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Opinión / JULIO 28 DE 2019

John Stuart Mill y el utilitarismo II

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John Stuart Mill (1806-1873) recibe una educación disciplinada, aprende el griego a los tres años y lee la Historia de Herodoto,  y las Socráticas de Jenofonte, los diálogos de Platón y a Demóstenes. A los doce años estudia la lógica de Aristóteles, y el Leviatán de Hobbes. A los doce años estudia latín, la geometría de Euclides, la aritmética y el álgebra. 

Su padre le hace conocer las obras de Adam Smith y David Ricardo, padres fundadores de la economía clásica, igualmente recibe la influencia del filósofo David Hume, del positivismo de Auguste Comte, de sus lecturas de Goethe, Humboldt y Coleridge, en un entorno familiar de política y economía que hacen que su concepción del utilitarismo sea más amplio con cuyas lecturas se había formado. 

Los ilustrados escoceses como Shaftesbury, Francis Hutcheson, David Hume y Adam Smith consideran que el único criterio racional de la moral y de la justicia reside en la más grande felicidad para el mayor número. Es justo, moral o virtuoso todo acto individual, ley, reglamento, precepto de moral que contribuya a acrecentarla, y debe ser rechazado todo lo que tienda a reducirla.

En su autobiografía, Mill expresa que “yo no había dejado de considerar que la felicidad es el criterio de todas las reglas de conducta y el objetivo de la vida, pero tengo presente que este objetivo solo sería alcanzado con la condición de no ser un objetivo directo”. El utilitarismo indirecto de Mill, diferente al de Bentham, acepta que la felicidad es el propósito de la vida para un gran número de individuos, aunque muchos confunden el concepto de felicidad que está más cercana a los placeres del espíritu, a la satisfacción de los deseos que enaltecen al ser humano que los placeres cotidianos. El valor a privilegiar es la libertad que debe permitir que cada uno desarrolle su individualidad de acuerdo a su motivación y concepción de felicidad, porque cultivando su felicidad activa la de los otros.

Para John S. Mill existen actos desinteresados que dan testimonio de la complejidad de las relaciones humanas, de la influencia de la sociedad y de las emociones para la constitución de un deber moral. En este sentido, para Mill ser moral es realizar la individualidad y su propio carácter siendo coherentes con la felicidad del otro, incluso si lo que entendemos por felicidad es difícil de definir de manera clara para cada ser. El utilitarismo de Bentham tuvo influencia en economistas neoclásicos como León Walras, Carl Menger y otros que abandonando las perspectivas sociales y morales reducen al individuo a un homo economicus y su utilidad que pretende solo un interés egoísta.


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