Región / ENERO 20 DE 2020 / 1 mes antes

Salento de la tranquilidad y las tradiciones

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Salento de la tranquilidad y las tradiciones

"Solo en el recuerdo de los que nacimos, crecimos y vivimos en la casa de bahareque nos queda el verdadero sentido de dicha arquitectura, como sismorresistente, fresca, humilde y amplia que es".

Salento, en este momento, es el municipio más congestionado de Colombia por los ríos de turistas caminando por sus calles y en el entorno de su plaza principal. Irónico destino si tenemos en cuenta que en las décadas de los setenta y ochenta del siglo XX ocurría todo lo contrario, cuando llegábamos, de vez en cuando, en cualquier día de la semana y hasta el domingo, a saborear las delicias culinarias en una tienda o restaurante popular. Solo encontrábamos soledad en sus calles, mientras la niebla invadía el territorio. Los caballos de los arrieros eran enjalmados o se les cambiaba las herraduras en las vías principales. Los hombres adultos, con sus ruanas siempre, hablaban plácidamente en los bancos de cemento del parque donde se habían marcado avisos de negocios o nombres de benefactores. Mientras tanto, pasaban a lo lejos, por sus andenes o por el centro del parque, los niños gariteros con sus portacomidas o canastas con viandas, también con sus pequeñas ruanas. También iban o venían las mujeres adultas con sus pañolones o los hombres jóvenes con sus sombreros y sus portes de campesinos montañeros.
 


 

Si no fuese por las fotografías que esto testimonian, no se podría creer que ese era Salento de nuestros recuerdos. Hoy es el cosmopolita, bullicioso y global poblado, donde uno escucha en sus rumores de la congestionada calle real los acentos y lenguas de sus caminantes, testimoniando ello que ya es la capital del turismo masivo del mundo entero. 

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Sus casas de bahareque, como todas las del Quindío, no poseían los variados colores de hoy. Eran color pastel en un solo pincelazo, que se combinaba con el blanco de la pared, cubierta de un baño de cal y que a su vez escondía o camuflaba la boñiga o estiércol de caballo, que desde su construcción, habían esparramado los constructores de entonces sobre la noble esterilla de guadua, amarrada con alambre y que se aseguraba con la puntilla oxidada hoy, pero fina de entonces. Es el bahareque, la técnica constructiva que ahora se desprecia porque simboliza, para los empresarios del turismo, la ruina, la pobreza y la proliferación de insectos. Irónico contraste con algo que es la esencia única y singular del Paisaje Cultural Cafetero, ese cliché que todos mencionan hoy, pero que no valoran culturalmente. Pues sólo les interesa el mensaje económico y lucrativo que esa sigla, PCC, como patrimonio de la humanidad que es, representa y debe representar para los quindianos y colombianos.

 


 

Solo en el recuerdo de los que nacimos, crecimos y vivimos en la casa de bahareque nos queda el verdadero sentido de dicha arquitectura, como sismorresistente, fresca, humilde y amplia que es. En un conversatorio realizado en Salento, meses después del terremoto de 1999, las frases pronunciadas por sus participantes quedaron solo en el papel, porque las administraciones que han gobernado desde entonces —cinco a seis alcaldes— las han despreciado e ignorado. Por eso Salento y Quindío de hoy son desfigurados y despersonalizados en su arquitectura local.

Una de las tradiciones despreciadas de Salento es la siembra de huertas y jardines.
 


 

Para los viejos, en el marco de su vida cotidiana, y especialmente para las mujeres, es de mucha importancia la existencia de esos cultivos. En los primeros espacios —muy reducidos por cierto hoy— se siembran las plantas medicinales y algunas hortalizas. Los jardines están ubicados en los patios interiores y corredores de las viviendas tradicionales. Se pueden encontrar plantas que reciben nombres diversos, curiosos y muy socializados por los adultos mayores: novio, casco de buey, oreja de burro, petunia, madreselva, geranio, helechos, cartucho, margarita, ojo de Cristo, san Juaquín, millonaria, besitos, hortensia, lágrimas de la virgen, begonia, anturios, lágrima de bebé, cheflera, glosinia, cuerno de venado, matarratón, mano de tigre, pencas, sinvergüenza, cinta, sábila, crisantemos, conservadoras, violetas, mirto, hoja de congo, limoncillo, diente de león, rosas, azucenas, cola de caballo, hierbabuena, cañofístola, dalias, prontoalivio, verdolaga, hierbaluisa, tomatera, pico e’ loro, trompeto, ruda, amor seco, tomatera y siempre viva, entre otras especies vegetales. Llegaron con abuelos y abuelas, en medio de sus equipajes de colonización, al principio de la fundación de pueblos, como se registra en un interesante inventario compilado en el libro Adultos mayores y quindianidad, por Roberto Restrepo, Luz Marina Posada y Sebastián Londoño. Gráficas Superior, Armenia, 2010. 

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Las hojas de estas plantas también se consiguen generalmente en las plazas de mercado donde los adultos mayores las expenden y recomiendan su uso. Solo en el municipio de Salento, donde se encuentran solares distribuidos en el interior, el jardín lucha por conservase, gracias al cuidado que dispensan los viejos. Esta costumbre centenaria, que se ha ido perdiendo por el influjo turístico, debido a la invasión del espacio amplio de las viviendas, para acondicionarlas al destino comercial que requiere la atención del turista, también se ha extendido al cultivo de las plantas medicinales. Una de esas tradiciones se dio en la vereda El Agrado, donde una familia de tres hermanas mantuvo viva la fabricación casera de infusiones aromáticas, junto con la elaboración del jabón de tierra. 

Se trataba de las Luna Colorado. Betulia, la última sobreviviente de esas labores en 2010, dice en su testimonio que, junto con sus dos hermanas, recibió las enseñanzas de su madre y de su abuela. Al morir su hermana Tulia, con más de cien años de edad, doña Betulia pasó a ser la única portadora de la tradición del jabón de tierra. Mencionaba que su proceso era muy antiguo y comenzó en la vecina vereda de Palestina:

“Mis antepasados hacían estilos de lejía pura —ceniza de leña—, que luego de ponerse fría se mezcla con agua. Esta combinación destila un agua que se cocina en una gran paila, se le echa romero y sábila en el fogón. Luego se mezcla el agua con la ceniza y posteriormente esta combinación suelta agua que se cocina en una gran paila con el cebo de la riñonera de novillo”. 

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En el momento de recoger ese testimonio, era inminente la desaparición de esta tradición, pues, entre otras razones, se reducía su elaboración, dado que no había a quien venderle el producto, que antes se expendía en la plaza de mercado de Armenia. Los secretos de la preparación, cuya clave es “aprenderle el punto” al mezclar en las grandes pailas, se callarían.

Otros preparados de las hermanas Luna Colorado eran velas de cebo, aceite de higuerilla y aceite de pata de res. Se tiene por cierto que fabricaban el mejor jabón de tierra de la región, al cual se le habían comprobado propiedades medicinales contra la caspa, artritis, acné y sarpullido.

El aceite de higuerilla, elaborado por doña Ana Eva, otra hermana de doña Betulia, era utilizado para engrasar maquinarias pesadas, además de sus propiedades curativas. El aceite de pata de res era utilizado para fortalecer el cabello y los músculos.

Todo ello quedó en el pasado. Betulia y sus hermanos se fueron a la eternidad y, con ellas, la tradición. 


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