Opinión / OCTUBRE 12 DE 2012

Ambigüedades políticas

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  El triunfo de Hugo Chávez en Venezuela para un tercer período ha desafiado la teoría democrática tradicional y ha evidenciado la ambigüedad ideológica de los opinadores políticos en Colombia.

Los resultados no se discuten a la luz de las cifras. Según el Consejo Nacional Electoral de ese país, con una participación del 80.67%, y con el 98.4% de las mesas escrutadas, Chávez obtuvo 8.135.192 votos, equivalente al 55.25%, y Henrique Capriles obtuvo 6.498.776 votos, equivalente al 44.14%. El hecho de que el propio Capriles hubiera aceptado rápidamente el triunfo de Chávez otorga mayor legitimidad a unas elecciones que, dado el grado de participación tan alto (15.007.927 electores), ya han sido caracterizadas como históricas.

El portal digital la Silla Vacía tituló que el triunfo de Chávez era una mala noticia para la democracia venezolana, dejando ver que la continuidad de un estilo de gobierno que se ha caracterizado entre otras cosas por “un creciente amordazamiento de la prensa y una defenestración de la oposición”, es lo que peor que podía pasar, dadas las alternativas existentes, más allá de si existía igualdad de condiciones con un candidato como presidente en ejercicio y con la chequera de Pdvsa de apoyo.

Por otra parte, hay quienes sostienen que si el 54% de los venezolanos consideró que Chávez debía ser reelegido, eso significa que más de la mitad decidió que eso es lo bueno para Venezuela, máxime si en ese porcentaje mayoritario se evidencia una aprobación de un gobierno que ha reducido la pobreza a la mitad y disminuido la inequidad social con programas sociales que han sido considerados asistencialistas, pero que finalmente le llegan a los más pobres del país, quienes son los que finalmente reeligieron la continuidad de la llamada revolución bolivariana.

En este debate se pone en evidencia la tensión entre democracia y Estado de derecho. Los analistas políticos generalmente son defensores del Estado de derecho y de eso que se conoce como las instituciones y las reglas del juego. Saben del riesgo de subordinarlas a la impredecible fiebre democrática. El pueblo, en general prefiere la democracia, y así como la mayoría quiso a Chávez, la mayoría en Colombia quería a Uribe, a pesar de los riesgos que ello implicaba, hasta que la Corte Constitucional se atravesó, recordándonos que una democracia es madura cuando se puede expresar en el contexto de una reglas institucionales y con respeto de los derechos de las minorías, de la oposición y con plena libertad de expresión.

A Chávez y a Correa se les tilda de autócratas por golpear a la oposición y a los medios de comunicación como expresiones políticas de la oligarquía, y sus triunfos democráticos son mirados con recelo por parte de analistas que saben de la democracia más como categoría teórica que como realidad social.

Ya va siendo hora de dar una discusión seria sobre lo que entendemos por democracia, porque lo cierto es que la teoría tradicional, la que valora la alternancia en el poder como un valor sustancial de la democracia, se está quedando corta para dar cuenta de las nuevas realidades políticas en América latina.


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