Región / DICIEMBRE 09 DE 2018 / 3 semanas antes

Hacia una iconografía del turismo en el Quindío

Hacia una iconografía del turismo en el Quindío

Qué buen día será el que nos topemos con un deseable recorrido que tenga base patrimonial. 

En el nuevo escenario para el disfrute del ocio y el tiempo libre en Colombia, en el Quindío son bastantes las mediaciones que se presentan para promocionar el destino, solo que ellas —las que deberían ser divulgadas en correspondencia con el entorno y el patrimonio cultural y material— resultan mostrando realidades tergiversadas.

Los ejemplos se presentan a granel. Avisos y títulos de negocios turísticos en lengua extranjera. Platos de una gastronomía global en detrimento de los saberes y sabores de la culinaria regional. Apropiación absurda de las denominaciones de la tradición arquitectónica vernácula, a la cual se le asigna el término de estilo colonial, siendo en realidad una tipología constructiva de la colonización antioqueña y multiregional. Mampostería, detalles de ornato nuevos y hasta faroles en las fachadas de las casas, que nunca estuvieron en la presencia de la vida antigua. Utilización de logos y mensajes icónicos para la presentación de productos, que no han estado en el testimonio de las culturas de los antepasados.

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Urge una iconografía del turismo, que esté acorde con las circunstancias, las especificidades, las condiciones y los valores del Paisaje Cultural Cafetero, que es además un bien incluido en la lista de patrimonio mundial de Unesco. Sus imágenes son vistas en el mundo entero y, especialmente, cuando un turista extranjero las consulta para visitar el país y la región.

Las referencias a tenerse en cuenta, para hacerlas visibles en una publicidad de corte auténtico y patrimonialista, están allí, cerca de nosotros. Muchas veces son invisibles a nuestra mirada, porque ella no está dirigida a la profunda naturaleza de los orígenes, sino que es meramente funcional y comercial.

La lista es extensa, como larga es la historia que respalda cada uno de esos referentes. Narraré sólo a seis de ellos, y que por no ser importantes en el orden mental de los planificadores del turismo, están desapareciendo poco a poco. Ya que nunca se conocieron, ni se valoraron, ni se apropiaron socialmente, y además el descuido en su presencia tangible es evidente.

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El primer grupo corresponde a los diseños de andenes grabados. Ellos han sido destruidos en un 80 por ciento; fueron ideados hace 90 o 100 años por los primeros constructores y se tallaban en rodillos de madera fina, que rodaban sobre el cemento fresco. Podemos decir que son aspectos ideados propios, reflejos del pensamiento primario y campesino de la época. Abundan, entre muchos, las representaciones de uvas en racimo y los trazos geométricos. Llama la atención uno en particular, el rostro de un pielroja y que se ha construido para figurar al indígena Calarcá. Aún se encuentra en un andén histórico de la ‘Villa del Cacique’.

El segundo grupo es el de los detalles de muchos cielo rasos que se aplicaban ingeniosamente en los techos de habitaciones de las antiguas casas de bahareque. No los encontramos repetidos en las diferentes superficies superiores de una sola casa. 

Sus trabajos son cuidadosos, hermosos y de una inventiva sin límites, que hacen agradables los espacios. Sobresalen las estrellas y las rosetas, así como los círculos en la mitad del cielo raso. Los más vistosos están en Filandia, Calarcá y Circasia.

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El tercer grupo son los diseños de los petroglifos —grabados en piedra— que plasmaron los habitantes indígenas del pasado. En La Tebaida, dos de ellos se encuentran en la zona rural y representan salamandras y espirales. Podemos señalar que este denominado arte rupestre por los especialistas en arqueología, son el más antiguo registro de diseño precolombino, asociado a su vez al pensamiento mágico religioso y al acervo mitológico de sus artífices que los esculpieron hace más o menos 1.200 años.

El cuarto grupo son las ideaciones resultantes de una cultura popular, que han dejado y reproducido sus símbolos de carácter religioso, artístico y de manifestaciones relacionadas con el café. Dentro de este bloque destacamos los detalles de sus tallas en madera y de sus trazos pictográficos en murales de interiores o en locales comerciales, que pronto desaparecen, lo que hace de ellos un arte efímero.

El quinto grupo corresponde a los detalles de mampostería y de la arquitectura tradicional, que lamentablemente está esfumándose a ritmo acelerado. En muchas puertas, ventanas y zaguanes quedaron impresas esas figuras que también fueron el resultado del ingenio popular de los constructores. Como ocurre con los cielo rasos, no encontramos repetición en sus diseños.

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Un sexto grupo, muy especial, corresponde a lo lingüístico. Son los escasos nombres indígenas que se registraron en los escritos de algunos historiadores y que datan de los siglos XVI Y XVII en esta región del valle medio del río Cauca. La lista más detallada la documentó el escritor Juan Friede en las páginas 18 y 19 de ‘Los quimbayas bajo la dominación española’, libro impreso en los talleres del Banco de la República, Bogotá, 1963.

En esa recuperación documental, Friede presenta algunos nombres de caciques Quimbaya del territorio. Entre los más utilizados en la actualidad —lo que se conoce como toponimia indígena— están los nombres de Chalima, Tacurumbí o Cuturrumbí, Yamba, Consota, Pindaná y Tanambí. Es irónico que, para asignarle nombre a nuevos emplazamientos o negocios turísticos, se acudan a referentes extranjerizantes o de otras regiones de Colombia y del mundo, despreciando más de cien que están señalados en esta publicación.

Caso especial corresponde a la representación simbólica de carácter agrario. Ellos son las heliconias, los guaduales, los paisajes, la palma de cera, el nevado y otros, que generalmente están incorporados a los escudos municipales. Pero también se encuentran los referentes contemporáneos, más vinculados al contenido de sus atractivos. Dos ejemplos son la atalaya del parque del Café o la vaquita de Panaca.

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Qué buen día será el que nos topemos con un deseable recorrido que tenga base patrimonial. Un detalle, también esperado, es que él esté entroncado en una ruta con nombres sugestivos y vernáculos, cuyo logo sea la marca distintiva del paisaje cafetero y en su transcurrir se validen las características de esta tierra.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA



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