Opinión / SEPTIEMBRE 25 DE 2020

Oro, fósiles o agua, ahí el dilema

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El oro es símbolo del poder y la riqueza. Igualmente, señuelo de la codicia y elemento para la vanidad. Las características de este metal son superiores a las de cualquiera otro, por su deslumbrante brillo, su ductilidad para trabajarlo y formar con él sofisticadas figuras y su condición de incorruptible. Paradójicamente, es instrumento para la corrupción. Los fósiles —carbón, petróleo, gas—, por su parte, son generadores de energía, con efectos medioambientales nocivos,  cuya sustitución, pese a existir otros recursos, se ha retrasado, porque quienes se lucran de su explotación y comercialización tienen mucho poder. El oro, orgullo de muchas culturas aborígenes, a la postre se les convirtió en maldición. Los bárbaros conquistadores europeos convirtieron en lingotes infinidad de piezas que ahora serían verdaderos tesoros artísticos. Solo se logró salvar en Colombia lo que conserva el Museo del Oro del Banco de la República. Los guaqueros fueron depredadores, salvo algunos, como don Luis Arango Cardona, oriundo del suroccidente antioqueño y asentado en Quindío, quien era antropólogo empírico y en sus relatos memoriosos rescató el sentido cultural de la orfebrería y la cerámica de la comunidad Quimbaya. Parte del valioso tesoro de orfebrería de este pueblo maravilloso fue el que el presidente encargado de Colombia, don Carlos Holguín, en 1892, le regaló a doña María Teresa de Habsburgo, reina de España. La Academia de Historia del Quindío lleva varias décadas reclamando inútilmente su devolución, pero no desiste.

El oro, además de representar el poder y la vanidad y de atraer la codicia de bandas criminales, es un soporte para las economías estatales, como respaldo de sus emisiones monetarias y lo utiliza la tecnología para elaborar partes de equipos médicos e informáticos. Buena parte de la explotación del oro se hace de forma ilegal y se mercadea de contrabando, provocando, además, incalculables daños ambientales. Poderosas mineras internacionales insisten en adquirir concesiones para extraer oro, lo que ha sido motivo de controversia entre los tecnócratas financieros que lo justifican para generar recursos que fortalezcan las finanzas oficiales y los ambientalistas y las comunidades en cuyos territorios existen las canteras, cuya explotación implica un daño ecológico monumental, especialmente acabar con las fuentes de agua o envenenarlas. Algo semejante sucede con la extracción de combustibles fósiles por medios tan eficientes como depredadores, que los tecnócratas proponen y los ambientalistas rechazan. Detrás de estos proyectos mineros, tanto de oro como de fósiles, están multinacionales que buscan invertir sus capitales e incrementarlos, de espaldas a los daños sociales que puedan ocasionar. Los gobiernos, ávidos de divisas, terminan postrados ante los inversionistas y las comunidades sin agua. 


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