Opinión / AGOSTO 13 DE 2020

Consciencia para la conciencia

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Marvin Minsky denomina la palabra conciencia, la “palabra maleta”, por el uso generalizado en distintos contextos y lo prolífico de significados. 

Es tal el abuso en el uso de la palabra como clamor general, que ya es paisaje o muletilla sin trascendencia en conversaciones, arengas o escritos con algún asomo o intención de reclamo. Por ejemplo, es una crítica a la inconciencia y desatino de las estructuras de poder que gobiernan por fuera del interés general. 

Conciencia se exige a los ciudadanos que no usan o llevan mal el tapabocas; de igual manera, se exige conciencia para quien no cuida del ambiente o lo saquea sin consideración alguna; así mismo, se reclama conciencia al momento de elegir; por eso, un desatino quejarse. Alguien dice: tienen lo que merecen.

Sobre los significados de las palabras consciencia y conciencia, debo advertir que la RAE eliminó la s y prescribe el significado según el contexto. Pero en esta oportunidad, desde las neurociencias es evidente la diferencia, veamos. Eccles en la publicación ‘El cerebro y la experiencia consciente’, resultado de los más destacados debates al respecto, señaló los tres aspectos sobre los cuales se centraron los debates sobre la conciencia: percepción, acción y volición. A su vez, William Thorpe, al respecto desarrolló tres componentes: primero, una consciencia de sensibilidad interior, o sea, tener percepción de sí mismo. Segundo, una consciencia del yo, de la propia existencia. Tercero, la idea de conciencia incluye la de unidad; es decir, la fusión de la totalidad de las impresiones, pensamientos y sentimientos que configuran el ser consciente de una persona en un todo único.

Todo lo anterior para dejar planteado que para llegar a la conciencia del sentir, pensar y actuar conforme al interés general —o sea, congruencia— es requisito que el sujeto tenga la claridad sicofisiológica de la capacidad perceptiva, de la consciencia de la percepción y la capacidad de actuar y reaccionar en consecuencia, lo que quiere decir: tener la conciencia de que el comportamiento y la conducta afectan el entorno y a quienes lo conforman, incluido él mismo.

Por lo tanto, se esperaría que quienes ostentan la responsabilidad de representar el poder conferido por la ciudadanía o que aspiran a ganarlo, sepan de la obligación moral 

—conciencia— de diferenciar entre lo conveniente o no para el común. Pero adquirir esa capacidad es costoso emocionalmente porque implica capacidad para la previsión y autocrítica para evitar dañar y superar el impulso ególatra —consciencia—; lo cual, en el contexto de una sociedad al extremo desigual, donde todos padecen la necesidad o el temor a sufrir la escasez, retarda la consciencia para llegar a la conciencia. O sea, abstenerse de esperar peras del olmo.


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