Opinión / SEPTIEMBRE 20 DE 2020

¡Señales de alerta!

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En la columna anterior hablamos del suicidio como un fenómeno social que tiene múltiples causas y una fuerte incidencia en la familia, la institución educativa, los amigos, la sociedad. Hoy quisiera referirme a las señales de alerta, es decir, manifestaciones, expresiones, evidencias que nos revelan que algo no está bien, que se han roto los vínculos, que se ha perdido la confianza, que nos sentimos ahogados y desesperados. El gran problema que tenemos los seres humanos es que somos reaccionarios; ante una situación compleja, una catástrofe, una calamidad doméstica, una enfermedad, la movilidad humana, la migración, la amenaza de guerra entre países, la recesión económica, etc., reaccionamos, buscando causas, efectos, consecuencias y hasta culpables. ¡Cómo nos cuesta ser proactivos! Es lo que viene sucediendo en Colombia y el mundo, ante el fenómeno desgarrador del suicidio. Piensa: ¿qué sientes cuando escuchas que alguien que no conocías, decidió acabar con su vida? y si es alguien cercano: un familiar, un amigo ¿Cómo actúas? Y cuando escuchas expresiones de alguien que te confía: ¡estoy aburrido!, ¡quisiera desaparecer!, ¡no sé para que esta vida! ¿Cuál es tu reacción? 

Con una atención especializada, activando diversas rutas y formando un buen voluntariado, podemos aprender a ser proactivos. Hace cuánto sucedió el nefasto desenlace de dos chicos de 13 años en Salento y Pijao, que decidieron poner fin a su existencia y ¿qué ha pasado? Es seguro que las comisarías de familia han activado sus rutas, que ha habido atención psicológica, cercanía de amigos que quieren rodear a la familia de afecto, cercanía de la Iglesia —de hecho hemos instalado la mesa SERVIDA, la Vida es Sagrada—, pero ¿Qué acciones concretas de prevención se están asumiendo? ¿Qué información se está brindando? Todas las instituciones, desde la familia, pasando por los organismos de control, las juntas comunales y veredales, deben actuar con responsabilidad y vehemencia para frenar este flagelo social. De ahí la necesidad de estar atentos a las señales de alerta: los cambios de comportamientos en los niños, jóvenes, adolescentes, adultos mayores, las depresiones, incoherencias al hablar, los pensamientos negativos; no querer levantarse, estar en silencio demasiado tiempo sin musitar palabra, ensimismados, encerrados en el cuarto, chateando o en Whatsapp, sin saber con quiénes se está comunicando; pérdida del apetito, cambios bruscos de serenidad a enojo, ira; formas de violencia y abusos que pueden estar aconteciendo. Es importante rodear al otro de afecto sincero, sin meloserías, desarrollar la capacidad de escucha, acompañar, orientar. Si cada institución activa su propia ruta de atención, podemos hacer un trabajo articulado y eficiente.

Ante estas señales, escuchar es sanador; generar un ambiente de confianza, que el otro se dé cuenta que no está solo, armar una red de contención y apoyo con la participación de las diversas instituciones, recuperar la fuerza de los lazos familiares y la necesidad de estar con otros, realizar actividades útiles: salir a caminar, pintar, leer un buen libro, descansar, ver una película y comentarla, hacer deporte, dosificar el uso del celular, fortalecer la vida espiritual, participar de los actos religiosos. El gran desafío es convertiremos en ángeles guardianes, apóstoles de la vida y misioneros de la esperanza para ganarle la batalla al suicidio. 


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