Historia / ENERO 03 DE 2022 / 4 meses antes

Salento y las sendas de su historia para el turismo

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Salento y las sendas de su historia para el turismo

Proyectar un viaje a Salento evoca historia, naturaleza, arquitectura vernácula, agua, arqueología y tradición. No hay lugar —en esta apreciación— a la depredación de sus recursos ni a la infamia del olvido. Una manera grata de disfrutar el municipio Padre del Quindío es recorrer las sendas de su historia. Es la forma correcta de corregir el rumbo de un turismo masivo, que no quiere apreciar el Patrimonio Cultural y Natural. También es la manera de apropiarnos de sus atributos, sobre todo desde la época de fin de año, cuando este pueblo del Quindío —también llamado la Cuna del Árbol Nacional— se llena de visitantes de Colombia y el mundo entero.

A esta situación, de lleno total en sus calles, ha llegado la municipalidad más turística del centro del país, debido a sus bellezas naturales, esto es el paisaje, el Valle de Cocora y el Parque Nacional de los Nevados. Si no podemos acceder a sus alturas geográficas y parajes montañosos, baste con leer la inspiración literaria de sus escritores, como entrando a la primera senda, la poética. Mario Sirony, el más célebre literato, recuerda a  su pueblo en las estrofas del poema Dulce aldea nativa, donde también nos lleva a los ámbitos del “tiple enamorado”, de las “espirales del sendero” y del “corazón llagado y solo del arriero que sufre la nostalgia del lucero”.

En el soneto La palma de cera del Quindío, el poeta Noel Estrada Roldán se refiere al paisaje y al símbolo nacional:

“Inmersa en cenital arrobamiento

orquestas en las cúpulas del viento

todo el verdor que tu penacho tiene.

 

¡Absortas te contemplan las colinas

porque, soberbia en tu esbeltez, caminas

hacia la luz que del espacio viene!”.

 

Y el circasiano Emilio Gómez Zuluaga, con su poema, así canta al río Quindío:

“Desde el mismo lugar del nacimiento

oigo correr tu cristalina fuente,

tomas tu rumbo jubilosamente,

por extensos cultivos de Salento.

 

Con cierto lisonjero movimiento,

cruzas por la llanura alegremente,

vas descendiendo cadenciosamente

bajo las nieblas que destroza el viento”.

Cuando menciono la palabra sendas me refiero a la acción de caminar los senderos o vías estrechas y pedregosas. Pero también, alegóricamente, a los caminos intangibles que nos llevan a la remembranza de la memoria. Por los tramos montañosos, el territorio que hoy corresponde a Salento fue descubierto —y todavía es hoy recorrido— desde principios del siglo XIX. Poco a poco fue descrito en las crónicas escritas de los viajeros del Camino del Quindío. Esos diarios de viaje conforman otra senda. Podríamos, en esa tónica, recorrer la de la época inmemorial, cuando bandas de cazadores y recolectores cruzaron las colinas en su caminar nómade hace nueve siglos.

Emprendimos, con algunos amigos, la construcción de una Ruta de la Historia Arquitectónica y Fotográfica de Salento. Lo hicimos a partir de la observación sutil de los vestigios antiguos y de una experiencia institucional que la oficialidad había llamado “Salento Oculto”. En esa prospección nos podemos encontrar con las construcciones sumidas en el olvido, con el secreto de sus viviendas familiares, con las tradiciones culinarias, con los mensajes no leídos de la arqueología y con la lectura simbólica de puntos de encuentro y de lugares que potencian la memoria. 

Recorrimos la primera senda física, visualmente, desde la entrada de la carretera principal. Se representa en ruinas, las de la Posada Alemana, que nos recuerda la década de los 80, cuando el anhelo trunco, que pretendía potenciar el paisaje, tomó rumbo equivocado e hizo fallido uno de los primeros sueños turísticos del Quindío. Luego, el vehículo en que nos transportamos penetra en la semioscuridad y soledad de la vía, hasta Boquía. En el trayecto pensamos en silencio sobre otra historia trágica, la de un personaje legendario apodado “Arrayanales”, que vivía con su madre en ese sector y quien protagonizó un capítulo de la violencia, generada en los años 20 del siglo XX, por la producción clandestina del tabaco.

La siguiente senda es la del caserío Boquía, el más antiguo poblamiento instalado en la región. Allí pernoctó el Libertador el 5 de enero de 1830, en su viaje a Santa Fe de Bogotá, pues ese sitio era una parada de viajeros del Camino del Quindío. Por su importancia histórica, una placa rememora el acontecimiento. Desde este lugar, dos vías dirigen la atención a otros puntos de interés. A la izquierda, sobre el antiguo paso del ferrocarril, y pasando por una estancia de boscosa vegetación llamada “La Rosa de los Vientos”, llegamos al puente curvo de La Explanación. Es toda una maravilla ingenieril, de cuatro arcos grandes, que atraviesa la quebrada Boquía. Un poblador de la región, el señor Jaime Hoyos, asegura que “pudo ser construido entre 1926 y 1930 e inaugurado para acceder a la estación del tren”, que se encuentra más adelante. Esta es otra obra de piedras y cemento, abandonada, “que sirvió para recibir por primera y única vez al tren que llegó con pasajeros en 1949”, acota el informante. Del viaje y el paso de la máquina sobre el puente existen fotos como testimonio histórico.

A la derecha de la vía pavimentada que comunica a Boquía con Salento —y también sobre la vieja vía del tren— llegamos a dos lugares de importancia. El primero, siempre en dirección marcada por la antigua carrilera, es uno de los  abandonados túneles cortos del trayecto ferroviario. El segundo es otro lugar cercano a Boquía, la vereda “El Agrado”. Allí se  proyectó hace algunos años una biorruta, donde se impulsan “los paseos a caballo y en bicicleta, el embellecimiento de plantas ornamentales en las estancias familiares, la protección de los recursos hídricos y la recuperación de espacios culturales”, tal cual lo anunció su dirigencia comunitaria de la vereda, con su consigna de “Agua, vida y paz para compartir”. El sitio de encuentro más importante es un teatrino campestre de muñecos llamado “La Loca Compañía”, donde se hacen presentaciones culturales y de títeres.

La tercera senda histórica se nos presenta un kilómetro arriba de Boquía, a la derecha, ya ascendiendo hasta el poblado. Se nos ofrece como un tramo del Camino del Quindío. Es propicio para caminar y recordar las narraciones alusivas a las peripecias y viajes difíciles que soportaron los viajeros del siglo XIX, con las cabalgaduras y cargueros humanos, relatos que se testimonian en sus escritos. El sendero llega al propio Salento en el “Alto del Coronel”, donde se encuentra una casa célebre. Cerca de allí se avista un muro lateral de la vía de entrada al municipio, donde se aprecia un mural con motivos pictóricos  relacionados con  el patrimonio cultural. También, a unos pasos, se encuentra el Museo Archivo Fotográfico de la familia Franco Bríñez, lo que constituye otra senda imaginaria para conocer la vida social e histórica de las últimas décadas del municipio.

En dirección a la denominada Aldea del Arte Sano, encontramos el cementerio local, donde quedan todavía algunos panteones de construcción monumental, en los que están sepultados los miembros de algunas familias tradicionales. Llaman la atención dos tumbas, que representan la muerte, por su estructura en cemento que semeja un tronco de árbol talado con sus ramales secos. Son similares a otro monumento funerario levantado en el cementerio católico de Circasia.

La zona central de Salento, ya ubicados en el parque principal, nos adentra en la ruta de las siguientes sendas:

La arqueológica, marcada desde la contemplación de varias piedras en el prado del parque. Una de ellas es la gran laja que perteneció a una estructura lítica prehispánica, llamada “tumba de cancel” en el argot popular. Alguien de la alcaldía, en el año 1919, marcó su superficie con letras, alusivas al centenario de la Batalla de Boyacá. El otro testimonio es del siglo XIX, pues corresponde a una piedra redonda, labrada y agujereada en la parte central, que nos recuerda los molinos de trigo de Boquía, tal cual lo menciona el cronista Heliodoro Peña en su reseña histórica publicada a finales del siglo XIX. Vale la pena anotar que, en los años 80 del siglo pasado, se encontraban varias piedras constitutivas de dichos molinos de trigo, las que desaparecieron poco a poco.

Si queremos seguir la senda imaginaria arqueológica, encontramos en el sendero del mirador del Alto de la Cruz otra “tumba de cancel”, allí reubicada por algunos, con lajas transportadas desde el sector de Navarco.

Dos sendas históricas más nos introducen en las conmemoraciones. La primera se constituye con  la  evocación  de la estatua de Bolívar y muchas placas recordatorias sobre la época fundacional y el homenaje a los 12 pueblos del Quindío. La segunda nos introduce en el tema de la arquitectura local. Se nos ofrece desde el mismo marco del parque principal, detallando las puertas antiguas y los balcones o ventanas  de las viviendas que se levantaron a finales del siglo XIX. Aquí recordamos detalles domésticos añejos que un grupo de investigación dirigido por la antropóloga Catalina Guevara Carvajal recuperó en el año 2019. Encontramos en el recorrido dos cafés tradicionales, el de la familia Araque y el bar Danubio. En este último, las mesas de billar, los adornos de las paredes y un cuadro especial, que nos enseña el rostro de su fundador, don Ernesto Loaiza, también nos lleva a otras sendas imaginarias de Salento antiguo. Las evocaciones de la arriería  conforman una de ellas. Si queremos encontrar otra, la encontramos en la búsqueda de pequeños negocios donde se pueden degustar las delicias culinarias de antaño, antes de entrar los manjares de la trucha y el patacón.

Las sendas históricas de Salento, la mejor opción de un turismo educador y responsable.

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