Historia / JUNIO 06 DE 2021 / 2 semanas antes

Una ceremonia fúnebre en la profunda selva amazónica

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Una ceremonia fúnebre en la profunda selva amazónica

Antiguo baile de máscaras

Referirse a la muerte es penetrar en el campo religioso de los pueblos del mundo, es adentrarse en el ritual del entierro y es invadir la esfera de lo escatológico. 

Una de mis experiencias profesionales más significativas fue vivida en tierras del departamento selvático del Vaupés, cerca de la frontera con Brasil, lo que me permitió no solo conocer una faceta desconocida de los indígenas de esa región sino experimentar el sentimiento de tinte garciamarquiano que se presentaba ante mis ojos y mi curiosidad de observador.

Describiré los pormenores de la exhumación de un cadáver y su posterior ceremonia de entierro, con el acompañamiento ceremonial tradicional, en un pequeño caserío del río Querarí. Sucedió en la población llamada Bocoa, situada en las cabeceras de este río, habitado por los Cubeo, el grupo indígena más numeroso del territorio. 

Me desempeñaba como antropólogo del Plan de Promoción y Etnoeducación en Salud, dependiente del Servicio de Salud del Vaupés. Me encontraba en ese poblado, en desarrollo de una labor comunitaria y recibí una llamada por medio de radiofrecuencia desde Mitú, la capital. Se me comisionaba en una  tarea que era potestad de una autoridad judicial pero que, por la lejanía y la imposibilidad de trasladarse el funcionario desde la ciudad, yo debía adelantar en compañía de un inspector de policía indígena de Tapurucuara, el poblado más grande de las riberas de ese río. Corría el mes de agosto del año 1994.

Diez días antes, a dos horas de Bocoa por vía fluvial, en un paraje apartado de las orillas del río, un grupo de colonos había asesinado a un joven de la comunidad. Para evadir la autoridad y la furia de otros indígenas, los asesinos sepultaron el cadáver en el mismo cambuche donde habían departido con él, en medio de una reunión donde tomaban chicha.

El procedimiento regular que se nos había encomendado, ordenado por las autoridades judiciales de Mitú, comenzó con la exhumación de los restos humanos, ya notablemente descompuestos, y su traslado en canoa hasta el caserío. Todo dio lugar a una experiencia nueva para mí y el inicio de un drama que parecía ser extraído de la descripción fantástica de un cuento del realismo mágico. 

El cadáver ya presentaba alto grado de putrefacción y por consiguiente el olor acompañó el recorrido lento, aguas abajo hasta Bocoa. Íbamos en tres embarcaciones, en la canoa delantera el cadáver y en las dos restantes, en silencio, el resto de acompañantes. Fue hora y media de una vivencia que, por momentos, me parecía ser la trama de  la escena de una película. Y yo, uno de sus protagonistas. Donde había finalizado el trámite judicial por delegación curiosa, empezaba el proceso tradicional cargado de profunda connotación ritual, para entregar los despojos humanos a sus familiares y darles nuevamente sepultura.

Tradicionalmente, cuando muere alguien, el cadáver se deja en la hamaca y se reúne la familia, junto con el chamán -llamado payé entre los Cubeo- para entonar un largo llanto. Luego -y es algo que ya se ha perdido entre los Cubeo actuales- se realizaban las fiestas de los muertos que daban motivo para las danzas con máscaras. Así lo relata el etnógrafo alemán Theodor Koch Grunberg, en su libro titulado Dos años entre los indios, escrito en 1903, cuando había pasado por ese territorio del Vaupés:

“Estas -las danzas con máscaras- empiezan hacia las tres de la tarde... Los enmascarados llegan de la selva, desde el río, y atacan la maloka -la gran casa ceremonial-, otros enmascarados tratan de evitarlo, pero sin éxito. La danzas con máscaras duran hasta la mañana siguiente. Entonces las máscaras se colocan en bastones en la explanada del pueblo, se amarran de las mangas por medio de las colgaduras de corteza y se incendian... Todas las máscaras representan demonios... La quema de las máscaras puede estar probablemente fundada en la misma creencia que sustenta la quema de las posesiones del muerto, en el miedo al retorno no deseado del demonio con el cual no se quiere tener más que ver después de la fiesta del muerto”.

Los Cubeo atribuían las enfermedades y las muertes, producidas por la “venganza de  un mal espíritu o a un enemigo dotado de poder demoníaco”, a las máscaras. Estas desaparecieron en la década de los años 50 del siglo XX por el influjo del entierro católico y solo son hoy elaboradas por encargo artesanal, para ser exhibidas en algunas representaciones museográficas.

Sin máscaras, sin quema de las pertenencias, pero con algunas variantes propiciadas por la aculturación, lo que presencié esa tarde, cuando arribamos al puerto, es un testimonio importante de la ritualidad funeraria. En este caso especial, en el desembarcadero esperaban todos los miembros de la comunidad. 

La llegada estuvo matizada por los lamentos de la madre del joven y de las mujeres ancianas que la acompañaban, así como por las largas recitaciones del padre, exaltando las acciones o virtudes de su hijo y exclamando, con tristeza e impotencia, su protesta ante el asesinato. El cadáver fue trasladado hasta el lugar del entierro. Allí, un par de mujeres se acuquillaban, una al lado de la otra, se agarraban de un brazo mientras que con la otra mano ese tapaban el rostro.

Sus quejas terminaban finalmente con un melodioso canto de dolor, todo entonado en la lengua Cubeo: “Himako-himako-yaibi-o-himako” y que quiere decir “mi hijo-mi hijo-por qué has muerto-mi hijo”. Es dable anotar que el registro etnográfico solo fue sonoro, y no fotográfico, en razón al respeto que se debía tener con los asistentes a la ceremonia.

El cadáver había sido envuelto en una hamaca y estaba colocado en una canoa de madera. Conservaba sus ropas y el reloj, así como sus documentos personales, los cuales habían puesto sobre sus restos. En la época de la ceremonia de máscaras, los muertos eran sepultados con sus adornos plumarios, los que eran colocados sobre el pecho del cadáver. 

En otras zonas del Vaupés eran enterrados con un tabaco, una ollita con chicha, sus zarcillos y la cajita que contenía los adornos de baile. El hermano del muerto rompía el arco del difunto y lo ponía sobre el ataúd.

Siempre me llamó la atención notar la indiferencia y ausencia de gestos de desagrado de los pobladores ante los restos mortales, cuyo olor mortecino se sintió toda la tarde en el ambiente. Comprendí la enorme diferencia de nuestras actitudes ante la muerte, en relación con los pueblos tradicionales.

En medio de los cantos funerarios, uno de sus hermanos midió con una cuerda el tamaño de la canoa funeraria y se dirigió al lugar del entierro, al lado de la habitación de la casa aculturada de tablas, exactamente donde estaba la cocina. Allí realizó un gesto de invocación para pedir permiso a los antepasados, con el fin de sepultarlo. 

Acto seguido, clavó una larga vara en la tierra ya removida, explorando el suelo hasta encontrar que se hundiera sin resistencia, lo que quiere decir que se había concedido el permiso. Antes de bajar los restos a la fosa, en su féretro compuesto por dos mitades de canoa, la madre le roció perfume, lo besó y colocó un traje de mujer sobre los restos. El cadáver fue enterrado sin interrumpirse los cánticos, y en presencia de sus padres, hermanos y el resto de miembros del caserío. Cada uno de los familiares lanzaba tierra a la fosa, mientras gemían también los acompañantes.

Sobre el entierro se dejó un pequeño montículo y encima de este se colocó una vela prendida, cuyo fuego permaneció ardiendo durante la noche. Al retirarse del lugar, los dolientes no pueden mirar hacia atrás, porque se cree que en esos instantes los espíritus de los muertos se tornan visibles.

Durante todo el ritual, el padre del joven sepultado sopló humo de tabaco sobre los restos. Lo hizo también en el momento de la inhumación y luego sobre las personas que participaron en la ceremonia. 

En medio de mi asombro, con profundo respeto, yo estuve a prudente distancia, observando el desenvolvimiento ritual. Por momentos entraba a la pequeña casa donde pernoctaba reflexionando profundamente por el momento histórico que estaba viviendo. Mientras tanto, la pequeña grabadora registraba los sonidos y lamentos funerarios, que son para mí uno de los más recordados testimonios de esa experiencia, la que impactó profundamente mi manera de entender la vida y la muerte en esa tierra de los Chamanes Jaguares del Yuruparí.

Meses más tarde, contrastando mis datos de campo y los registros fonográficos con informantes indígenas, pude entender los intrincados simbolismos. Con relación al traje femenino dejado en el entierro del joven cubeo, su significado puede tener relación con el hecho de que el muerto se había desposado unos meses antes o también puede obedecer a la relación estrecha que su madre conservaba con él por ser su hijo mayor.




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