Región / NOVIEMBRE 15 DE 2020 / 1 año antes

La mentira como arma política

Autor : Diego Arias Serna

La mentira como arma política

No causa ninguna risa la falta de rigurosidad de muchos medios que dejan filtrar noticias falsas tanto de políticos como de gobernantes, sino que, por el contrario, las amplifican.

“El mayor amigo de la verdad es el tiempo; su más encarnizado enemigo, el prejuicio; y su constante compañera, la humildad”: Charles C. Colton —1780-1882—, escritor inglés.

Al estudiar la historia de la humanidad, se puede aprender que quienes llegan a gobernar jamás han querido dejar el poder. A él se accede ya sea por un golpe de Estado o, como se afirma, por elección popular. Aunque se dice que el pueblo elige, también es cierto que el votante está sometido a la manipulación, siendo una de ellas la mentira, y ya en el gobierno las falsedades persisten, repitiéndolas tantas veces que las convierten en ‘verdad’.

La conexión entre gobernantes y gobernados ha llevado a varios pensadores a expresar frases que reflejan ese vínculo. Por ejemplo, Víctor Hugo —1802- 1885—, escritor francés, expresaba: “Entre un gobierno que lo hace mal y un pueblo que lo consiente, hay una cierta complicidad vergonzosa”. 

Asimismo, Mahatma Gandi —1869-1848—, líder hindú, defensor de la no violencia, que murió asesinado, manifestaba: “Si hay un idiota en el poder es porque quienes lo eligieron se sienten bien representados”. 

También, Albert Einstein —1879-1955— afirmó: “A través de la lectura de libros de divulgación científica llegué pronto a la convicción de que muchas de las historias bíblicas no pueden ser verdaderas. Como consecuencia abracé con todas mis fuerzas la libertad de pensamiento y empecé a considerar que a la juventud la estaba estafando intencionadamente el Estado mediante la propagación de mentiras”.

En los tiempos de gran avance tecnológico y la llegada de las redes sociales, se ha facilitado que las mentiras se propaguen a gran velocidad, como ha pasado con las noticias falsas relacionadas con la Covid-19 y todos los grandes embustes dichos por el presidente de la Nación más importante, por ahora, del mundo: Donald Trump. 

Lo peor de esta actitud falaz de un gobernante, está en que polariza a la población. EE.UU. no es el único país donde se manifiesta este fenómeno, en Latinoamérica, por ejemplo, está presente en Brasil, Venezuela y Colombia, citando apenas 3.

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La mentira se convirtió en pandemia 

Sin embargo, el problema se manifiesta, además, en otras partes del planeta, por lo que es razonable afirmar que las mentiras, como un “arte de gobernar”, se han convertido en una pandemia que afecta a la sociedad, igual que la Covid-19. 

Es urgente la necesidad de obtener una vacuna contra la mentira. Y aunque ya se conocen remedios para combatirla, siendo uno de ellos la educación, lastimosamente hay que afirmar que, en los claustros escolares donde debe imperar la verdad, también brilla la mentira, con el cuento de la calidad. Educación que entrará a “cuidados intensivos” con esto de la formación virtual. 

Estando ya agotados con todas las mentiras como se ha gobernado a Colombia en las últimas décadas, está bien poner la lupa sobre el caso de Trump, por ser de actualidad, aunque en en otros gobiernos de EE.UU. la falsedad también ha florecido. Recordemos las emitidas por el mandatario del momento cuando se justificó la invasión de Irak, mentira repetida por otros presidentes que aplaudieron ese acto. Se afirmaba, no siendo cierto, que Saddam Hussein poseía y desarrollaba armas de destrucción masiva. 

El New York Times, importante periódico estadounidense, le ha hecho seguimiento a las mentiras de Trump durante su mandato -que por fortuna ya está terminando- y ha dicho que son más de 20.000. 

Frank Bruni, columnista de opinión de ese medio, escribió el 6 de agosto de 2019 el artículo titulado: Las mentiras más grandes y peligrosas de Donald Trump, en el que señala que “no hay mayor farsa que cuando un presidente denuncia lo que él mismo representa. Ese es el caso del mandatario de Estados Unidos”.

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Bruni inició su columna expresando: “Cuando un presidente solicita la redacción de un discurso especial, convoca a los medios nacionales y envía un mensaje a todos los estadounidenses de que en el país no hay lugar para “ideologías siniestras” de “racismo, intolerancia y supremacía blanca”, la respuesta normal es aplaudir. Sin embargo, esta no es una época normal. Donald Trump no es un presidente normal. Y esas palabras —que pronunció el lunes 5 de agosto—, me dieron asco porque fueron concesiones convencionales, baratas y vacías”.

La falsedad, herramienta del demagogo o político 

El periodista estadounidense menciona que “su discurso fue una pantomima de dignidad para proteger a sus aliados del partido Republicano. Y fue un descaro. ¿Trump, el sanador? ¿El unificador? Me he habituado peligrosamente a sus mentiras —¿Cómo no hacerlo cuando dice tantas?—, pero esta fue tan grande que me dejó petrificado. Y me aterró porque, cuando finge que lo que ha hecho no es intolerante ni racista, que no está promoviendo una narrativa de que la gente blanca pertenece a Estados Unidos, pero vive bajo la amenaza de la gente oscura que no fomenta esa misma ilusión en sus seguidores. No los está confrontando. Los está librando de toda culpa”.

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Nadie puede negar que la mayoría de los políticos mientan, pero ninguno le gana a Trump. Hay que agregar que este ingrato personaje participa en la perspectiva de mentiras totalitarias, que son diferentes a las mentiras convencionales de los políticos tradicionales, ya sean de izquierda o de derecha. Peor aún, él actúa como el líder de una secta; y está convencido de que sus mentiras están al servicio de una verdad basada en su fe, que alimenta su maléfico ego. En ese sentido se parece al otro ingrato personaje criollo, que le ha hecho tanto daño a Colombia, así manejen la mentira de ser un gran líder. 

Las mentiras de Trump han estado complementadas con su negacionismo de todo: para él no hay cambio climático, no había Covid-19, hasta cuando fue víctima del virus, no hay liderazgo chino, no hay desigualdad social, no hay retraso tecnológico de EE.UU. —cuando es palpable que los chinos los están devorando—, no hay racismo, y aplaude cuando unos policías blancos asesinas a un hombre de color. 

Son tantas las mentiras que dicen gobernantes, políticos y demagogos, que ya acostumbraron a la sociedad a convivir con ellas, y las consideran, sin vergüenza, como herramienta necesaria y legítima. Cuando se tiene una sociedad que lee poco, no analiza las noticias y “traga entero”, la mala hierba pelecha. El asunto es peor si hay medios periodísticos que las aplauden y difunden.

Leer es la vacuna contra la mentira

Antonio Gala —1930—, escritor español, nos enseña: “Gran parte de lo que nos pasa lo evitaríamos leyendo. Desde la corrupción hasta los malos empresarios, desde los políticos de tercera hasta los ambiciosos de cuarta; desde nuestras personales desazones hasta nuestra extrema vanidad. Leyendo disminuiríamos nuestra ignorancia y aumentaría nuestra imaginación”.

Termino con Federico Finchelstein —1975—, historiador argentino, quien el 12 de noviembre 2020 escribió en Posturas, periódico Austral, el artículo titulado: Las mentiras de Trump: una lección para los medios. Así se expresa: “Donald Trump perdió las elecciones presidenciales estadounidenses, pero aún prefiere vivir en el mundo alternativo que le ha creado su propia propaganda. En este universo bizarro, se le considera un héroe invencible de proporciones míticas que decide qué está bien y qué está mal, qué es falso y qué no”.

Añade: “En verdad, Trump primero mintió diciendo que ganó las elecciones y luego durante días negó su innegable derrota, pero en el trumpworld, el líder sigue siendo considerado el vencedor. Esta negación fanática de la realidad constituye una esencia clave del trumpismo”. 

Además, formula que la circulación por los medios de las mentiras de Trump fue moneda común en los últimos 4 años. Pero esto ha cambiado al perder las elecciones, aunque, haciendo honor a su virtualidad con la mentira, sigue negando su pérdida. 


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