Editorial / JULIO 26 DE 2021

Dios y Patria

De verde como antes o de azul como ahora, la Policía como institución merece el respeto colectivo porque la mayoría de sus integrantes se lo ha sabido ganar. 

Dios y Patria

Atrás quedaron los días en los que millones de niños en Colombia soñaban con ser policías cuando grandes y el 31 de octubre pedían que los vistieran de color verde y les pintaran un bigote. A la Policía como a casi toda la institucionalidad del país le tomó ventaja el desprestigio incubado por algunos de sus integrantes que equivocaron el camino y, por eso, pese al valioso aporte para garantizar la seguridad nacional, hoy este cuerpo armado tan caro a los afectos de la mayoría es mirado con desprecio por una minoría. 

Pedir respeto y sentir admiración y gratitud por la Policía Nacional no es cohonestar con los actos violentos y corruptos de algunos uniformados. Lástima por los extremistas graduados en polarizar la opinión pública para ganar reconocimiento personal y político porque lo que han hecho es empujar una bola de nieve cargada de odio, cuyo saldo se estima en los muertos que el absurdo enfrentamiento entre policías y manifestantes viene dejando.

Podría afirmarse, sin que suene exagerado, que en todos los países del mundo se han presentado casos de policías que han violado los Derechos  Humanos, se han excedido en las funciones que les da la constitución que los representa y han sido sancionados moralmente por la mayoría y castigados como se debe por la justicia que los rige. La diferencia es que no en todas las naciones, como sí está pasando por estas calendas en Colombia, se generaliza y denigra de toda una fuerza pública que hasta el más férreo opositor ha invocado en algún momento.

A quienes se han equivocado que los castiguen, pero ahí si como reza la trillada frase: los buenos son más. La Policía de Colombia está conformada, mayoritariamente, por hombres respetuosos de la Constitución y las leyes, padres de familias honrados, colombianos amantes de su tierra y con gran vocación de servicio. Basta con querer hacer un inventario de todo lo que hace la Policía, cada día, a lo largo y ancho del territorio nacional, para erradicar cualquier duda sobre la honorabilidad de quienes se deben a Dios y a la patria.

Bienvenido este proceso de transformación de la Policía, era necesaria la autocrítica y resultó oportuna la revisión de la institución. Desde la identidad corporativa (gran acierto que va más allá de una lectura semiológica), hasta la reingeniería que hay que implementar en la estructura orgánica, la prestación del servicio, los sistemas de carrera y profesionalización, y el régimen disciplinario, entre otros asuntos que cayeron en la obsolescencia, los proyectos de transformación que actualmente pasan por fase de discusión constituyen el camino correcto.

No puede la generalización ni el lenguaje de odio hacia la Policía, como incluso lo promueven algunos congresistas veintijulieros por fortuna en franca decadencia, ser la ruta para fortalecer una institución y que siga prestando de forma integral la misión de garantizar la soberanía nacional y la seguridad de todos los colombianos. Quienes generalizan y promueven la rabia contra toda la Policía, por los errores de algunos de sus integrantes, son los mismos que rechazan, y con razón, que a todo aquel que protesta se le diga vándalo porque algunos manifestantes salgan a delinquir y no a reclamar.


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