Opinión / SEPTIEMBRE 23 DE 2020

La encrucijada del tío Sam I

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No tiene asegurada a la fecha, Donald Trump, su reelección. Al contrario, pareciera que su contrincante demócrata, Joe Biden, vicepresidente en la deplorable era Obama, da pasos firmes hacia la Casa Blanca, con un respaldo mayoritario holgado, en el cual coinciden todas las encuestas. ¿Buena noticia para América Latina la eventual derrota del arrogante multimillonario, quien en abril confesaba en privado sus temores frente a la COVID-19, mientras en público desestimaba su letalidad? Depende del bando ideológico donde usted se ubique. Si sus preferencias van por la línea autodenominada ‘progresista’, esto es, afín a la izquierda con sus recientes y bullosos adheridos tácticos: sistemas de salud, educativo, seguridad social, a cargo del Estado —mejor, de los contribuyentes—; legalización del aborto y del consumo de alucinógenos, matrimonio homosexual, eutanasia; ecologismo extremo, antiextractivismo, cercanía con regímenes filosocialistas, como el cubano o el chavimadurismo, entre otros, verá auspicioso el quiebre en la conducción del ‘imperio’. Biden, en cambio, no obstante su distancia respecto al ala radical del partido, encarnada por su compañera de fórmula, la exfiscal Kamala Harris —madre indú tamil, padre jamaiquino—, el cuasi octogenario Bernie Sanders, o la congresista de origen latino Alexandra Ocasio-Cortez, portaestandarte de la extrema izquierda, representa una amenaza para sectores de población resistentes a reformas de intención socialista, impensables hasta años recientes en el establishment norteamericano. En la otra orilla, por donde transitamos los desencantados del neocomunismo, del Foro de Sao Paulo, los millones de víctimas de esa perversa orientación generadora de miseria, hambre, migraciones masivas, atraso, parálisis económica, polarización política, en cuanto país se ensayó, el triunfo de Biden sería recibido con fundado recelo.

No olvidar, sin embargo, que a diferencia de nuestros sistemas electorales, en los cuales los votos se cuentan uno a uno, arrojando un resultado aritmético simple, en el gran norte, cada Estado de la Unión tiene una cuota de colegios electorales y un total nacional predeterminados; así, la suma de votos individuales puede no coincidir con el resultado final. De hecho, doña Hilary, hace cuatro años, obtuvo millones de votos de diferencia a su favor; a pesar de lo cual resultó vencida. 

Omiten los analistas un hecho crucial: en  el país del norte, inspirador de las democracias americanas casi en simultánea con la Revolución Francesa, vista la condición personal de un candidato con claros indicios de senilidad, más que a él, hoy factor de unión del partido Demócrata en contra de Trump, se estaría eligiendo a Mrs Harris, con todo cuanto implica ubicar en el sitial de Lincoln, de Jefferson, de Reagan, a quien personifica un incierto, ominoso, neosocialismo gringo. Ni más ni menos la materialización del sueño de Soros, el magnate que acumula décadas vertiendo billones para poner de cabeza al planeta. Difícil de asimilar la encrucijada de la Unión Americana; por obvia extensión, la del mundo entero.


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