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Opinión / AGOSTO 27 DE 2014

Yo soy mejor que tú

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Cuando a Ricardo, experto en liderazgo y emprendimiento empresarial, le propusieron trabajar con los dos centros de salud más relevantes y prestigiosos de su ciudad, entró en estado de éxtasis. Sus esfuerzos empezaban a rendir frutos. Llevaba años allanando el camino para lograr vincularse con las organizaciones más importantes de la región. Estas dos clínicas lo eran. Ambas se esforzaban para lograr ser la primera institución prestadora de servicios de salud de alta complejidad y tecnología del país. 

A Ricardo se le ocurrió diseñar un plan de trabajo conjunto. Para eso era necesario que los directores de cada organización asistieran simultáneamente a las sesiones e interactuaran. Pero fue imposible. Los dos hombres no solo eran colegas sino rivales, casi enemigos. Ninguno accedió a reunirse con el otro y compartir experiencias. En su necesidad de demostrar la superioridad de la respectiva institución, cada director había recurrido a “inocentes” triquiñuelas y a las conocidas campañas de desprestigio. En la carrera por el primer lugar, se habían desdeñado mutuamente. Pese a los ingentes esfuerzos de Ricardo, no fue posible reunirlos en una misma sala y lograr que conciliaran sus puntos de vista. Cada uno estaba plenamente convencido de su superioridad moral.

La superioridad moral es aquella moral que más en armonía está con el “bien”. Por supuesto, que en una sociedad tan competitiva, donde se quiere demostrar constantemente que se es “mejor” que el otro, la necesidad de hacer patente una moral superior cobra especial importancia. Ejemplos hay muchos: los judíos dicen ser el pueblo elegido por Dios para ser su embajador en el mundo (una creencia muy excluyente); el nazismo consideraba que la raza aria no solo era superior, sino que además era el “alma de nuestra civilización”; católicos y  cristianos protestantes se miran por encima del hombro; el amor heterosexual es digno de admiración, pero el homosexual es aberrante y “excre mental” (como dijo un honorable padre de la patria, cuyo nombre no vale la pena mencionar), etc. 

¿Quién tiene la verdad? Ahí está el meollo del asunto. Tal vez solo el tiempo la revele o ratifique lo expresado por el escritor Fernando Araújo Vélez en su columna El manual de  sus verdades: “Creí en la verdad, pero luego me di cuenta de que la verdad eran varias verdades”. 

Llegar a un acuerdo con nuestros rivales es casi imposible si se piensa bajo el influjo de la superioridad moral. No es casualidad que hoy, cuando se pueden salvar millones de vidas gracias a los avances de la ciencia, se maten otros millones por cuenta de la intolerancia y la imposibilidad de conciliar puntos de vista diferentes. Demostrar superioridad provoca rivalidades. Si bien la competencia ha traído mucha productividad, también puede convertirse (como lo aseguran en el documental argentino La educación prohibida) en el principio de toda guerra. 


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