Región / ENERO 13 DE 2020 / 1 mes antes

Quindío 2020, el plan que pudo haber cambiado el futuro del departamento

Autor : Eddie Polanía R.

Quindío 2020,  el plan que pudo haber cambiado el futuro del departamento

Ante el panorama poco halagador de un futuro escasamente promisorio ¿no resulta válido reabrir el debate sobre nuestro porvenir e intentar un Nuevo Pacto Social Quindío 2040?

“Muchas cosas tendrán que cambiar a partir de ahora para que desde el miércoles primero de enero del 2020, los días sean diferentes y felices para todos los quindianos”, dice el Plan Estratégico Quindío 2020, en su página veinticinco, lanzado a comienzos del milenio, en el año 2000. 

Pero las cosas, conforme se propusieron, entonces, no cambiaron en las dos décadas siguientes, continuaron igual. Por ello el Quindío hoy —veinte años después— no es el edén de Colombia, la paz es frágil, no es participativo ni agroindustrial, el verde del paisaje está en peligro y la calidad de vida y el turismo no alcanzan las condiciones deseadas.

Todo marcha a medias, diferente al querer de la propuesta construida colectivamente bajo las lágrimas y las incertidumbres causadas por el terremoto del 25 de enero de 1999. 

Lamentable que un ejercicio de la dimensión ciudadana, prospectiva y técnica, elaborado para dotar al Quindío de una hoja de ruta con grandes propósitos de desarrollo, y en cuya formulación colaboraron la universidad de los Andes, la Nacional, la U de Antioquia, del Valle, del Quindío, además de destacadas organizaciones —nacionales, regionales y locales— de la sociedad civil y personajes de la academia, la política, la investigación, la planificación y la ciencia no hubiese sido acogida por los gobiernos subsiguientes a la tragedia, pues infortunadamente llegado el momento de ejecutar el plan, todos le incumplieron a la región, retomando cada quien sus intereses particulares, apartándose del interés general, del dialogo, del consenso, del análisis, de la reflexión. 

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Punto de inflexión 

A pesar del impacto destructivo del desastre, el año 2000 pudo haber marcado el punto de quiebre de nuestra historia si hubiésemos sido más que inteligentes, estratégicos, en razón de la reconstrucción de la que fue objeto la región. Solo que en la visión del Forec lo estructural no tuvo resonancia, habida cuenta de la tesis oficial de que las millonarias inversiones en construcción de vivienda e infraestructura reactivarían la economía y contribuirían a resolver el resto de problemas. A la larga no fue así. Si bien la política pública resolvió la coyuntura, los desajustes subsistieron y todavía se mantienen. Los problemas del Quindío no se resolvieron, ni se resuelven hoy con un crecimiento económico tan disminuido y desequilibrado. 

Dada su complejidad exigen reformas estructurales que provoquen cambios de fondo, pues no siempre el desarrollo resulta de invertir miles y miles de millones. La mayoría de las veces es cuestión de acumular capital social precioso activo que poco nos deslumbra. Por ello y para señalar la gravedad, la propuesta de reactivación económica —de Q-2020— dirigida al Forec el 22 de noviembre de 1999, puntualizó: “… esta crisis puede entenderse como el proceso de deterioro social, económico e institucional, y de estancamiento productivo, que está comprometiendo seriamente las posibilidades de crecimiento y desarrollo departamental, lo cual se manifiesta en el surgimiento de graves y diversos problemas que progresivamente degradan la calidad de vida de la población y estimulan el surgimiento de nuevos campos de tensión y de conflictos”. 

El documento señala —además— que si bien el origen de la crisis radica en la obsolescencia del modelo económico, del sistema educativo, de la cultura, los valores, del deterioro de las instituciones y de la ineficiencia oficial, el principal problema es la falta de voluntad política de los gobernantes. —Pág. 32—. 

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Por qué un plan estratégico

Contando con un diagnóstico legitimado en la participación, la idea del plan se inspiró, entre otros, en las teorías de Jordy Borja y de Manuel Castell, quienes reconocían la tendencia a la transformación económico-cultural del mundo y su persistencia en los siguientes años. Igual, se acogió el marco conceptual y la experiencia del Plan Estratégico de Barcelona, Sidney, Curitiba y Antioquia, regiones empeñadas en planificar el presente y el futuro. Dicha perspectiva devino en ideas cruciales que sirvieron de armazón al Plan Q-2020: el largo plazo, la visión, la continuidad de las políticas públicas, la participación, el consenso, la asociatividad y la construcción de un futuro común. Entre los varios objetivos del plan refrendados el 9 de junio del 99, por las autoridades, los representantes de las instituciones públicas y privadas, los gremios y la sociedad civil, los dos siguientes se cuentan entre los más trascendentes: “Hacer de la reconstrucción un proceso estratégico que permita el desarrollo de nuestras potencialidades, lo mismo que la generación de los cambios estructurales que requiere la región para superar sus problemas y alcanzar el desarrollo integral”; “Declarar este proyecto patrimonio colectivo y mantenerlo como una aspiración social loable más allá de los particularismos locales y regionales…”. El 15 de diciembre se hizo pública la visión: “En el año 2020 el Quindío será el edén de Colombia: en paz, participativo y verde; agroindustrial y turístico. Una oportunidad con la mejor calidad de vida”. 


Queremos un Quindío...

El conocido aforismo chino de que toda tragedia es una oportunidad destacó en el marco del desastre. La idea dominante fue la de promover un nuevo tipo de sociedad, cuyos primeros trazos emergieron en las reflexiones realizadas con todas las gentes del departamento: queremos un Quindío democrático, justo, participativo, sostenible, globalizado y con opciones de desarrollo para todos; moderno, verde, altamente productivo, donde estén representados e integrados todos los actores de la sociedad; sin hambre, bien nutrido y sin desempleo; con mucha paz, desarrollo y educación; equitativo y sin pobreza, autosuficiente en agua y energía; con excelente infraestructura productiva y social; exportador de bienes y servicios y con un alto nivel de vida; una ciudad-región educadora, armónica, planificada, turística y segura; con cultura y clase política moderna, turístico y sin corrupción.
 


Q-2020 no inventó fórmulas, teorías ni nada por el estilo. Solo interpretó las expectativas ciudadanas partiendo del principio de que “Si íbamos a recuperar la región lo hiciésemos entre todos”.

 

Ocho estrategias 

Durante los terribles días, los quindianos no aspiraban a otra cosa que superar los males de la crisis cafetera mundial del 89, de la crisis financiera de los 90, e internamente las secuelas del agobiante clientelismo, de la corrupción, de la politiquería y del terremoto. Q-2020 no inventó fórmulas, teorías ni nada por el estilo. Solo interpretó las expectativas ciudadanas partiendo del principio de que “Si íbamos a recuperar la región lo hiciésemos entre todos”. Para ello el plan —elevado a la categoría de ordenanza— construyó nueve estrategias de largo plazo, para que fueran traducidas en acciones y políticas públicas por los siete gobernadores, siete alcaldes y las siete asambleas que se elegirían hasta el 2020: Muy quindianos, muy universales —cultura—; Aprehendiendo el camino al futuro —educación—; Hacia una sociedad del conocimiento —ciencia y tecnología—; Crear capacidad para una vida larga, sana y feliz —salud—; Quindío, el paraíso que todos queremos —paz, derechos humanos y convivencia—; Los jóvenes también somos presente —juventud, recreación y deporte—; Compromiso con el verde de mi tierra entrañable —medio ambiente—; El poder para servir con justicia y equidad —política—; Reconversión para el desarrollo con equidad —economía—. 

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Qué hubiera sucedido si...

En un ejercicio poco acostumbrado de análisis historiográfico, preguntémonos qué estuviera sucediendo si se hubiesen acogido las propuestas del Plan Estratégico. En primer lugar, tendríamos al menos una ruta de largo plazo a la vista, e indudablemente ese camino alumbrado por los intereses de los quindianos resultaría más halagador que la incertidumbre que se vive en este presente deleznable y líquido, por el que hacia el futuro solo se avizoran más y más problemas. Por ejemplo, en el ámbito económico al cabo de veinte años de trabajo sistemático y juicioso, con seguridad se hubiera avanzado en la reconversión y diversificación productiva consolidando la agroindustria, las empresas de base tecnológica y la logística de transporte, en la medida en que se hubiesen impulsado las políticas de investigación, ciencia y tecnología. La propuesta de un estado en red en contraposición al Estado jerárquico y antidemocrático que rige, seguramente hubiera abierto sus espacios a la participación, a la gobernanza y a la desclientelización. Entre tanto, la revolución educativa propuesta alrededor de los nuevos paradigmas de la ciencia, del conocimiento de la pedagogía, de las inteligencias y del acceso gratuito a la universidad pública —para los sectores sociales desfavorecidos— con seguridad hubiera graduado ya los primeros quindianos del siglo XXI. Y así sucesivamente, inspirados en la filosofía del cambio promovida por el Plan Estratégico, se hubieran podido materializar los sueños de quienes veinte años atrás creían que en el año 2020 el Quindío podía llegar a ser: “Democrático, justo, participativo, sostenible, globalizado y con opciones de desarrollo para todos”. 


Necesidad de reabrir el debate sobre el futuro del Quindío

Frente al propósito de construir un proyecto de transformación, Quindío 2020 no ahorró esfuerzos políticos, sociales, técnicos e interinstitucionales para convertirse en una hoja de ruta coherente con las expectativas sociales, con la capacidad de auto-determinación y con la necesidad histórica de construir un pensamiento renovador, al que —por desgracia— los actores determinantes del desarrollo desoyeron. Mas la historia cobra siempre los errores. Hoy, ante las realidades punzantes del atraso debemos reconocer que veinte años perdidos es demasiado tiempo cuando están en juego la vida y el bienestar de la población, la legitimidad de las instituciones y el avance de la región. Ello induce de facto a una pregunta éticamente impostergable: ante el panorama poco halagador de un futuro escasamente promisorio ¿no resulta válido reabrir el debate sobre nuestro porvenir e intentar un Nuevo Pacto Social Quindío 2040? ¿Acaso, no es hora de pensar en el interés general y en las generaciones que dejaron de ser futuras, y esperan respuestas afuera, agolpadas en las calles? 

                 

 



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