Opinión / SEPTIEMBRE 27 DE 2020

Violencia: ‘socioepidemia’

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Cada año en el mundo pierden la vida cerca de 500.000 personas de forma violenta. La mayoría de las víctimas de homicidio son hombres, y en el caso de las mujeres suelen ser asesinadas por sus parejas o allegados; el grupo etario más afectado son los individuos entre los 15 y 29 años, como también por cada ciudadano que fallece en esta clase de hechos, un alto porcentaje resulta herido y presenta problemas físicos y sicológicos. De la misma manera, se generan grandes retos en la economía alrededor del planeta por los elevados costos del crimen representados en la atención sanitaria, gastos judiciales y represivos y en pérdida de productividad. La violencia es un fenómeno urbano, que suele requerir más recursos que los necesarios para contener las enfermedades catastróficas.

La violencia es una ‘socioepidemia’ y es el mayor problema de salud pública en el momento. Existen factores de riesgo que incrementan la violencia social, entre numerosas aproximaciones se pueden clasificar sus causas generadoras en varios tipos: de cercanía: la facilidad de acceso a los instrumentos —cualquier clase de arma—; de arquitectura social: relacionados con la desigualdad; personales: asociados con el abuso y la agresión en la infancia; familiares: tales como el abandono de los padres o violencia intrafamiliar; y contextuales: falta de oportunidades. Es difícil establecer una causalidad directa, sin embargo, algunos elementos son predictivos de violencia, y comprender el contexto sirve para advertir y diseñar las intervenciones.

¿Como sociedad, qué se puede realizar en prevención de la violencia? La situación presentada es un problema polifacético, no existe una serie de soluciones mágicas con el fin de contrarrestar los homicidios, se requiere una aprehensión integral de sus niveles y sus motivos, conformando desde lo colectivo varios frentes con múltiples responsabilidades. Se sugiere primero intervenciones dirigidas a enfrentar los riesgos individuales y adoptar medidas encaminadas a fomentar comportamientos provechosos en los más jóvenes, en dirección a modificar actitudes e influir en las relaciones personales y trabajar en pro de crear entornos familiares saludables y brindar ayuda profesional y apoyo a las familias disfuncionales. 

A menudo, la violencia es previsible y evitable, por lo que es necesario actuar desde la prevención situacional y con un modelo ecológico, que propenda por medidas destinadas a originar un frente a los impulsores que conducen a la violencia en el territorio. Se ha demostrado que los programas que hacen hincapié en las aptitudes relacionales y en la competencia social han constituido estrategias para poner coto a la violencia interpersonal. En el país, las autoridades tienden a intervenir después de los actos violentos. Sin embargo, invertir en proyectos primarios antes que se produzca los problemas, puede resultar más eficaz con relación al costo y con beneficios duraderos.


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