Opinión / SEPTIEMBRE 23 DE 2020

Una vida que no es la mía

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Tras varios días de pensar en Mary, mi abuela materna, en su ir y venir a un país americano que no es suyo ni ella de él, y en su desgraciada viudez, llegó a mí como luciérnaga en medio de la noche el libro de Vita Sackville-West, Toda pasión apagada. Han pasado tres años desde que su compañero —mi abuelo— murió tontamente, tres años de trocitos de recuerdos y culpas y palabras persistentes, igual que el tiempo. 

En la novela, Mr. Holland, primer conde de Slane, encantador e ingenioso, muere a los noventa y cuatro años por un ataque al corazón. Quedan su esposa, Lady Slane, sus seis hijos y la revelación siempre traída por la muerte: hay cosas que parecen ser y no son. Durante el velorio, los hijos vuelven a estar juntos, ya viejos, y se apoyan entre sí como si acabaran de alzar el telón del teatro a la expectativa de abundantes aplausos.

Todos esperaban que Lady Slane gritara, desvariara, se hundiera en la tristeza y se dejara morir por la ausencia de Mr. Holland. Estaban equivocados. A sus ochenta y cinco años, con la piel tersa y serena, con el pelo blanco y el porte intacto, apenas comenzaría a vivir. Por primera vez, después de haber pasado toda su vida escuchando sin hacer comentarios, habló: decidió no irse a vivir por temporadas en la casa de cada uno de sus hijos, tal como ellos lo habían decretado. Viviría sola, alejada del mundo patriarcal, en otra ciudad, en la casa que la había esperado por más de treinta años. 

Cuando mi abuelo murió, todo se fragmentó. La casa de ellos era la casa de encuentro familiar, de regocijo, de fiestas navideñas y farolitos y celebraciones cotidianas en un pueblo del Valle del Cauca que parece ser más de Quindío. La casa se alquiló, las pertenencias de mis abuelos se repartieron entre los hijos y mi abuela saltó por meses entre un país y otro, en una vida que no era la suya. Ella, que siempre escuchó sin refutar una sílaba, hace dos meses le dijo a mi mamá, conscientemente, con la misma convicción con la que amó a mi abuelo, que quería volver a su casa, sola, con sus maticas y sus flores, sus porcelanas y sus viejas vecinas y los recuerdos íntimos de lo que algún día fue y ya no. El placer de la contemplación será mayor que el de la actividad.  

Es como si quisiera permanecer pasiva mientras la casa del sur ejerce voluntad sobre ella, no la voluntad de los otros, de sus hijos que no están ni son testigos de su vida, de aquellos que son más jóvenes y la obligan a mirar adelante. Es, estoy segura, como si quisiera empezar a vivir su propia vida, aunque no le quede mucha, pero sí la suficiente para no arrepentirse.  Después de escuchar su decisión, mi mamá le dijo que sí: en contra de todos la apoya. La casa espera su regreso. 

Mr. Bucktrout, el dueño de la casa habitada ahora por Lady Slane, le dice que la gente mayor permite mirar atrás, a una vida cuyas fatigas se han ido ya. Le dice, además, que eso es el descanso. Como mi abuela, todos deberíamos tener esa valentía: descansar de la prisa de los años futuros, que tanto desgasta.


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

copy
© todos los derechos reservados
Powered by: Rhiss.net