Editorial / NOVIEMBRE 24 DE 2020

La fe del cafetero

No es fácil insistir en cultivar café cuando el precio de una libra en el mercado difícilmente supera los costos para producirla. Pese a tantas dificultades los caficultores han aguantado y ahora muchos sonríen.

La fe del cafetero

Ya va siendo hora de alternar la expresión “Con la fe del carbonero”, normalmente usada para denotar que una persona o un grupo insiste y cree en lo que pocos,  con la frase “Con la fe del cafetero”. Si hay un gremio que ha dado muestras de tenacidad, de creatividad, de resiliencia, de capacidad de adaptación y de convicción en lo que hace, es el de los cultivadores del grano. Para ellos una ovación cerrada y de pie. 

Eso de la bonanza se quedó en el pasado y nunca más volvió, por todos es sabido que desde la ruptura del pacto cafetero en 1989 todo se puso cuesta arriba para los productores de la bebida nacional. La posibilidad de garantizar ingresos estables y permanentes a los países productores terminó más temprano que tarde y entonces la sobreoferta afectó primero los bolsillos de los cultivadores y luego las reservas del Fondo Nacional del Café. La aparición de nuevos competidores, el debilitamiento de la moneda nacional, entre otros factores, se fueron sumando uno tras otro para ir asestando golpes a los caficultores y por ende una sustancial reducción en el número de hectáreas cultivadas con la rubiácea.

 Mientras los campesinos se empobrecían, la cotización del producto subía y bajaba sin ofrecer un margen de utilidad que compensara lo invertido. Quienes durante varios años tuvieron utilidades se empezaron a acostumbrar a las pérdidas. Mientras se engrosaba la lista de propietarios de tierras rurales que dejaron de sembrar colinos para apostarle al negocio de alquiler de casas con piscina para descansar, otros insistieron, se empezaron a capacitar, buscaron ellos solos abrirse mercado, se endeudaron y se decidieron muchos, por ejemplo, a cafés especiales que hoy están vendiendo, sin depender de los incómodos commodities, a precios que compensan el esfuerzo y la resistencia.

El departamento del Quindío, en todos sus municipios, está asistiendo a una nueva floración de cafés de muy buena calidad y de caficultores que aun con las uñas llenas de tierra negocian directamente su café con compradores que llegan al país buscando un producto de calidad, que difícilmente se encuentra en el prostituido mercado, o tomaron un avión para ir a abrirse su propio mercado. Nada los ha detenido, ni la roya, ni la violencia, ni la crisis cafetera, ni la histórica contracción de la economía producto de la pandemia. Los cafeteros parecen hechos de otro material, nada los amilana, nada les merma ese amor y devoción con que ahora se han vuelto conocedores y dueños de todo el proceso: de la mata a la taza.

La oferta es tan amplia como de buena calidad. En unos más que en otros, pero en cada municipio quindiano de seguro hay varios sitios para tomar un buen café. Los dueños de los negocios son los mismos cultivadores, hay relevo generacional y ese es un buen mensaje, hay valor agregado y están ayudando con su devoción a que el mercado aprenda y valore qué es un buen café y no reniegue de pagar un poco más por tomarlo. 

La carta quindiana incluye café en fogón de leña, con sabor a licor o a chocolate, en el parque del pueblo o entre las montañas con un paisaje envidiable, todos los días de la semana, con música en vivo o un buen libro, en fin. Los caficultores han sobrevivido porque creen en ellos, pero no quietos porque eso no es dar la pelea, han creado, han invertido, han soñado y han luchado con la fe del carbonero, perdón, con la fe del cafetero.


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