Historia / ENERO 17 DE 2021 / 1 mes antes

Tres perfiles de guaqueros del Quindío

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Tres perfiles  de guaqueros del Quindío

Luis Arango Cardona y un guaquero con su mediacaña.

Un guaquero honrado. Este es un calificativo difícil de entender. Se lo aplico a un sencillo personaje de Filandia llamado cariñosamente Alvarito Páez. Como todos los saqueadores de yacimientos arqueológicos, Alvarito murió en el más completo abandono. Cuando enfermó gravemente me confió 2 pertenencias, una de sus ruanas y la herramienta de cateo del guaquero. Ambas se encuentran en el museo de la localidad. Eran algunos de los haberes de su pobreza material.

La herramienta llamada ‘mediacaña’, una especie de barretón reducido acoplado a una larga vara de madera, le proporciona al guaquero la certeza de estar explorando la cimera de una sepultura indígena prehispánica. Lo comprueba con el análisis del terrón que sale en el redondel metálico, cual barreno de especialista, para detectar si tiene suerte con el hallazgo de piezas de oro y cerámica en la cámara funeraria.

La codicia que despertó la guaquería, en la época de colonización del Quindío, provocó la llegada de muchos hombres montunos que horadaron las entrañas de la tierra, para robar las ofrendas sepulcrales y borrar de paso las huellas que nos habían dejado los pueblos del pasado. Alvarito nunca tuvo un encuentro dorado, más bien nunca se topó con una de sus soñadas guacas. Solo la fantasía y el recuento de sus hallazgos ficticios lo llenaron de falsa realidad. Algo común en el guaquero, quien vive en un mundo de superstición y de ambición nunca colmada. El espíritu ingenuo de Alvarito lo convirtió en un ser inocente e indefenso. Todos lo recordamos, dentro de su humildad, cuando posaba orgulloso, frente al templo del pueblo, luciendo un traje pintoresco que usaba los días de fiesta religiosos. Con limitaciones de visión soportó sus últimos años, contando peripecias irreales de guaquería, sobre el tesoro que nunca tuvo en sus callosas manos. La muerte lo sorprendió en un cambuche, porque siempre se resistió a vivir en el hogar del anciano del municipio.

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Un segundo perfil de guaquero, casi exclusivo para su personalidad, lo tuvo un hombre adinerado, sensible a la lectura, escritor de ocasión, también guaquero y, además, fundador de La Tebaida en 1914. Su nombre ocupó un lugar en la literatura, pues escribió un extenso y singular libro, donde hizo apología a la expoliación arqueológica. Don Luis Arango Cardona y su curiosa obra titulada Recuerdos de la guaquería en el Quindío, escrita en 2 tomos en 1924, más un suplemento de 1941, retrataron una etapa aciaga de la región. Pues en sus páginas se relatan las ‘hazañas’ del saqueo. Por ejemplo, detalla lo que ocurrió exactamente hace un siglo, desde el 22 de enero y hasta el 11 de febrero de 1921. En esos textos, contradictoriamente, describe los detalles de la guaquería y también critica el proceder de los guaqueros.

En la página 287 del segundo tomo, refiriéndose al saqueo de una ‘guaca’ en Quimbaya, el 5 de diciembre de 1939, así escribe sobre la bóveda en la que reposaban los restos de varios cadáveres: “... Allí dormían en paz por siglos y quizás por miles de años, hasta que los guaqueros despiadados con manos rampantes violan estos sepulcros sagrados sin tener en cuenta el grado de civilización y cultura a que habían llegado nuestros antepasados. A los guaqueros no les interesa sino el oro para cambiarlo por dinero sonante y con él embriagarse con licor y permanecer en orgía hasta que se les acabe para luego buscar otras nuevas guacas, sacar más oro y continuar la perra en un círculo sin fin. Baco reside en ellos; son cerebros enfermos y la mayoría muere en la miseria, seguramente por ser profanadores de sepulcros”.

Es una crítica severa —y también de autocensura— a la que tampoco escapó su hermano Jesús María, ‘el guaquero más andarín’, quien hizo correrías en otros países: “... La miseria arrastrada durante las enfermedades a campo raso y en los hospitales no lo han podido detener en esa vida errante y miserable que ha llevado durante 10 años”.

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En consecuencia, se puede decir que a ese segundo perfil, y en especial al que encarnó don Luis Arango Cardona, se le debe denominar el ‘guaquero arrepentido’.

El tercer perfil, el más propio de estos personajes, lo mencionó el mismo autor de aquel libro escrito en estilo rústico. El “guaquero despiadado”. Sus acciones impías le reforzaron ese título. No solo Arango relata la destrucción que ellos provocaron. También la historiografía ha dedicado muchas páginas al inmenso daño. Pero lo más patético se refleja en muchos apartes de esa obra. Un par de renglones de la página 113 es lacerante testimonio, en referencia al hallazgo de restos óseos: “... El guaquero ultimaba ese cráneo de un recatonazo y hacía que saltara en mil pedazos...”.

El más recordado de todos los guaqueros de esta condición se conoció como Macuenco. Su nombre de pila era Carlos Agudelo.

Luis Arango Cardona lo recuerda como el “guaquero de más nombre, no sabía leer y escribir pero era el hombre de más memoria que haya conocido”. José Jaramillo Vallejo, en su obra El reloj de mis recuerdos, de 1952, así lo describe: “... El oro fascina como la gloria y embriaga como el alcohol. Sumados oro y alcohol enloquecían al guaquero. Cuando lo tomaba en las manos se diría que lo quemaba; tal parecía al verlo botar como ínfimas monedas, al salir al pueblo, o al arribar a las fondas, en pos de la bebida maldita”.

Y Alfonso Valencia Zapata, en su edición de 1963 del libro Quindío histórico, escribió: “... Macuenco fue el más afortunado guaquero del Quindío. Llegó a sacar oro por arrobas. Con su porte de antioqueño y manía de prodigalidad, dilapidaba todo cuanto conseguía. En lo que hoy es la plaza Bolívar de Armenia, lanzaba monedas ‘a la jura’ y repartía entre sus amigos sombreros y ruanas finas. Guaqueó por más de 30 años. En Caicedonia llegó a sacar una guaca con 3 libras de oro. Se emborrachaba y, al morir, sus amigos tuvieron que recoger limosna para enterrarlo. Agudelo murió alejado de su familia”.

Lo más irónico de esta tríada de perfiles es que muchos de los quindianos llevamos en nuestra sangre la marca herencial de aquellos montaraces hombres. Con orgullo le atribuimos a la guaquería una de las razones históricas que condujeron a la colonización multirregional del occidente colombiano desde mediados del siglo XIX y hasta principios del siglo XX.

Nos ganamos, entonces, otro perfil, el cuarto, atribuido a la generación actual. El ‘guaquero contemporáneo’. Porque continuamos, con hipocresía, saqueando el patrimonio arqueológico que no es solo de los colombianos, sino de la humanidad entera.


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