Editorial / JUNIO 17 DE 2021

Habitar la U

La protesta puede seguir, pero ojalá con las aulas abiertas para que se enriquezca el debate.

Habitar la U

No deberían los centros de pensamiento estar cerrados justo cuando más el país reclama diálogo, debate, reflexión, información real y, sobre todo, salones de clases en los que se propongan salidas para tantos años de errores en la administración del país.

En buena hora los uniquindianos votaron por un regreso a clases y otra parte por asambleas escalonadas y alternas con normalidad académica. Así las cosas se debería ver desde hoy mismo habitada la Universidad del Quindío por docentes, estudiantes y administrativos, abriendo el diálogo franco y constructivo.

El campus uniquindiano es uno de los más hermosos del país, da gusto caminarlo y contemplarlo, por eso resulta por decir lo menos, doloroso, saber que las instalaciones están siendo vandalizadas, que se están haciendo fogatas y están acampando. Lástima que algunos crean que una universidad pública deba estar sucia, lucir tétrica, y ser territorio de nadie. 

Ojalá desde hoy deje de sentirse ese halo de impotencia por quienes quieren habitar la Uniquindío pero sienten que está secuestrada por un grupo de personas, entre ellas algunas que ni son estudiantes ni son docentes de la universidad. Lo que espera la comunidad universitaria es que quienes insisten en un cese indefinido de labores académicas, acepten que hoy la mayoría quiere otra cosa y que ahora no se convierta el campus en una puja entre quienes le apuestan a una resistencia por la vía que sea y quienes quieren ensayar otras opciones, por ejemplo: el diálogo.

Está en juego un semestre académico con todo y lo que eso implica para muchos que, por ejemplo, ya están a un paso de graduarse. Depende mucho de un periodo académico: estar cerca de una práctica laboral, un intercambio, un crédito ante el Icetex o ante un banco, y una oportunidad de empleo. Por eso, lo mejor que puede pasar es que la normalidad académica retorne a la UQ.

Volver a las aulas no obliga renunciar al reclamo nacional, ni es una mordaza para que voceros legítimos del movimiento estudiantil sigan gritando y con justo enojo que la calidad de la educación superior debe mejorar y antes que excluir por sus costos, debe ser incluyente para contribuir a cerrar tantas brechas sociales.

Tal vez, con las mentes activas en torno al diálogo abierto y amplio en la universidad, el movimiento universitario recobre parte de la admiración perdida por los excesos que han cometido. Conviene pensar si ya es hora de dejar como única expresión un estribillo callejero diciéndole a los que no marchan que son maricones o tombos violadores porque eso no es cierto y elimina la posibilidad de aceptar las diferencias, precisamente, por parte de quienes se sienten tan excluidos.

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