Editorial / JULIO 02 DE 2022

Diálogo

Aunque el presidente electo de Colombia se sentó a dialogar con quien ha sido su archienemigo, cientos de sus seguidores persisten en el insulto.

Diálogo

Finalizada una campaña política tan violenta como la que concluyó el pasado domingo 19 de junio, la democracia, vía necesaria para lograr las transformaciones que reclama la mayoría, queda mancillada. La agresividad fue motivada por algunos candidatos y las personas cercanas a ellos, incluido el electo presidente y sus asesores de comunicaciones, amén de personajes tóxicos como Roy Barreras y Armando Benedetti, por solo citar dos nombres. Ni qué hablar de grupos de ciudadanos seguidores de los candidatos, especialmente los afines al Pacto Histórico, que desde redes sociales se parapetaron en el lenguaje de odio para avivar esa campaña. Razón hubo, y mucha, para tildar a ciertos grupos activos políticamente como auténticas barras bravas. 

El desgaste fue grande e innecesario. Para defender una candidatura no es necesario tildar al que piensa diferente de ignorante o delincuente, tampoco es inteligente romper lazos de amistad e incluso familiares para publicitar nombres de candidatos. Abundaron las mentiras, denigrar de candidatos se hizo costumbre, se normalizó el insulto y la calumnia, se incitó a la violencia y se cayó en la paranoia sobre el actuar de la Registraduría Nacional del Estado Civil. Fue una guerra mediática sin cuartel de la que salieron lastimados todos los candidatos y sus seres queridos, pero, sobre todo, salió ultrajada la política. Al final, no hubo apocalipsis institucional, hubo participación masiva de ciudadanos en los puestos de votación, los colombianos votaron en paz y no hay quejas de fraude. 

Ojalá haya quedado una lección aprendida y se entienda, de una vez por todas, que el que piensa diferente no es un enemigo y un descerebrado. Lástima que aun, con el triunfo ya confirmado y Petro Urrego y Márquez Mina con las credenciales en sus manos, muchos de sus seguidores sigan destilando rabia. Deberían asimilar el mensaje que está enviando el nuevo presidente de Colombia y su fórmula vicepresidencial con la capacidad de dialogar que vienen demostrando. Con el mismo fanatismo que en campaña repitieron falsas noticias, los violentos simpatizantes de Petro Urrego deberían hacer eco a la propuesta de reconciliación que está pregonando quien desde el 7 de agosto gobernará el país.   

Pocos días después de vencer en las urnas, el sucesor de Iván Duque se reunió con Rodolfo Hernández y estrecharon las manos, luego se sentó a dialogar con Álvaro Uribe, y con el actual presidente hubo cordialidad y serenidad en el encuentro. Mientras todo esto sucedía, miles de fanáticos políticos, algo despistados, seguían rumiando amargura contra quienes votaron por otros nombres del tarjetón y atacando con ferocidad a quienes estaban fumando la pipa de la paz con Gustavo Petro. No se entiende que sigan comprando peleas si ya quien los lidera e inspira está enviando un mensaje de reconciliación general e invitando a la unidad nacional.

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