Opinión / SEPTIEMBRE 24 DE 2020

La banalidad del mal

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En una época en la cual nos sentimos agobiados por un clima de opinión cada vez más agresivo, vale la pena acudir a quienes enfrentaron situaciones verdaderamente difíciles de soportar. Hannah Arendt —1906 - 1975— fue una influyente filósofa política judía alemana. Testigo de la amenaza del nazismo, se vio forzada a emigrar en 1933 a Francia donde enfrentó el drama del sufrimiento de los judíos refugiados. En 1940 fue enviada a un campo de reclusión para mujeres del cual pudo escapar, llegando un año después a los Estados Unidos.

Sus vivencias y un profundo ejercicio crítico sobre esa monstruosa fábrica de cadáveres en que se convirtió Europa, en la primera mitad del siglo XX, la llevaron a escribir una de las reflexiones más profundas acerca de la naturaleza del mal, con la obra Los orígenes del totalitarismo. Por ello, cuando observamos sociedades dedicadas a la destrucción, el odio y la insensatez, es prudente acudir a esta mujer generosa y sabia en busca de consejo. A ella, como víctima y testigo de los peores horrores.

Por su obra y el prestigio que la antecedía, la revista The New Yorker la consideró la persona ideal para cubrir el juicio contra el criminal nazi Adolf Eichmann. Este genocida —oculto por varios años en Argentina— fue llevado a Jerusalén tras una operación ejecutada por el servicio secreto israelí, en mayo de 1960. Eichmann fue el responsable directo de la llamada ‘solución final’, causando la muerte de millones de judíos inocentes. Tras seguir en detalle el juicio, adelantado en 1961, Arendt condensó sus reportajes en el libro Eichmann en Jerusalén y lo subtituló La banalidad del mal. 

El texto encendió los ánimos de la comunidad judía pues mientras el fiscal señalaba a Eichmann como un ser monstruoso a órdenes de un régimen criminal, Arendt afirmó que era un hombre como tantos, un juicioso y ambicioso funcionario, una persona temiblemente normal. En su obra la filósofa hace referencia a la extrema complejidad del carácter humano, llegando a afirmar: “ […] ahora sabemos que hay un Eichmann en cada uno de nosotros”, y añade, “[…] Lo más grave en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”.

El fiero nazi causante de infinitas desgracias, durante el juicio resultó ser un personaje débil, sin brillo intelectual, con una lógica gris.  “[…] Lo que quedó en las mentes de personas como Eichmann”, dice Arendt, “no era una ideología racional o coherente, sino simplemente la noción de participar en algo histórico, grandioso, único”. Así las cosas, el mal puede ser obra de gente común, de personas que renuncian a pensar y se abandonan a las corrientes de su tiempo. 

Adenda: se reunió el Consejo Municipal de Paz, confirmando que “[…] la paz es asunto de la sociedad en su conjunto, que requiere la participación de todos sin distinción”.


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