Editorial / JULIO 04 DE 2022

De la diversión a la tragedia

Ninguna norma o protocolo, cuando se realiza un evento con público, puede ser aplazado, modificado, ignorado o subestimado porque el resultado no es otro que la tragedia y la lamentación cuando ya para qué.

Seguramente han sido muchas las explicaciones que el alcalde de El Espinal y su secretario de Gobierno han dado, y tal vez no basten, para librar su responsabilidad sobre los controles que debieron haber implementado para prevenir el desplome de los ocho palcos de la improvisada plaza de corralejas y que dejó como saldo cuatro muertos y más de trescientos heridos.

Esa es una de esas tragedias que duelen por partida doble: por el luto que provoca en las familias cuyos seres queridos salieron de casa en busca de un rato de diversión y no regresaron, pero, sobre todo, porque se hubiera podido evitar.

Capítulo aparte merecerá el espectáculo de las corralejas, que dicho sea de paso se desdibujó, se tornó ordinario, vulgar, innecesario y peligroso. Si no son objeto de prohibición, por lo menos sí lo deberían ser de los más rigurosos controles, con sanciones pecuniarias incluidas para quienes participen en ellas y no cumplan con los protocolos de seguridad. No puede permitirse en el ruedo a alguien diferente a los manteros; es inadmisible esa horda que invade la arena, además alicorada, para enfrentarse a un animal. Tampoco se entiende que a los palcos se permita el acceso de niños tan pequeños como el menor de cuatro años que tuvieron que remitir gravemente lesionado a un centro médico del pueblo tolimense en donde ocurrió el accidente.


De la diversión se puede pasar, en un respiro, a la tragedia cuando se realiza un evento con presencia masiva de público, si se descuida algún detalle logístico o se ignoran los protocolos para convocar grupos de personas. Máxime si los que organizan un espectáculo, por ahorrar dinero, apelan a la trampa aunque de por medio estén vidas humanas. Mortal combinación resulta si a la mediocridad de quien organiza se le suma negligencia y corrupción por parte de quien debe e xigir y vigilar el cumplimiento de la normatividad establecida para eventos masivos.


Tan solo con ver cómo fueron amarradas las guaduas en la construcción de la plaza artesanal de corralejas en El Espinal y los materiales usados para tal fin, además de que el organizador admitiera que no se hicieron pruebas de carga, es suficiente motivo para castigar con severidad a los responsables: al organizador del evento por poner en riesgo la vida de los asistentes, y a los funcionarios encargados del control por negligentes. 


No pueden tampoco, los asistentes a un evento masivo, desconocer el papel preventivo que sobre sus hombros pesa. Advertir alguna amenaza y no reportarla ante los organismos de control y de socorro los convierte en cómplices; reprochable además si negocian con los organizadores el incumplimiento de una norma como que les dejen ingresar licor aunque esté prohibido o que les permitan asistir con menores de edad aunque el espectáculo no sea apto para ellos. Las restricciones y condiciones hacen parte natural del comportamiento en sociedad, molestarse por ellas o ponerles precio para violarlas o modificarlas también es corrupción y puede desencadenar hechos lamentables.

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