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Opinión / ABRIL 08 DE 2015

Carta abierta a un furibundo

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Leí con asombro y pesar una carta suya que me injuria, señor Juan Manuel Roca. Aparte de los chistes fáciles, celebrados hasta el cansancio por sus adláteres, encuentro su texto vacío de argumentos, indigno de un escritor de nombradía nacional, con dos doctorados honoris causa en la solapa. En varios momentos le aclara usted a Fidel Cano, el destinatario y víctima de sus confusas líneas, que no piensa darle lecciones de periodismo. Bien dicho, pues, la verdad, si me limito al contenido de su perorata, usted del oficio sabe poco. Juzga mi ética personal y profesional sin siquiera conocerme lo suficiente para hacerlo con propiedad.

Entrevistar a alguien, trascribir las respuestas tal cual el personaje las dijo, no es faltar a la ética. ¿Por qué habría de serlo? ¿Acaso era mi deber apagar la grabadora o eliminar los pasajes adversos a los intocables personajes de la vida nacional? O mejor, ¿debí no entrevistar a Alvarado Tenorio, así su libro me haya parecido divertido y venenoso? No, señor Roca, aquello por lo que usted me censura —la fidelidad a las declaraciones ajenas—, es precisamente señal de respeto por la profesión. Por fortuna, los periodistas culturales no aplicamos la lógica excluyente del amiguismo, en la cual usted ha sido maestro insuperable, dispensando zalemas o denuestos según soplen los vientos de la conveniencia.

Me molesta de su epístola el abierto interés no en refutar a Harold Alvarado Tenorio, a quien usted llama poeta malogrado –juicio estético que evidencia sus veleidosos, estuve a punto de escribir camaleónicos, criterios: un ditirambo suyo publicado en la Revista Iberoamericana de Pittsburgh eleva a las cumbres del parnaso al hoy vilipendiado autor de Proverbios– sino en pedirle, cual Salomé posmoderna, mi cabeza al señor Fidel Cano, al tiempo que lo cree menor a los retos de la estirpe liberal de los Cano. ¿No se le hace una actitud alejada por completo de los ideales democráticos? ¿No ve en ello el talante propio de la caverna conservadora o del izquierdismo carnívoro? ¿Lee, entre flashes, poemas en Cumbres por la Paz y se enfurece porque alguien se atreva a cuestionarlo? Además, permítame serle franco, sus razones son deleznables: ¿Haber trabajado en el magazín dominical de El Espectador lo hace inmune a las críticas, sean estas acéticas o no? ¿Para entrevistar a alguien o reseñar un libro debe el periodista revisar el índice de los vetados por usted o por el ministro de turno o por quién sea? ¿Solo podemos, los reporteros, cubrir las novedades editoriales de los miembros de su sanedrín? Ni más faltaba. La zanahoria y el garrote funcionan con los burros, no con los ciudadanos.

Lo confieso, hubiese guardado silencio ante su injusto alegato —al fin y al cabo no me sorprende, y aquí corrijo la primera línea de esta misiva, pues varios amigos suyos de ahora y de antes me dicen que no es usted una persona tolerante a las reparos a su obra o sus actos— de no ser este una ataque a la libertad de expresión e información. Dice usted en dos pasajes: “(…) una cosa es la democracia y otra, muy otra, la promiscuidad”. Su prosa, aquejada por una sintaxis enmarañada, destila nociones ultramontanas de la vida. A esta altura, asume usted los rasgos del conservadurismo pacato, alérgico al debate, capaz de esgrimir a la menor oportunidad, como el senador Merlano y Nicolás Gaviria, las credenciales de un prestigio marchito: usted no sabe quién soy yo. Eso, la promiscuidad, motivo de escándalo, lo llamo yo libertad plena y consciente. Así moleste, así sea urticante o revulsiva, saludo la promiscuidad, tan necesaria en países como el nuestro. Promiscuidad de ideas y conceptos, de banderas y partidos. Esto lo saben los liberales de verdad y los lectores de Aristófanes, Quevedo, Rabelais, Voltaire, Swift, Wilde, Klim, Orwell, Hitchens, Bolaño, Umbral, Antonio Caballero, Fernando Vallejo. No me extraña que usted no.


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