Opinión / SEPTIEMBRE 24 DE 2020

Educación para la democracia

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De las cenizas esparcidas por la destrucción de dos guerras mundiales surgió una pléyade de intelectuales dispuestos a desplegar las alas del ave fénix. Uno de estos ilustres pensadores fue Chaïm Perelman en colaboración con la señora Lucie Olbrehcts-Tyteca, quienes se propusieron rescatar la retórica, pieza fundamental en una auténtica democracia.

En esta reconstrucción también había que recobrar la escuela, fuente del ejercicio ciudadano. En su libro: El imperio retórico, Perelman describe una discusión crucial dada en la antigua Grecia sobre cuales maestros deberían educar a los jóvenes. 

En un extremo estaba Platón, considerando que este oficio podría ser desempeñado por los filósofos mediante el método dialéctico cuyo objetivo sería enseñar la verdad. A esta hipótesis se oponían los retores, con Protágoras a la cabeza, fundamentando la conveniencia de ser los retóricos los que formaran a la juventud para habitar la polis como ciudadanos, ofreciéndoles técnicas de persuasión para así lograr acuerdos sociales.

Ahora, los autores de la Nueva retórica se inclinan por la propuesta de estos últimos aconsejando a los gobiernos contemporáneos rescatar este antiquísimo saber, formador de individuos para una democracia dinámica. A esta recomendación se adicionaron estudiosos de la dialéctica como Gilles Declercq en su libro: El arte de argumentar, propendiendo la inclusión de nuevo de la retórica en la enseñanza escolar; y uno de los seguidores de Perelman, Michel Meyer, en su reciente texto: Principia rethorica, señala la importancia de adquirir destrezas argumentativas para vivir en sociedades heterogéneas. 

Sin embargo, ha persistido la idea platónica, distorsionada hoy, hacia una experticia profesionalizante que no responde al cúmulo de crisis sociales, económicas y de salud, además, de la violencia generalizada, con una educación al parecer que se interesa solo en producir profesionales competitivos sin competencias ciudadanas.

Porque las crisis actuales no se resuelven con gobiernos fuertes o tolerantes sino con ciudadanos conscientes de sus responsabilidades atendiendo a sus deberes y ejerciendo sus derechos; y para que esto se logre, es necesaria una educación con alto contenido humanista propendiendo por competencias ciudadanas para que las nuevas generaciones siembren las bases de un futuro esperanzador.

Es hora, pues, de que los profesores y estudiantes, la base fundamental de la educación, reflexionen sobre el papel de la escolaridad en estos momentos cruciales en que las sociedades parecen derrumbarse, y se dispongan a vislumbrar un norte posible para garantizar la formación de sociedades democráticas.

 


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