Opinión / SEPTIEMBRE 25 DE 2020

Vuelos a ninguna parte

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La crisis de la pandemia y sus medidas conexas, como el confinamiento, el uso del tapabocas y la distancia social, nos muestran bien el sinsentido actual del proyecto humano. 

Si bien la pandemia, con todo su peso económico y social, nació de un hecho de salud, su abordaje y mitigación parten de un significado cultural, imbricado con el instinto de supervivencia, el seguimiento de reglas y la sanidad mental. 

El confinamiento configura, en todos los casos, un nuevo hábito cultural, como aceptar la utilización de la mascarilla o la inhibición provisional de contacto físico.

En la olla hirviente de la cultura nacen las civilizaciones y mueren. El virus, por ejemplo, se propagó como bicho sin control en las regiones menos apegadas a las reglas de la ciencia, más displicentes con las cuerdas de acero de la disciplina. 

Refulgió en el estanque de la crisis, con la incertidumbre, la proclividad al prejuicio para exhibir teorías conspirativas que solo sirven a los intereses económicos de iglesias o de ideologías de ultraderecha. 

QAnon, el cartel de las teorías de maquinación con origen en Estados Unidos, más que un movimiento social, es un enclave político que migra por las plataformas e inficiona de medias verdades y falsedades la argumentación primordial de los asuntos públicos.

Es como si camináramos sin sentido y sin buscarlo. Hace pocos días, la aerolínea Qantas, en Australia, vendió en diez minutos un vuelo de 7 horas en Boeing 787 a ninguna parte. Despegará y aterrizará en el mismo lugar, después de visitar desde el aire algunos sitios emblemáticos del consumo turístico, sin objetivo específico, solo por el placer de consumir combustible y sentir que se viajó. El gusto de contaminar y la ilusión de decidir un destino en medio del desvarío.

Una sensación similar a la experimentada por millones de personas cuando, sin emulsión espiritual, caminan a ciegas los espejismos de un centro comercial, y atienden el llamado de los pastores de la competitividad, aquellos que nos dicen que la felicidad está en los objetos, en lo comprado por el dinero, mientras el reloj biológico nos cobra por ventanilla tanta estulticia.

La pandemia es un fenómeno, más que de salubridad, de la cultura de los pueblos, y moriremos menos o más de acuerdo con nuestra decisión de adaptabilidad.

Algunos han descubierto en esta pandemia la gratificación de los ritos familiares y fraternos. 

Un café caliente, una conversación por las plataformas virtuales con los amigos, alimentan un saco que la cotidianidad vacía. Las caras y las voces remotas de Rodrigo, Jorge Alberto, Aníbal, Carlos Arturo, Alejandra, Catherine, Cruz, Lilibella, Darío, Geney, Ángel, Felipe, Elison, Geraldine, Jacqueline, Pilar, sus rostros entrevistos por las redes o a la distancia, restauran la esperanza. 

Marguerite Yourcenar, la diosa francesa, amasaba pan con sus manos y hablaba con sus vecinos en la apartada isla de sí misma. Ella sabía que cuando los lobos aúllan en la puerta, el amparo de una amiga, o de un hermano, es suficiente destino. 

 


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