Opinión / ABRIL 08 DE 2020

El poder es efímero

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Cristo ha sido el único hombre en la Tierra con poder y credibilidad durante más de dos mil años y con una capacidad de aguante como la de ningún otro hombre durante su físico periplo vital. El resto de los hombres, políticos, gobernantes, genios, sabios, inteligencias superiores como las que ha tenido la humanidad, han gozado del poder, pero se les ha ido en el tiempo, en una fugacidad para ellos alarmante y para el resto de nosotros los mortales, afortunada.

Cristo ha sido el único hombre en la Tierra con poder y credibilidad durante más de dos mil años y con una capacidad de aguante como la de ningún otro hombre durante su físico periplo vital. El resto de los hombres, políticos, gobernantes, genios, sabios, inteligencias superiores como las que ha tenido la humanidad, han gozado del poder, pero se les ha ido en el tiempo, en una fugacidad para ellos alarmante y para el resto de nosotros los mortales, afortunada.

Me acuerdo de Alberto Santofimio Botero, nacido muy cerca del mapa quindiano, en la vasta llanura del Tolima y de quien dijo el escritor colombiano, exembajador de Colombia en Portugal Germán Santamaría, que tenía tres enormes condiciones; la del político inteligente, ambicioso de poder, el enamorado de la literatura de la que da cuenta el propio Santofimio como lector de los grandes maestros de las letras universales, el periodista con la brillantez suficiente para ver este oficio con la dimensión de Albert Camus.

La libertad que hace dos semanas le fue concedida a Santofimio recuerda en mí su martirio. Una víctima de la corrupción y el crimen, señalado por la ignorancia y condenado por la avaricia moral de la justicia colombiana y por el empobrecimiento ético y moral de magistrados que se dejaron influir por la envidia de altaneros que nunca tuvieron medida intelectual en los escenarios de la democracia. 

Los colombianos no alcanzamos a comprender que el exministro tolimense desde su condición de intelectual y político forjó con la literatura y particular inteligencia para su país —como lo hicieron en sus tiempos para la humanidad Goethe y Tolstoi— una propuesta social para la Colombia de los años 70 del siglo pasado. Le ganó a los caciques y gamonales de su región y su celebridad estuvo a punto de llegar al nivel de los leopardos en una de las mejores etapas de la historia política del país. 

Santofimio Botero, tildado y señalado de cualquier manera por la infamia nacional ha pagado con la vitalidad de un carácter admirable, sin aceptar cargos de conciencia que le fueron hechos por confesos asesinos en su interés por ganar beneficios de la maltrecha justicia colombiana. Popeye, el jefe de sicarios de Pablo Escobar, y Oviedo Alfaro, criminales azuzados por actores de la política que se empeñaron en malograr la imagen de un intelectual de la política, que sí probablemente, se desenvolvió en el desarrollo de las campañas de conformidad con las costumbres de la época, no fue más allá, como sí lo hicieron no pocos que cubrieron sus estados criminales con el formato que adecuó la política del país, para que pudieran tener cabida en ella los mediocres.

Si no se hubiera muerto Jorge Arango Mejía, ex presidente de la Corte Constitucional, compartiría hoy con muchos colombianos y conmigo, con una parte del Tolima grande que ha celebrado con satisfacción la libertad de Alberto Santofimio Botero. En Colombia se malograron tres presidentes que lo hubieran sido grandes: Luis Carlos Galán, Álvaro Gómez Hurtado y Alberto Santofimio Botero.

Twitter: @jorgelieceroroz

 


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