Historia / ABRIL 11 DE 2021 / 9 meses antes

Una excursión estudiantil y patriótica en Armenia de los años 30

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Una excursión estudiantil y patriótica en Armenia de los años 30

Gracias a tutores y patrocinadores con buenos recursos económicos, varios jóvenes colombianos - entre ellos algunos de Armenia - pudieron viajar a Bogotá en los años 30, para matricularse en el colegio Salesiano De León XIII y cursar algunos periodos de Instrucción Pública, que los marcó significativamente. El colegio, ubicado en el sector histórico de La Candelaria, y fundado en 1890, era el único en el país que contaba con la sección de Artes y Oficios, para formar en aprendizajes técnicos a sus alumnos. Lo que daría lugar a que, años después, esa modalidad fuera adoptada por el Sena.

El Colegio De León XIII contaba con los siguientes programas: Tipografía, Fundición de Tipos, Estereotipia, Galvanoplastia, Fotograbado, Herrería, Mecánica, Electrotécnica, Carpintería, Encuadernación, Talabartería, Zapatería, Sastrería, Librería.

Muchos jóvenes se inclinaban por la preparatoria en la Escuela de Carpintería. Las asignaturas propias de su competencia eran el dibujo, la teoría y la práctica profesional, complementadas con las de religión, historia sagrada, lectura, escritura, castellano, aritmética y ortografía. Eran años de aprovechamiento en su formación integral para el regreso a la provincia.

El vínculo con el colegio se mantenía en su tierra de origen, a través del recibo de aquellas publicaciones que la institución educativa les enviaba ocasionalmente. En una de ellas, guardada  por alguno de los estudiantes, se publicó un artículo titulado “La Excursión del Colegio Salesiano De León XIII”. Estaba consignado en la revista Don Bosco, números 101 - 102, correspondiente a los meses de agosto y septiembre de 1933 y debió alegrar mucho a su dueño, pues el contenido se refería a una visita realizada a varias ciudades del occidente colombiano, entre ellas Armenia.

La excursión fue la primera que organizó el colegio, el 17 de julio de 1933, y su primer destino fue la hoy capital de Quindío, en ese entonces uno de los más prósperos municipios del departamento de Caldas. Llegaron en la noche, después de viajar en tren hasta Ibagué y luego por carretera, en tres buses que transitaron por la vía de La Línea.

Eran 53 estudiantes, pulcramente uniformados con traje de explorador, bastón y sombrero tipo safari, acompañados por sus profesores. En el texto del artículo se describieron los pormenores del fatigoso viaje entre Ibagué y Armenia, la mención de los tamales que consumieron en el sitio llamado San Miguel y hasta la varada de uno de los buses, “en plena línea, con un frío terrible”, el cual sólo llegó con los fatigados viajeros a las 2 de la mañana del día 18, a la Pensión Alemana de don Guillermo Lehder, cuando ya sus compañeros dormían plácidamente.

Esa mañana, muy temprano, la estación del tren de Armenia, que había sido inaugurada en 1927, vio partir a los excursionistas quienes viajaron hasta Buenaventura. Irónicamente, la realización de esta excursión comprueba el mayor nexo - no sólo comercial sino estudiantil y académico - que existía con el puerto del Pacífico hace un siglo, gracias al tren y a sus ventajas. Algo que hoy es sólo un deseo lejano.

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Un factor que se repitió en todas las ciudades del recorrido marcó el tono diferente al periplo de 10 días de duración, que bien pudiera llamarse una excursión “patriótica”. En los parques principales, los excursionistas y acompañantes superiores, incluyendo un instructor militar que se encargaba de las revistas gimnásticas, ofrecieron coronas de flores y laureles a la estatua de Bolívar. El acto de honores del 20 de julio fue en Buenaventura, ante la estatua del famoso escultor Tenerani, y se complementó con los discursos de rigor y un concierto ejecutado por los Camargo Spolidori, la destacada familia de artistas musicales.

En Cali se repitió el homenaje. Por aquellas épocas, cuando las excursiones escolares eran de estricto rigor académico, no podía faltar la declamación de algunos fragmentos de la prosa de Miguel Antonio Caro titulada “A la Estatua del Libertador”, en especial el último de ellos:

“Libertador! delante

de esa efigie de bronce nadie pudo

pasar sin que a otra esfera se levante,

y te llore, y te cante,

con pasmo religioso, en himno mudo”.

Después de Cali, el  regreso comprendió las visitas a Tuluá, Buga y de nuevo Armenia, a la que arribaron en tren el día 25 de julio al mediodía, viajando desde Tuluá. Lo que se relata sobre está llegada es bien importante: “.......Y después del almuerzo se visita la ciudad. El movimiento comercial es asombroso, las casas de comercio abundan. Hay mucho aseo y admira el que una ciudad tan desarrollada cuente apenas unos 42 años de vida. Este día recibimos la visita del señor alcalde don Jaime Echeverri Mejía y del párroco R. P. Alfonso de los Ríos. Ambos se mostraron muy amables y  complacientes”.

En Armenia, esa tarde, también hubo entrega floral ante la estatua de Bolívar, instalada 3 años atrás en la plaza principal. Había sido esculpida en la capital de Francia por el artista  Roberto Henao Buriticá. A este escultor, mediante el acuerdo 9 de 1928, el Concejo de Armenia le había brindado una ayuda de 500 pesos “para atender los gastos que demandan los estudios que de escultura hace actualmente en París” y por haber “obtenido en una exposición en esa ciudad una medalla de oro”.

Una fotografía del acto de Armenia, publicada en la revista, da cuenta de ello. Se aprecia al grupo de estudiantes rodeando la estatua del Libertador y, a la izquierda, la construcción de tres pisos de la Casa Consistorial.

Tras pasar de nuevo la noche en la Pensión Alemana, el 26 de julio, hacen el viaje de retorno a Ibagué.

El 27, último día de la excursión, emprenden el regreso a Bogotá en tren. Una foto postal de la estación de Girardot, también conservada  por el dueño de la revista, es el reflejo de tal experiencia de viaje, que se tornaba maravillosa por el solo hecho de ocupar uno de los puestos del vagón de un tren. Ello ha quedado retenido en la mente de muchos colombianos, cuando tuvimos la fortuna de abordar la locomotora en alguna de las estaciones de Colombia. En mi caso personal, dos remembranzas que no olvidaré. El viaje, con mis padres, hasta la estación de Quimbaya en 1960; y, en 1974, la excursión universitaria desde la estación de La Sábana en Bogotá, hasta Santa Marta, en el Expreso del Sol.

Los  testimonios que debieron haber sido plasmados en los registros y diarios de aquellos estudiantes, como sus mejores relatos, se condensan en el texto del último párrafo de aquel artículo:

“.....Corre el lápiz sobre las páginas, narrando emociones y recuerdos, trazando gráficos, y algunos versos se engarzan con la prosa...”.


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