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Quindío / AGOSTO 07 DE 2023 / 6 meses antes

A los héroes ignorados

Autor : César Castaño, capitán (r)*

A los héroes ignorados

Un homenaje a los olvidados, testimonios de los héroes anónimos de la independencia

El papel del pueblo raso fue clave en la guerra de la Independencia. Puede ser que las historias anónimas protagonizadas por indígenas, pardos, negros, criollos, esclavos y mestizos o por las ‘Juanas’, las ‘chisperas’ y las ‘vivanderas’ (mujeres del pueblo, partícipes activas de la gesta independentista) no tengan la importancia y trascendencia que se ha dado a otros personajes.

De ellos no se conocen sus sacrificios, penalidades y privaciones incontables. Mucho menos su desprendimiento y entrega a la causa de la libertad, lejos de prebendas, galardones, riquezas posteriores o tierras para heredar a sus hijos. En su mayoría, aquellos héroes ignotos (a quienes no alcanzó a tocar el hálito de la gloria) siguieron en una condición igual o peor que la de los tiempos de la Colonia.

Diario de un recluta, del poeta y escritor boyacense Mario Perico Ramírez, (autobiografía de ficción publicada en 1969, con ocasión del sesquicentenario de la Independencia) es el texto ideal para evocar la memoria de aquellos soldados libertadores cuyos nombres nadie perpetuó. 

La obra narra las peripecias de Anatolio Tibaduiza, un joven campesino a quien la chispa del patriotismo le hizo trocar los trebejos (para la lidia de bestias de carga) por un fusil, municiones y una lanza. Sobre sus orígenes, comenta el mismo Anatolio: “Mi estirpe es tan simple y elemental como el pegujal que me vio nacer. Mis raíces, si se las escarba, son hondas y profundas, pero carecen del brillo de la riqueza o de la nombradía. Se hunden eso sí, y también se confunden con los trabajadores de las minas, del surco, de la selva, con aquellos nativos desnudos que se quedaron asombrados al contemplar los yelmos y las sotanas de conquistadores y evangelizadores”.

Tibaduiza describe la dureza de la vida de los niños en tiempos de la Independencia. Infantes que una vez soltaban los pechos de sus madres, tomaban el azadón para labrar y extraer los frutos de la tierra, recoger agua del pozo y cuidar el ganado. Todo ello, bajo un régimen agrio impuesto por sus padres, quienes los veían como peones y no como sus hijos. Niños tristes (maltratados y abusados) que no tuvieron infancia. Chiquillos que huían a temprana edad en busca de otros horizontes, ofreciendo sus exiguas fuerzas en las haciendas o emigrando a las ciudades.

Anatolio emprendió una aventura que lo llevó a trabajar en la arriería. Así, conocería en Pore, provincia de Casanare, a Ramón Nonato Pérez, héroe de mil batallas, quien le propuso incorporarse en el ejército libertador. Desde ese instante, el ficticio recluta expone lo que (a futuro) representaría la gesta independentista: “[…] Pienso que esta campaña tendrá una tremenda trascendencia y que los historiadores agotarán hasta el cansancio los hechos que aquí se van a suceder. No pretendo que se me pueda citar como testigo, ni menos aún como cómplice de lo que vi y escuché. Persigo, sencillamente, dar un testimonio de lo que puede sentir y vivir en su interior un hombre de pueblo, frente a las circunstancias en que le tocó actuar”.

Ahora bien, el anuncio que hace el héroe imaginario al inicio de la obra llama la atención poderosamente: “[…] Mis palabras seguramente van a pasar inadvertidas. Con ellas, relataré la pequeña historia de las emociones, amarguras y alegrías del pueblo que acompañó a su Libertador (Simón Bolívar) haciendo grandes sacrificios. Pondré a hablar a los de quimbas y alpargatas. Por boca de los mismos, el país del futuro se podrá dar cuenta de que las vicisitudes no son patrimonio de los de arriba, sino que forman la masa de los seres paridos por una mujer, en una choza o en un palacio”.

De esta manera, en el transcurso de la obra, narra con detalle el antes y después de cada batalla y sus encuentros ocasionales con distintos personajes; entre ellos, el Libertador (por quien siente una devoción especial) o el niño soldado Pedro Pascasio Martínez (quien se inmortalizó en la batalla de Boyacá al tomar preso a Barreiro y rechazar el oro con que quería corromperlo). Además, describe magistralmente el duro y penoso trasegar por caminos que parecían imposibles de superar. Del paso de las tropas por los Andes, relata que “[…] Una larga y conturbada fila de caminantes, andrajosos y mustios, tomados de la mano, era lo único que se podía contemplar y compadecer. […] El viento azotaba con su lengua rasposa lo mismo al sargento que al general, a la mula vieja o al potranco joven, a la cocinera carnosa o a la ‘Juana’ quinceañera y vivaz”.

Fue Anatolio uno de tantos héroes ignorados de quienes no quedó registro alguno. Otra sería la suerte de nombres como Bolívar y Santander, Córdova y Nariño, Rondón y Anzoátegui; Soublette, O´Leary y el coronel Rooke. Poco se dice (con nombre propio) de quienes vinieron de modo fraternal y heroico de Venezuela; de los granadinos que (con ellos y como ellos) pelearon y vencieron; de los soldados ingleses, irlandeses, escoceses y alemanes; y de los llaneros ardientes y los indios, negros, mestizos, pardos y esclavos que dieron su vida y sus fuerzas sin ahorrar sacrificios ni padecimientos. 

Adicionalmente, Anatolio presagia la lucha de poderes que sobrevendría a la Independencia: “[…] Terminada esta guerra, la rebatiña entre los grandes va a ser mayúscula. Las apetencias personales de cada teniente, de cada capitán, de cada general van a tomar bulto. Ellos, y solo ellos, se considerarán los padres y las madres de la nueva patria que se avecina, lo cual traerá muchos disturbios, y al encontrarse nuestros jefes con la resistencia para que les reconozcan sus méritos individuales, volveremos a comenzar con la cantaleta de la libertad, de la igualdad, de la fraternidad”. 

Razones tuvo nuestro niño campesino, convertido en arriero y luego en soldado, al comentar: “[…] El camino de los libertadores fue hecho por muchas manos y por muchísimas almas. Y el espíritu de los humildes me reclama que hable de ellos, que los ponga en contacto con sus hijos, nietos, biznietos y choznos”. 

A los modestos y humildes Anatolios, a los héroes y heroínas ignorados, cuya existencia oscura no inmortalizó el bronce ni se enaltecieron sus nombres en letras de molde, debe estar Colombia por siempre agradecida.

*Miembro de las academias de Historia Militar y del Quindío.


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