no hace sacrificio para él”.

Hay muerte social por proscripción, y es la más lacerante. Es una identificación y oficial de personas u organizaciones catalogadas como enemigo público, enemigo del pueblo o enemigo del Estado -Portal Wikipedia-, y es también su estigmatización, extrañamiento y degradación ante la sociedad.

Thomas se refiere a lo que llama una antropotanatología del suicidio, teniendo en cuenta el tránsito de tres reflexiones sobre la muerte. Primero, de dónde venimos, o sea el sentido biológico. Segundo, para qué la vida, o sea una especie de antroposofía, entendida como el camino del “buen vivir para bien morir”. Tercero, para dónde vamos o sea la aceptación de la muerte para prepararnos al escenario de la vida.

También hace del suicidio una clasificación interesante. Podría tratarse de un suicidio “liberación”, como el de la mujer de Calarcá, “donde se da la muerte para evitar un destino más cruel todavía que la vida”, en este caso, separada de los seres que más quiere, sus hijos. Pero también de un sucidio egoísta, para hablar como Emilio Durkheim, y aludiendo al suicidio de la menor. 

O un suicidio “ocultado” como el del angustiado suicida del viaducto, que lo es también “el del desesperado por enfermedad incurable, enamorado, decepcionado, burlado o persona arruinada”. Alguien podría enmarcar el caso de este hombre pereirano con la mención de Thomas al “suicidio teatral casi público”.Y en esta tipificación es más cruda su descripción: “Las personas solo tratan de morir de manera teatral cuando están obsesionadas por los medios más que por el fin”. 

Obviamente el suicida del viaducto tenía una motivación generada por la pérdida de su oficio cotidiano de vendedor ambulante, situación esta que no mencionó la prensa escrita en cuanto sí describió el ritual de su muerte.

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Generalmente conocemos las noticias de suicidios gracias a los canales periodísticos escritos y que son hasta directos y crudos en los títulos de sus artículos. Pero ello es la condición humana que se divulga, porque la sociedad debe conocer cómo está creando su propio ambiente verdugo, cómo en nuestras familias se cultiva el germen de lo que los sicólogos llaman la indefensión aprendida, cómo en nuestro entorno cunde el sufrimiento. 

Sobre este tópico,Thomas se refiere al suicidio paleológico, que, citando a R. Menahem,”adopta un modo delirante o alucinatorio y que reposa sobre un razonamiento falso del tipo ‘La muerte es sufrimiento; yo sufro, por lo tanto debo morir’”.

Estas noticias del suicidio, irónicamente las del fenómeno más lacerante de todos los tiempos, son las que más se leen. Pero son también las que esconden el drama que lo genera, el que no hemos querido reconocer en cada caso. 

Aquí es donde Thomas anota que “el hecho suicida se refiere a las condiciones del medio -institución, situación económica- y llega a ser materia de estadísticas”. Mientras que “la conducta suicida nos lleva a la experiencia individual propia de cada suicida”. Y en este punto añade que ello se trata de una “función psicobiológica propia del hombre”, citando en este caso el nombre Deshayes, en relación a Catherine Monvoisin, nacida en París en 1640 y más nombrada como La Voisin. Fue una envenenadora famosa, responsable de más de 2.000 muertes inducidas por toma de veneno.

La desaparición de don Marino López, a quien conocí personalmente en Filandia, es un claro caso de muerte social. Aunque la situación  que padeció no condujo al suicidio, su tristeza y  ansiedad, provocadas absurdamente por un suceso que solo conocieron sus familiares, lo llevó a la tumba.

Días antes de la muerte, en su predio fue visitado por un funcionario regulador de los manejos forestales, quien le advirtió  con aires de autoridad y soberbia que no podía seguir extrayendo los bejucos del monte para la fabricación de sus canastos. Comentan sus parientes que el viejo se lamentaba por habérsele prohibido desempeñarse en lo único que sabía hacer en la vida. Nunca entendió aquel inexperto funcionario, que estos avezados cesteros son también unos cuidadores de los recursos naturales y que son aliados de la conservación del bosque, el dador del sustento diario.

Como don Marino, muchos adultos mayores viven experiencias tristes. La escuché alguna vez en la película Un verano en Grecia, cuando la joven protagonista comentaba la situación de un anciano artista solitario que rumiaba su monotonía. Es la frase mencionada en la trama, muy diciente: “Un hombre está muerto cuando ya no puede legitimar tres cosas importantes de la vida, la memoria, la dignidad y la esperanza”.

Si de muerte social se trata, en el Eje Cafetero fue y es lamentable el suicidio de tantos jóvenes que se concibieron, nacieron y crecieron después del terremoto de 1999. Son algo así como los no futuro, los sufrientes de un proceso de tejido social que no se recompuso y los que han encontrado un sin sentido en la vida personal y social. Porque esta es una sociedad que los rechaza, los excluye, no los escucha ni les ofrece expectativas laborales y solo siembra en ellos la desesperanza.


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