Opinión / SEPTIEMBRE 23 DE 2020

¡El honor de ser el alcalde!

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

No es la primera vez que reclamo públicamente por el tratamiento incorrecto que la Procuraduría General de la República le ha dado a la ciudad y al departamento, víctimas durante muchos años de la bochornosa conducta moral administrativa y política de Quindío y por la presencia de organizaciones políticas-criminales dedicadas a la corrupción pública para beneficiar a particulares y abastecer las cuentas corrientes, bolsillos, cajas fuertes y bienes de gobernantes y patrocinadores electorales. 

Con apego a la Constitución he solicitado, pero también exigido, el cumplimiento de los deberes que nos señala nuestra carta constitucional. Le es dable a la sociedad protestar por el cumplimiento de los derechos fundamentales, verbigracia el derecho a la vida que los violadores de los derechos humanos pisotean, tal cual lo hacen las estructuras criminales que se escudan en las extremas derecha e izquierda para, al amparo de ideologías obsoletas, justificar la anormalidad a la que someten al país los delincuentes.

Ningún funcionario en Colombia puede reclamar para sí dignidades, si desconoce el decoro, si no es digno de poseerlas. En esta confrontación pública en la que hemos venido participando algunos periodistas y columnistas de opinión no han faltado díscolos y controvertibles seudoescribidores defendiendo la dignidad de funcionarios que deben saber si la tienen, si la han merecido y/o si por las circunstancias del mal y del delito público la han perdido. 

Armenia, por ejemplo, debe iniciar nuevos caminos hasta encontrar la salida a sus problemas. Alcaldes indignos de haber logrado la credencial que los ha convertido en representantes legales de la ciudad, la tienen en la peor crisis de su historia.

 Hay que tender puentes entre lo que se piensa de la administración pública y lo que sucede cuando alcaldes y gobernadores llegan a sus cargos. Pero para eso, hay que renovar. Llamar a las nuevas generaciones y sacarlas del mundo de la decepción que las agobia.

Las hay en la academia, se han ausentado en un éxodo justificado por la falta de oportunidades, pero además, porque no quieren hacer parte del medio sofocante que incinera principios y valores, para impedir que vuelvan la moral y la ética al ejercicio de la política y la administración pública.

Frente al momento actual no queda otra alternativa que confiar en la legitimidad del reintegrado alcalde José Manuel Ríos, elegido con una muy pobre votación el 27 de octubre del año anterior, pero al fin y al cabo electo en el enfermo sistema que rige a esta tuntunienta democracia colombiana. El alcalde sabe cuál fue el motivo que lo llevó a vivir esta experiencia y conoce que la ciudad ha venido en manos de nadie, predestinada a alcaldes encargados del más bajo perfil y capacidades para desempeñarse en el cargo, y todo por la corrupción que usted alcalde tiene que sacar del CAM. Usted sabe tanto como los armenios, quiénes son, qué hacen y a qué se dedican. Demuestre que cuando quiso ser el alcalde de la ciudad lo hizo para servirla, pero también por el honor de serlo. 


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