Opinión / SEPTIEMBRE 24 DE 2020

De policías a vándalos

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La búsqueda de una explicación a las conductas violentas, letales y primarias de los agentes de policía que generaron emociones y reacciones negativas en la población, requiere la perspectiva de la naturaleza humana. Perspectiva recomendable en el interés por comprender conductas tan primarias como las que produjo el comportamiento vandálico del cuerpo policial, primera página en todo el mundo. Sin embargo, lecturas sesgadas por la ideología —cuando no de intereses políticos— restringen el análisis y dificultan su comprensión, asunto estructuralmente contraproducente, si es que se quiere corregir y prevenir. 

El enfoque desde la naturaleza humana indica que esa es una conducta factible de repetirse e incluso potenciarse por cualquier miembro de la fuerza pública que esté en campo y viva en un país cuyo contexto ideológico dominante utiliza la violencia para mantener el poder; porque como bien lo dijo Carlos Valdés, exdirector del Instituto Nacional de Medicina Legal: “…la violencia es el arma del poder…”, aseveración que ratifica Stiven Pinker, quien —como especialista en estos temas— afirma que “…Colombia es un país bastante inusual… tiene tasas de violencia mucho más altas de lo que uno esperaría si mira el nivel de desarrollo”. Situación que se perpetúa por la actitud y disposición de “una sociedad que se siente amenazada por la violencia”, lo cual hace que viva un estado de ansiedad permanente, como asevera David Barlow, fundador del Centro de Estudios de Ansiedad y Trastornos Relacionados de la Universidad de Boston. 

Así mismo, se presenta el dilema de la seguridad o la trampa hobbesiana en la que se enfoca el gobierno para categorizar como monstruo —Leviatán— al que protesta, manifiesta descontento o reclama justicia, equidad o dignidad, como terrorista, delincuente, vándalo o cualquiera otra denominación peyorativa conducente a la despersonalización del inconforme, para legitimar y justificar el uso de la fuerza desmedida y predadora e imponer el orden y preservar el establishment. De esta manera, los miembros de la fuerza pública sienten con entusiasmo ser la expresión de la institucionalidad con licencia para la letalidad; por lo tanto, actúan en consecuencia. Conducta reforzada por la jerarquía política al obviar los hechos y enaltecer la reacción de sus súbditos armados. 

Sin embargo, las reacciones desde diversos ámbitos, incluido el internacional, presionan al gobierno a una sutil y conveniente jugada de corrección política y enmascaramiento del heroísmo de sus servidores —policías— a vándalos —manzanas podridas— que ‘actuaron’ por fuera de la institucionalidad. Así pues, tal y como están las cosas, difícil corregir porque persiste el lineamiento ideológico gubernamental del Leviatán como pretexto.


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